David Gistau

Manifiesto: No niego la gravedad de la hora; no niego que España se rompe

Manifiesto: No niego la gravedad de la hora; no niego que España se rompe
David Gistau. AC

Aquien pueda concernir. Por la presente, declaro que llevo días agobiado por la inminente llegada de un veraneo áspero y monotemático en lo periodístico donde el columnista quedará abocado a escribir una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez el mismo artículo sobre Cataluña que lleva publicando con machacón sentido de Estado y reiterativa lealtad a la Constitución no menos de cinco años.

Es verdad que las fechas proporcionan algunas coartadas para digresiones eventuales, tales como los incendios forestales, el costumbrismo playero y/o lo bien que se está en Madrid cuando es posible aparcar.

Pero, animales políticos como lo somos, no podemos esquivar la trascendencia de la actualidad más de dos artículos consecutivos. Y la actualidad no parece dispuesta a aportar este verano otra trascendencia que las maniobras antagónicas Leviatán versus Golpistas alrededor del 1-0 (o 1-1 y a la prórroga).

No niego la gravedad de la hora. No niego que España se rompe. No niego que en las almenas del 78 han de apostarse todos aquellos que aún creen en la posibilidad de defender una nación europea concebida para los libres e iguales que por desgracia, y a diferencia de Francia, no dispone para combatir sus demonios interiores de un presidente capaz de descolgarse de un helicóptero en rápel para acceder al puente de mando de un submarino nuclear y una vez allí encargar una pizza.

No niego todo eso, no niego la historia, no niego el apocalipsis, no niego el advenimiento cerril en el agotamiento de un ciclo español.

Es sólo que ya no sé qué más decir. He fatigado todos los tópicos, exactamente como lo han hecho los compañeros de profesión. El tópico de la distorsión, la apropiación y la manipulación históricas. De la lengua segregadora. Del nacionalismo anacrónico, tan vinculado a los millones de muertos por cuyo escarmiento Europa abolió fronteras y odios folclóricos.

He recurrido -innumerables veces- a eso de que no hay soberanía emocional que atenúe el imperio de la ley. Creo haber usado incluso, al menos una vez, el comodín algo desesperado de «catalanes, que se os quiere, leñe, sin vosotros somos peores».

Lo hice todo y tantas veces que se me hace difícil resignarme a la idea de que todos estos automatismos retóricos serán lo único de que disponga para llenar los folios del verano.

Lo siento, no me pueden exigir ustedes la misma obsesión por un solo tema que a un hatajo de fanáticos militantes con complejo de destino manifiesto. Igual que yo no puedo exigirles a ustedes que se pasen cinco años leyendo la misma columna a todo el mundo, todo el tiempo. Necesito ventilarme los argumentos.

Por ello, y salvo que empiecen a entrar carros de combate por la Diagonal, hago saber que en lo sucesivo participo de cualquier reflexión sobre este tema que haga Ignacio Camacho. Yo, lo que él diga. De hecho, lo que debería es firmar la coautoría de todas sus columnas y permanecer hasta septiembre en la playa. Cómo agradecerían mi desaparición, además, estas nobles páginas.

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