Jaime González

«¡Trata de arrancarlo, Carlos!»

"¡Trata de arrancarlo, Carlos!"
Jaime González (ABC). PD

¿Quién le pone el cascabel al gato? Esa es la cuestión que enfrenta al soberanismo catalán, consciente de que el desafío al Estado no va a salirle gratis. El líder de ERC y vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras, se ha negado a asumir las labores de comisionado del «procés» con un argumento inapelable: o «colectivizamos la responsabilidad» (eufemismo que se resume en el dicho «que cada cual aguante su vela») o se niega a aceptar el cargo. Una cosa es la retórica y otra apretar el botón de la desconexión. Lo primero no cuesta y hasta reconforta el espíritu patriótico, pero lo segundo son palabras mayores.

El gato es España; el cascabel, el referéndum. Y hacen falta voluntarios, porque una proclamación unilateral de independencia no es un ejercicio de juegos florales, sino un torpedo a la coraza legal con la que decidimos blindarnos para garantizar la indisoluble unidad de la nación. Y sus consecuencias son tan graves que es natural que Puigdemont y Junqueras se tienten la ropa.

Les tiemblan las manos y se nota. Se les agota el tiempo y se les estrecha el margen de maniobra. A estas alturas ya esperaban que el Gobierno les hubiera hecho el favor de mover ficha, algún gesto contundente que les sirviera para recitar de memoria el victimario, pero la inmutabilidad de Rajoy les ha roto los esquemas y el soberanismo ha alcanzado la cima del desquiciamiento.

Se han metido en un callejón sin salida y nadie parece dispuesto a comerse el marrón. Saben mejor que nadie que Cataluña no será independiente y cada cual empieza a construir su relato para cuando llegue el día de justificarse por una derrota anunciada. Puigdemont le dice a Oriol Junqueras que lidere la recta final del «procés» y el líder de ERC -que va ganando por goleada- se excusa apelando a la «colectivización».

Lo de ir en comandita se le da muy bien a Junqueras. Como copiloto no tiene precio. La experiencia es un grado: sabe que quien lleva el volante del soberanismo termina en boxes. Artur Mas, por ejemplo. Puigdemont sigue sus pasos a velocidad de vértigo.

Al coche del soberanismo le ha pasado lo que al Toyota de Carlos Sainz, que se paró a 500 metros de la meta en la última etapa del rally de Gran Bretaña. Oriol Junqueras, perro viejo, me recuerda a Luis Moya: «¡Trata de arrancarlo; Carlos! ¡Trata de arrancarlo, por Dios!».

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