Jaime González

El abanderado

El abanderado
Jaime González (ABC). PD

Fue Francisco de Quevedo el que afirmó que «Dios hizo a Santiago Patrón de España para que, cuando llegue el día, pudiera interceder por ella y volverla otra vez a la vida con su doctrina y su espada», pero como lo de la espada son palabras mayores, vamos a confiar en que -llegado el día- su labor de intercesión sitúe de nuevo en el camino a quienes perdieron el rumbo.

Dadas las circunstancias, encomendarse al Apóstol ya no es cosa que incumba solo a los cristianos, porque bajo su manto protector cabemos todos.

¡Santiago y cierra España! no es una declaración de guerra, sino una exclamación de orgullo que revela el estado de ánimo de un país que cuando grita lo hace en legítima defensa.

Y que le pide a su Patrón que se aparezca. Como en la batalla de Clavijo, para que su sola presencia serene el espíritu de quienes pretenden mutilarnos como pueblo. Santiago es el Patrón de España y ayer fue 25 de julio, una ocasión para rendirle y rendirnos tributo por lo que hemos conseguido juntos, aunque las miradas estuvieran puestas otra vez en Barcelona, símbolo de la unidad de un país cosido entonces por los aros olímpicos de los Juegos del 92.

Nada que objetar, salvo que hemos olvidado el papel de abanderado del Apóstol, dicho esto sin ánimo alguno de hacer de menos a aquel otro abanderado que hace veinticinco años se convirtió en santo y seña del alma española.

No es cuestión de perderse en disquisiciones sobre a quién hay que invocar primero, porque cualquier ayuda -divina o terrenal- es muy de agradecer, si bien lo más recomendable en esta hora sería apelar a la razón suprema: lo que somos, nuestra conciencia como nación, es fruto de siglos de convivencia; un logro colectivo que obliga -no está mal de vez en cuando- a mirarnos al ombligo y a sacar pecho no por vanidad, sino por un noble afán de supervivencia.

Si Dios -citando a Quevedo- hizo a Santiago Patrón de España para interceder por ella, vamos a ponérselo fácil. Intercedamos nosotros primero, pero sin olvidar que el camino que nos marcó el Apóstol es un viaje interior cuyo objeto es el reencuentro. Al fondo, está España. Plena y entera.

Con su doctrina y espada, aunque lo de la espada sean palabras mayores en un país amenazado por hombres muy menores.

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