Luis Ventoso

Nunca fuimos Yoko Ono

La simpatía de algunas musas define el valor exacto de la causa que respaldan

Nunca fuimos Yoko Ono
Luis Ventoso, Director Adjunto ABC.

ME considero un «beatlemaníaco» moderado. Es decir, me encantan los Beatles de manera automática y los admiro mucho.

Pero no llego al culto extremo de un entusiasta de mi ciudad, un zumbadillo de posibles que iba fardando de que un día visitó en Liverpool a la tía Mimi, la pariente que adoptó a Lennon cuando se quedó huérfano, y le guindó de su sala de estar toda una reliquia: ¡un diente de leche de John!

Todavía hoy Liverpool cae a contramano, luce algo depre y no es precisamente el summun de la vanguardia. Por eso fue un milagro que cuatro chavales de clase baja salidos del estuario portuario del Mersey volteasen la música de la segunda mitad del siglo XX.

Y también los hábitos sociales. Guardo un recorte de un periódico coruñés de la época que siempre me hace sonreír. Analiza la llegada del fenómeno beatle y los titulares son sublimes: «La juventud está con ellos, pero no con sus maneras», reza uno. «¡Volverá el buen gusto!», advierte un profesor de canto del conservatorio local.

Hasta se le pide al abad de la Colegiata que fije criterio sobre si los «melenudos ingleses» pueden resultar perniciosos para la espiritualidad de la ciudad atlántica:

«Moralmente no constituyen un peligro especial», concluye el pío clérigo.

Fue una chiripa increíble que en una misma panda de musiquillos adolescentes de skiffle se juntasen la punzada iconoclasta y sarcástica de Lennon y el talento melódico de McCartney (para mí realmente el bueno, y me atengo al número de canciones magistrales de uno y otro).

Luego estaba la intensidad fría de Harrison, autor de la joya «Something», que Frank Sinatra, haciendo el garrulo a gusto, calificó como «la mejor canción de Lennon y McCartney». Y por supuesto el encanto de hombre corriente de Ringo. Como ocurre en las redacciones de los periódicos, hay gente que merece formar parte del equipo solo porque cuenta buenos chistes.

Todo «beatlemaníaco» fetén tiene la misma súper villana de cabecera: Yoko Ono, la artista de vanguardia japonesa de la que Lennon se enamoró hasta el tuétano tras conocerla en una galería de Londres, donde ella presentaba las julandronadas dadaístas al uso, los mismos chistes mil veces regurgitados que todavía hoy se exponen en museos de arte moderno costeados con nuestros impuestos.

La mayoría de los aficionados culpan a la influencia de Yoko del fin de The Beatles. Durante décadas se ha hecho un gran esfuerzo para rehabilitar su figura. Incluso ha expuesto sus cosas en el Guggenheim (mi hermano, un osado, llevó a mi madre a ver la exposición, y ella, tras observar todo aquel mobiliario medio roto, hizo su valoración crítica:

«Ay, Albertiño, ¡qué pena que tu abuelo tirase toda la quincalla que tenía en la cuadra de la aldea!»).

He intentado ser una buena persona y sumarme al movimiento «Yoko No es Mala». Confieso abochornado que no me sale: esos discos insoportables que factura en solitario, las intervenciones chirriantes con que saboteaba los de Lennon, las fotos feístas en bolas en que embarcaba al pobre John, un náufrago emocional que buscaba en ella a la madre perdida; el infumable aire epatante de soy el canon de la modernidad porque tengo dacha con vistas a Central Park; la manera en que ha chupado del legado

beatle, cuando en los días en que existieron ponía cara de cólico nefrítico cuando trabajaban en Abbey Road hasta el alba para redefinir el pop.

Yoko Ono ha firmado un manifiesto para apoyar al independentismo catalán, tal vez conmovida por la tenaz fidelidad de Puigdemont al flequillo beatle. La simpatía de algunas musas define el valor exacto de la causa que respaldan.

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