Santiago López Castillo

Dientes de marfil

Dientes de marfil
Elefante Pixabay

Mientras que, gracias a Dios, los defensores de los animales somos más -pero menos que los terroristas- salen a la luz cacerías del gatillo humano, como las de Don Juan Carlos, el magistrado Garzón, Miguel Blesa, y excelentísimos señores ministros y otras hierbas venenosas.

En esas, llega la noticia de que en Etiopía unos hijos de puta han acribillado a balazos a más de una decena de elefantes (Parque de Chehesa, 2.215 kms2). En mis viajes por África y el sureste asiático, se comprueba, gracias a Dios a Buda o al santísimo Rá, el de los crucigramas, que una buena parte de la población va concienciándose de la conservación de la Naturaleza, incluidos los animales, como debe ser, que también son hijos de Dios. En Tailandia, los souvenirs de las princesas o dulces anongs se han cambiado por camisetas reivindicativas: «no much ivory», o lo que es igual, no a los colmillos de marfil ni de los otros, como podrían ser los afrodisíacos cuernos de los rinocerontes.

Los parques naturales ya no están dejados de la mano del Señor. Pasean los vigilantes con cara de vigilar y los titis y babuinos se dedican más tranquilamente a robar carteras de los turistas y no pasar la vida en prevención de meterles en el saco. Los parques nacionales tienen clínicas de recuperación y vivificación dedicando un buen espacio a las rapaces y a las aves nocturnas. No son, como antaño, veterinarios que se dedican a entablillar patas o a sobrevolar halcones. Los devuelven a la nidificación, corriente de vida, gerifaltes sencillos.

Antes de hacerme animalista, a mucha honra, supe del ataque de un elefante circense a un empleado del espectáculo. Sucedió en Barcelona. El supuesto cuidador apaleó cruelmente al inocente proboscidio hasta sacarle de quicio. El elefante abrazó a su enemigo por la cintura, lo apretó para sí, hasta que sus colmillos le dieron matarile al hijo puta agresivo.

Bien está si bien acaba ese exibicionismo circense que muchos ayuntamientos de nuestra periferia vienen prohibiendo. Por prohibir, hasta se prohíbe la canción de Valderrama «te voy a hacer un rosario con mis dientes de marfil». Estoy de acuerdo.

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