Antonio Sánchez-Cervera

Ni Gibraltar ni el Brexit deben separar la unión monárquica hispano-británica

Una relación heredada familiarmente de los Battenberg

Ni Gibraltar ni el Brexit deben separar la unión monárquica hispano-británica
El Peñón de Gibraltar. EP

El Brexit nace de una raíz político-económica. Gibraltar, de una cesión histórica entre países que, a nuestro entender, se ha convertido en una cuestión donde existe mucha ignorancia de su realidad histórica y social y bastante desconocimiento político.

De hecho, los gibraltareños mantienen la independencia de la Roca e incluso no comprenden por qué Londres no defiende expresamente ante España que el Tratado de 1713 lo que dice es que Gibraltar no podrá ser cedido a terceros o a otras potencias, sin darle antes la opción de recuperarlo a la Corona española. En tal sentido, los gibraltareños serían como usufructuarios del Peñón.

Obviamente, existe una interrelación entre el Campo de Gibraltar y Gibraltar y viceversa. Por eso, va siendo hora de resolver definitivamente la disputa del aburrido contencioso pero siempre desde la realidad de todas las partes, nunca desde el «chantaje», venga de quien venga.

Gibraltar tiene un mercado que es el Reino Unido. España también lo tiene con dicho país y además bastante sustancioso.

En Gibraltar conviven habitantes de distinto origen que conforman respetuosamente un núcleo consistente de población. Hindúes con sus negocios, hebreos siempre apiñados y marcando su singularidad de hermética solidaridad y gibraltareños de muchas generaciones con su propia idiosincrasia que les hace tan especiales.

No se consideran ni británicos, ni españoles sino son ellos mismos, aun cuando prefieren la seguridad que los ingleses les han dado. Por ejemplo, la mujer gibraltareña es sumamente cuidadosa para y con su aspecto exterior, de la misma forma que el varón es netamente presumido y gusta, en general, de ostentar su vanidad y complacencia con bienes materiales, mayormente automóviles.

Así pues, Gibraltar es una cosa y el Campo de Gibraltar es otra. Son conjuntos poblacionales completamente diferentes. La espada de Damocles que tiene nuestro país frente a Gibraltar es la de los españoles que a diario, de una u otra forma, perciben remuneraciones de distinta índole y obtienen beneficios.

Naturalmente, a las autoridades gibraltareñas no les interesa perder esa mano de obra laboral y de otros menesteres y como consecuencia, inteligentemente, seguirán permitiendo la entrada a su espacio territorial aunque el Reino Unido no lo hiciera, que es dudoso que no lo permita también.

No hay que olvidar que el gibraltareño, por lo que respecta al ámbito laboral, prefiere al trabajador español que al de otras nacionalidades (portugueses, marroquíes, etc.)
El resquemor del gibraltareño hacia lo español parte y se agudiza con una respuesta negativa y contundente cuando se les menciona el «Gibraltar español». ¿Cómo compaginar todo esto? ¿Se trata de la cuadratura del círculo?

Desconocer que hay tres partes en juego, conlleva, en nuestra modesta opinión, eliminar o restringir al máximo un posible acuerdo final.

Hablar, en estos momentos, de cosoberanía tendría tan escaso efecto que, en gran medida, imposibilitaría un pacto definitivo.

Ignorar que ahora Gibraltar es riqueza para el Campo de Gibraltar, en medida y cantidad objetivable, es un craso error que no se debe cometer.

Saber que los ingleses, en cualquier negociación política, posturean descarada o taimadamente es acertado como premisa para negociar con ellos, pues lo británicos preguntan mucho sobre las posiciones ajenas o del contrario para despistar, de la misma forma que simulan que no entienden lo que les dicen.

Terminamos haciéndonos una razonable pregunta:
¿Se pondrá a la gente por delante de los territorios?

Antonio Sánchez-Cervera

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