Fernando Jáuregui

Aquellas buenas, inocentes, serpientes de verano

Aquellas buenas, inocentes, serpientes de verano
El general Francisco Franco. FF

Hubo épocas en las que los meses de agosto eran la nada informativa. Ni siquiera había ‘boom’ turístico. Los periodistas apenas teníamos a Franco jugando al golf, presa de tembleques que la televisión oficial se esforzaba en disimular, en el pazo de Meirás, ese sitio que quieren convertir en centro de peregrinación para magnificar las bondades del dictador.

Ahora, claro, nada es lo mismo. Ya no hacen falta serpientes de verano para animar los titulares; ni siquiera el enfado de la presidenta madrileña, Cristina Cifuentes, porque un miembro chuleta de la oposición le haya llamado ‘guapi’, ha dado de sí más que la flor de un día. Y es que ya no hay que buscar en el baúl de la insoportable levedad del ser, o en el trasiego de los futbolistas por los juzgados, el gran tema informativo.

Quiero decir que lo que está ocurriendo en Cataluña -un mes menos dos días, tic, tac, para el choque de trenes que ahora ya todos admiten como probable_ para nada me parece una serpiente de verano, de esas que desaparecen en otoño; más bien al contrario, la serpiente, que es una especie de boa constrictor, crece y crece y en el otoño se puede engullir muchas cosas.

Dicen ahora que Rajoy tiene un ‘plan B’ para evitar ese referéndum ilegal y peligroso, pero que solo lo pondrá en marcha tras los previsibles sucesos del 1 de octubre. O sea, después de que mucha gente haya votado en urnas de cartón, después de que Puigdemont haya consumado todos sus desafíos y puede que después de que la muchachada kaleborrokista de Arran haya incendiado unos cuantos autobuses de turistas, pinchado las ruedas de unos centenares de bicicletas y quizá tirado algún coctel Molotov al mobiliario urbano. Es entonces, te dicen, cuando el caminante de la ruta da pedra e auga pondrá en marcha su ‘plan B’.

No sé si la verdadera serpiente de verano es ese ‘plan B’ que todos dicen que tienen -Esquerra Republicana de Catalunya anda presumiendo de tener uno para garantizar que la gente que quiera hacerlo vaya a votar; no sé si también hay otro plan para los que no quieran acudir a las urnas de cartón en medio de tan escasas garantías-. Lo que sí sé es que lo de Arran es más bien víbora que pacífica culebra.

Hay que tomárselos en serio, no como Ada Colau, que mira hacia otro lado. O como algún medio, que simplemente ha decidido ignorarlos. No quiero magnificar esa absurda ‘lucha callejera’ de jóvenes de pantalón corto y verbo desarrapado, pero tampoco quisiera minimizarla; al fin y al cabo, quién nos iba a decir, quién le iba a decir a Artur Mas hace apenas un par de años, que un grupo antisistema, casi anti-todo, como la CUP, reclamándose como la verdadera izquierda (¿?), acabaría siendo el árbitro de la política ‘oficial’ catalana.

No quiero decir, porque no lo pienso, que todo tiempo pasado fue mejor: los silencios periodísticos impuestos por la dictadura -a ver quién era el ‘guapi’ que decía, cuando lo del golf en La Zapateira, que al ‘generalísimo’ le quedaban meses_ eran, en el fondo, lo que nos obligaba a los medios a sacar del ostracismo a esas serpientes de verano que nadie lograba fotografiar, básicamente porque no existían.

Pero a veces uno casi siente nostalgia por aquellas pobres serpientes fantasma: eran mucho menos dañinas que estos gusanos de Arran, que más de un disgusto van a darnos en nuestra (relativa) satisfecha placidez agosteña. Placidez oficial y casi, casi social.

Porque ¿es que no ha visto usted las buenas cifras del paro? Pues eso: como el lord inglés al que se le quemó la fábrica el sábado, que exclamó «menudo disgusto me voy a llevar el lunes», algunos por aquí, viendo destrozar los autobuses, dicen: menudo disgusto me voy a llevar en septiembre. Y en eso andamos: en postergar el disgusto, tic-tac.

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