Santiago López Castillo

Que los detengan

Que los detengan
El rey Felipe VI con el presidente del Parlamento de Baleares, Baltasar Picornell CR

Yo les pondría en una pescadería al revoloteo de las moscas, las escamas rebrincando y el delantal pescatero para las abluciones. Un día más, estos zurupetos de Podemos, estatuas grasientas, de verbo cheli, vomitivo, se han vuelto a ciscar en nuestras instituciones en la figura del Rey (la reina consorte me interesa menos al ser de izquierdas y republicana). Asistieron a una recepción de Baleares con motivo de las mini-vacaciones de los monarcas y a la brisa de la empapelada isla desprendiendo tufos contra Urdangarín y la infanta Cristina, con el afecto que el juez Castro tiene por la realeza.

El presidente podemita del parlamento balear se presentó en playeras y no portó una raqueta de padel porque se la hubiera estampado en la cabeza de Felipe VI. Son chusma, sin más ambages. Son muy originales. La excentricidad la marca El Coleta. Que cuando va de esta guisa a la Zarzuela debiera de ser sacado de palacio a punta-pies. Se pone esmoquin, en cambio, cuando acude a la fiesta cutre de los subvencionados de la ceja. Luego, el verbo de estos gochos, está en consonancia con los ternos que gastan, que ellos llaman «naturalidad», tan natural como una flatulencia o un pedo.

Flatulencia son los buenos sueldos que se llevan del Congreso y del Senado, Parlamento Europeo y diversas comunidades autónomas en comandita con el PSOE. Por cierto, que el tal Sánchez, el empleado de la planta de caballeros de El Corte Inglés, está -según me dicen- a punto de entrar en un psiquiátrico para que cambie el rollo del «no es no» para que diga que «yo soy el sí» y se le atavíe con un gorrito de «yo soy el rey».

Al concluir estas líneas, se me viene a las mientes cuando envié a un redactor a una fiesta que daba el rey Mohamed V en su palacio de Rabat. Me llamaron del protocolo alauí: «Su enviado especial no puede asistir al acto por su indumentaria».

Juan Manuel Ortega, que así se llamaba, se disculpó ante mí aduciendo que era comunista. Pero se puede ser lo que fuere pero respetar las normas protocolarias de un país de acogida. Claro que aquí no. Quiero decir España o lo que quede de ella. En cualquier parte de Europa, robar unos tomates es cárcel; en nuestro suelo patrio, profanar la bandera nacional es libertad de expresión. Con dos cojones y un palito. No ha muchos años, unos turistas españoles de la cuadra podemí quemaron unas banderas nacionales de Rumanía y se pasaron tres semanas a la sombra. Para más INRI, los jueces españoles siguen sentenciando que la estelada en los actos públicos no es ninguna ofensa, es la libertad de expresión como lo es la republicana, enseña no autorizada, prohibida.

Casi ningún tonto se sabe tonto y casi todos los tontos no se reconocen tontos del todo ya que al hacerlo supondría gozar de un punto de inteligencia o, lo que viene a ser lo mismo, parasitar de una molécula de discernimiento. El autor de esta genial reflexión fue un tapicero de cajas de muerto y coleccionista de cromos de futbolistas de la primera división.

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