Fernando Jauregui

Usted, claro está, estuvo allí. Y allí, y allí, y…

Usted, claro está, estuvo allí. Y allí, y allí, y...
El trayecto que completó la furgoneta en La Rambla. Montaje PD

Me llamó una amiga, aún conmocionada por lo que había ocurrido en las Ramblas de Barcelona hace ocho días:

«¡Yo he estado allí tantas veces! ¡Y en muchos otros sitios donde ha habido atentados!».

Reflejaba perfectamente algo en lo que yo no había pensado: resulta que he estado, seguramente como usted, en casi todos los sitios donde luego asistimos a escenas de dolor y sangre relacionadas con la actividad de los fanáticos terroristas.

Una semana antes del espectacular atentado contra las Torres Gemelas, en Nueva York, estuve visitándolas con mis dos hijas, entonces aún pequeñas, pero que ahora no se despegan de la fotografía en la que, desde un barco en el Hudson, se ven los dos imponentes edificios ahora desaparecidos.

Por supuesto, cientos de veces estuve en la estación de Atocha antes (y después, claro) del 11-m. Alguna vez acompañé a mi hija y a mi yerno, que viven en París, hasta la puerta de la sala Bataclan, que ellos frecuentaban. Las calles asoladas de Bruselas me son bien conocidas, lo mismo que el puente de Londres. O los alrededores del estadio de Manchester.

Y más de una vez recorrí, arriba y abajo, el magnífico Paseo de los Ingleses de Niza. Y las calles de Berlín. O me bañé, ocasionalmente, en la playa de l’Esquirol, en Cambrils. O atravesé el puente de los Galatas, en Estambul…

En todos esos lugares, o en las cercanías, se produjeron atentados y yo, o usted, podríamos haber estado ahí. Son lugares comunes por los que la gente, turistas, viandantes, ciudadanos normales de la calle, como usted o como yo, paseamos, disfrutamos, vivimos.

No íbamos allí para sufrir. Tampoco las víctimas, y dedico hoy un recuerdo muy especial a las diecisiete personas atropelladas por un asesino hace poco más de una semana que aún se debaten, en medio de insoportable dolor, entre la vida y la muerte. Y a los familiares que aún no saben explicarse cómo será su vida sin la persona amada que desapareció para siempre cuando estaba gozando de un rato de asueto.

Mi amiga, al llamar para contarme aquella sensación que la embargaba, y que sin duda usted y yo compartimos, estaba gritando la solidaridad y la hermandad que a todos debe llenarnos el corazón cuando, este sábado, nos manifestemos, desde donde sea, desde la fila que nos toque, en la plaza de Catalunya.

Todos estamos igualados en la mente de los asesinos, todos podemos ser el próximo cuando paseemos por uno de esos lugares por los que tanta gente transita. Intentar dividir a las víctimas por su nacionalidad o sus creencias no es solamente miserable; es un tremendo error.

Y sí, yo sí tengo miedo, yo sí tinc por, como, supongo, lo tendrán los que lleven la pancarta que dice lo contrario este sábado. Pero, si somos muchos los que plantamos cara al fanatismo asesino, y lo hacemos juntos, este miedo será menos. Hemos de vencerlos para quitarnos de encima la sensación de que pasear junto a la gente normal por las calles que significan convivencia puede un día costarnos muy caro.

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