Santiago López Castillo

Yo no me fío

Yo no me fío
Federico Mayor Zaragoza. EP

Este es un país de ocurrencias. Hasta el más tonto hace relojes y no hay más tontos porque no se entrenan. Los cerebros-pensantes, o sea, los que tienen las meninges en agua, han abierto vías de comunicación o gilipollez variada para saber lo que es el terrorismo, como si alguno de la izquierda cerril no lo supiera cuando alguno de sus familiares han militado en organizaciones violentas.

Hago este exordio para denunciar lo mequetrefes e ignorantes que son los diputados acunados según mueve el viento la cizaña. O sea, la derecha cobarde y pazguata ante el acoso de los anticapitalistas, separatistas y gente de mal vivir. Éstos agitadores de las calles (y Fraga decía que «la calle es mía…», ironías del destino) han conseguido que unos tipos asilvestrados impongan -es un decir- su santa voluntad y se cuelen en la comisión de asuntos reservados del Congreso, donde se deciden las normas de la nación tanto dentro como fuera de nuestro país. Es el caso de los auto-denominados «observadores».

-¿De las Naciones Unidas? ¿De los «imparciales» de la Unesco, donde mamoneba, inasequible al desaliento, Federico Mayor Zaragoza, uno de los mayores trepas de la democracia?

– ¿Usted se acuerda…?
– ¡Como no! A los traidores se les desprecia o se les ejecuta.

Ya lo decía Cela. A estos miserables, como mal menor, se les propina una patada en el trasero o un tiro en el culo. Pero nadie se atreve. Van a las comisiones de secretos oficiales a sacar la mayor información posible y luego pasarla a los enemigos del régimen. Joder, con los observadores, una figura política que debería estar prohibida. Igual que esos juramentos en vano con la coletilla de «por imperativo legal». Ni por imperativo legal ni por imperativo ilegal. Sino porque les sale de los cojones.

Es triste presenciar estos fatuos y mal intencionados hechos. Y comprobar que la jefatura del Estado está en nuestra patria de segundo plato.

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