Antonio Sánchez-Cervera

La tensa manifestación de Barcelona

La tensa manifestación de Barcelona
Ada Colau y la manifestación ratonera.

Barcelona ha perdido internacionalmente la oportunidad única de mostrarse al mundo en paz.

La tensión ha prevalecido sobre la emoción, creando un ambiente crispado, irrespetuoso con las víctimas de La Rambla y otras y hasta vergonzante para con las personas y profesionales que encabezaban la marcha que teóricamente debiera haber sido de repulsa unitaria hacia el terrorismo.

Esos profesionales, esos comerciantes, no querían ser los muñecos de feria de unos ventajistas aprovechados que mezclaron la pseudopolítica con la honestidad, el buen hacer y el desinterés hasta heroico hacia las personas cuyos cuerpos ensangrentaron el emblemático paseo de la ciudad de Barcelona.

Esas honestas y valientes personas reaccionaron ante el pánico con el aliento en la ejecución de una acción que si bien podía corresponderles sacaron fuerzas donde la gente común no tiene y por ello terminaron haciendo cosas extraordinarias. Se merecían un respetuoso y hasta sagrado silencio en esa marcha que teniendo que haber sido de condena y recuerdo, en buena parte no lo fue.

Obviamente, debiera tratarse de una manifestación de duelo por la muerte de muchas personas, una exteriorización de un sentimiento solidario hacia todos los afectados, una expresión vigorosa de rechazo, incompatible con la zafia exhibición de pancartas que no venían a cuento y de pitidos que violaban el sigilo que la demostración requería.

Ese abucheo y esos soplidos, además de ser una muestra propia de la mala educación, retratan a sus artífices de su verdadera condición perversamente partidista, rencorosa y que parece que el odio les corroe como un cáncer maligno., independientemente de hacer patente con su conducta el escaso dolor que han podido sentir hacia lo sucedido, primando por encima de todo sus obtusos y patanes intereses.

Deben despojarse de la miseria que les consume y al menos haber hecho el paripé de cara a sus otros y muchos paisanos que guardaron la cordura e intimidad del momento.

Sinceramente, sentimos dolor y tristeza. No es un problema de tensión entre Madrid y Barcelona, es una grave ofensa a todos los afectados.

Mientras tanto, es nuestro parecer, una cita personalizada a las víctimas que dejaron sus vidas en los atentados, hubiera sido el broche elegante del recuerdo que nunca se olvida. Era un acto que trascendía las fronteras y me viene a la memoria con una envidia muy sana aquello de cuando los ciudadanos franceses tuvieron que desalojar pacíficamente un estadio de futbol cantando La Marsellesa.

Como colofón de la tan tensionada manifestación, imaginamos que los terroristas y sus aprendices en ciernes que estuvieran visionando la crispada marcha barcelonesa o incluso participando ocultamente en la misma al estilo del doctor Jekill y el señor Hyde, estarían frotándose las manos o regodeándose en su pensamiento diciendo, pensando: «esto es lo suyo, este es el caldo de cultivo que nosotros necesitamos».

Y no hay que olvidar que el principio del daño ajeno junto con el de ofensa limita el de la libertad de expresión, máxime cuando se tiene en cuenta el número de personas ofendidas, la intensidad de la ofensa y el interés general de la comunidad.

Por cierto, y puestos a sacar banderas por qué no la alemana, argelina, argentina, australiana, austriaca, belga, marroquí, canadiense, china, colombiana, cubana, ecuatoriana, egipcia, estadounidense, filipina, francesa, británica, griega, holandesa, taiwanesa, hondureña, rumana, húngara, irlandesa, italiana, kuwaití, macedonia, mauritania, paquistaní, peruana, dominicana, turca y venezolana.

Antonio Sánchez-Cervera

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