Antonio Sánchez Cervera

Cataluña: el referéndum clandestino

Cataluña: el referéndum clandestino
El vicepresidente del Govern, Oriol Junqueras, junto al presidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont. EP

Hay políticos españoles, veteranos, advenedizos y otros que no debieran de serlo, que insultan a la inteligencia de los ciudadanos de su país, que es España.

Desde hace décadas, ha existido en algunos catalanes la idea de la desconexión con el resto de España, aun cuando su región, su nacionalidad histórica, nunca ha dejado ser parte de España. España siempre ha sido como un todo: la Hispania Romana, la Hispania visigoda y demás.

Ahora, esos animadores ideológicos de la ruptura, aprovechando la fragmentación parlamentaria de la nación-fraccionamiento creado, responsable o irresponsablemente, por el pueblo que al parecer no es tan sabio como se dice-, vuelcan su animadversión en una ley de desconexión, ley en ciernes que no ha sido fruto del entendimiento, el contraste y ni siquiera de la comunicación. Declaran que es consecuencia del compromiso y la determinación de unos políticos que se creen avalados por otros ciudadanos que en absoluto conforman mayoría alguna. Y es aquí donde la democracia hace agua, se hace añicos, pues esa ley queda deslegitimada democráticamente, no hace falta incluso hablar de su ilegalidad. No es admisible en democracia.

Así las cosas, como esos profesionales de la política se han apartado groseramente de la vía democrática, se acogen, se refugian atrevidamente en una demagogia burda e interesadamente partidista y nos manifiestan que van a hacer un referéndum, sacado torpe que no legalmente de la manga, para ganar un futuro de libertad. Con el mayor desprecio al imperio de la Ley democrática se justifican en el derecho a decidir, eufemismo este que no existe en el derecho constitucional comparado ni hasta en el lenguajes político comparado. Ese proderecho a decidir existe solo como posición política y ética de que la mujer debe tener control o soberanía sobre su fertilidad y embarazo. Como consecuencia, en política, ese pretendido e impreciso derecho a decidir es un invento demagógico de los independentistas de Cataluña que, confundiendo, maniobran retóricamente con la idea de que su nacionalidad histórica es una nación única e indivisible y que por ello tiene derecho a la autodeterminación, es decir, procuran trasladar el debate desde el concepto escurridizo de nación hacia el ámbito de la democracia.

Naturalmente, aun utilizando de forma inadecuada, de manera premeditada y pícara la expresión «derecho a decidir», tal derecho queda en sí mismo vacío de contenido en tanto en cuanto, de admitirse, sería siempre una consecuencia de la Ley que nos rige y que todos nos hemos dado, nunca fuera de la misma. Vemos pues, que el insulto es hasta de género, de maltrato.

Esos especuladores y activistas de la separación a ultranza, arropados en un ficticio esfuerzo colectivo, nos comunican con consumada caradura que mantienen las puertas abiertas al diálogo. Es el momento, entonces, de la aparición de otros tibios políticos nacionales que entran al trapo de la muleta independentista. Con el diálogo se abra la caja de Pandora. ¿Señores del Gobierno por qué no dialogáis? La situación se hace esperpéntica.

Al tiempo, otros arribistas a la cosa pública, con aires de una intelectualidad sin trabajar, ladinos propagandistas callejeros de tertulias de salón televisivas, pregoneros de un mundo feliz sin corruptos aunque ellos nacieran en el fango de la corrupción extranjera, se cachondean holgazanamente de unos y otros creando revoltijo y acidez en los medios para apoyar, porque no están en el poder, a los rebeldes sin causa. No tienen nada que perder y pueden pescar en rio revuelto. Es su condición.

Los descubridores de la buena nueva catalana argumentan que sus posiciones políticas son diametralmente opuestas a las que no están por la independencia de su Catalunya, que es complejo y difícil llegar a acuerdos. Cómo pues, ¿se va a dialogar1?

Nos hablan también de que ellos no pueden defraudar a los millones de ciudadanos que representan, es decir, a unos 2.323.842 de un censo electoral aproximado en Cataluña que comprende unos 5.510.798 personas y que si contabilizamos el total de España nos encontramos con un número astronómicamente superior de 36.518.100 electores. La representación pues de los independentistas es pornográfica comparada con la de España en su conjunto que sería de 34.194258.

En conclusión, el previsto referéndum, si llega a materializarse, estaría fuera de los cauces democráticos y, por ende, nulo de pleno derecho al realizarse fuera de la Ley, sin contar con un censo electoral propio, real y contrastado y sin apoyo mayoritario de la población catalana y sin base alguna del resto de los españoles. Es un referéndum en la clandestinidad propio de los regímenes bananeros.

Eso sí, el juego maquiavélico al que asistimos los ciudadanos nos deja como idiotas contra la pared, de ahí el ultraje que España, no ya solo el Gobierno y los partidos democráticos, no puede consentir. Caiga quien caiga.

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