Santiago López Castillo

El otro Golpe de Estado

El otro Golpe de Estado
El portavoz del Govern, Jordi Turull, junto a Carles Puigdemont. CT

En la España reciente, balbuceante y turulata se han registrado tres golpes de Estado. El 23-F, o sea, Tejero; el 11-M, cuando debieron de suspenderse las elecciones, y la independencia de Cataluña, y una mierda, para los que sueñan con estados soberanistas inventándose una historia que nunca existió, y perdón por la redundancia. No, no se me olvida el golpe de Estado del 13 de septiembre de 1923 en el que el general Primo de Rivera se apoderó del Gobierno y lo reemplazó por el Directorio Militar.

A Rajoy, llegados adonde hemos llegado, le flaquean los huevos. Me parece que es un hombre honrado pero un mucho pusilánime. Pase lo que pase en esta permanente sedición, debió sacar sus arrestos y poner firmes a estos cuatreros de la barretina y la estelada.

Viví, como pocos, el 23 F. Hacía la transmisión para TVE, ¿adónde si no? Fui el último periodista en salir del Congreso de los Diputados. Al día siguiente, el general Gutiérrez Mellado me felicitaba diciéndome:

«- Santiago, a partir de ahora te veré exclusivamente desde mi casa…»

Por pocos días. Tiempo después moría en accidente de automóvil en una carretera madrileña preñada de hielo.

Hasta la liberación del hemiciclo, hube de oír alguna que otra frase intempestiva de los guardias civiles que mandaba Tejero en pantalones baquero. Como «esta noche vas a dar una buena exclusiva en el telediario». No hubo telediario. Jesús Picatoste y Pedro Esquicia, máximos responsables de los Informativos, acudían con un realizador a la Zarzuela para grabarle el discurso al Rey, que yo no puedo afirmar ni desmentir si estaba al corriente de la intentona golpista. ¿Y por qué no ha intervenido en esta ocasión el sucesor de Don Juan Carlos?

Porque son otros tiempos, me han argumentado algunas voces de la tibieza y practicante de lo políticamente correcto. Aquí todo el mundo se giña. Mentar el art. 155 (suspensión de funciones de la autonomía) es casi una osadía. Un atrevimiento. La aplicación de esta ley igual o parecida se ha llevado a cabo por Gran Bretaña en no pocas ocasiones cuando el conflicto con Irlanda del Norte y no pasó nada. Aquí, los anti demócratas hacen soflamas para justificar lo injustificable. Y si los expedientados y ójala encarcelados fueran sancionados, ya llegarán los libertadores del marxismo con el coño del diálogo en la boca o la libertaria del ayuntamiento de Madrid a pecho descubierto para renegar de la jura de bandera de la nación más antigua de Europa.

Por Dios y por España. A fe que la máxima está oxidada. Y el honor, apolillado.

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