Juan Pérez de Mungía

La Stasi catalana

La Stasi catalana
Cámara espía Pixabay

Cualquier ciudadano catalán es sospechoso. Si se siente catalán o ejerce de catalán sepa que está ya identificado en las bases de datos de Omnium, y es incluso posible que el Centre de Seguretat de la Informació de Catalunya (CESICAT) sepa más que usted mismo de su comportamiento ideológico. Sepa además que arriesga su supervivencia porque el CESICAT sabe de todos a través de los diferentes simulacros de votaciones identitarias. Existen imágenes de todos los comparecientes a las diadas, y se conoce con todo detalle quienes votan y quienes se abstienen. Los comisarios políticos de barrio tienen identificados a todos los ciudadanos. Los datos se cruzan y se procesan en una base de datos catalana que si no fuera por la actuación del Tribunal Constitucional bien podrían pasar por un censo detallado de vecinos y viviendas, de presentes y ausentes de las redes sociales. La sociedad catalana es la sociedad mas afiliativa del continente, desde los clubes de amigos, hasta las sociedades de amantes del baile y la sardana, las fundaciones se multiplican y todos los socios de clubes, todos los militantes y todas las organizaciones tienen inventariados a sus socios. Se localizan orígenes y destino de todo el tráfico de móviles, y todos los intercambios de internet están bajo escrutinio, sean para Amazon o para cualquier tráfico con la administración. La Generalidad ha instalado un Gran Hermano que se revelará al mundo en el primer ejercicio de la hacienda catalana.

En una vuelta mayor de la crisis paranoica hordas de militantes CUPletistas detienen autobuses de turistas y amenazan su existencia por acción u omisión. Los turistas se confunden con los ciudadanos y dificultan el reconocimiento de los connacionales; todos son sospechosos de ser españoles y cualquiera puede manifestar un fervor anti-nacionalista. La lista negra de la nación catalana crece día a día, y la frontera es demasiado permeable para controlar todo el tráfico. Los nombres están temblando en un papel, tú y tú y él. Todos nos encontramos marcados con la estelada de cinco puntas que indica que hablamos español en nuestra intimidad, que sintonizamos los canales estatales, y que cocinamos la tortilla de patata española a escondidas, sino, peor aún, el cocido madrileño, bajando las persianas, en lugar de la escalivada y el pan tomaca. En Alemania está prohibida la esvástica y solo se permite en aquellos supuestos que sirven para renegar del nazismo. Hay mucho que aprender de Europa. La Stasi catalana controla los movimientos de todos sus ciudadanos y nadie se escapa a su escrutinio. Cualquiera puede hacer acopio de afinidades y filias residuales de españolismo.

No es cierto que exista un rechazo del español; nadie se atreve a rechazarse a sí mismo, mirarse al espejo y sospechar que parte de su cuerpo o de su ADN tiene sangre castellana, andaluza, gallega, valenciana o murciana. Lo que ocurre es que el español rechaza al catalán y además le roba. Solo algunos muestran sus vísceras segregacionistas y amenazan a quienes acudan a la plaza a ver el futbol de la selección. Nada puede dejarse al albur, se increpa a Mireia Belmonte, a Gasol o cualquier otro y se envían los cancerberos del nacionalismo universitario al acoso de los españoles irredentos que disfrutan del catalán y la comida catalana pero no han colocado una estelada en el balcón de sus hogares. Agentes al servicio de la Generalidad, pasean por las calle y anotan que balcones y ventanas muestran banderas independentistas. El miedo cunde. Primero fueron los comercios. Se instala el terror. Luego las personas, el tiro en la frente de Albiol o la propuesta para violar en grupo a Arrimadas. Las consignas para ejercer la violencia se suceden y se invita al exterminio español. La mayoría sin excepción sufren de ese síndrome de Estocolmo por el que vienen a identificarse con sus torturadores o acusadores. Es ese fenómeno del secuestro colectivo que alimenta la limpieza étnica, la limpieza lingüística, la segregación económica, laboral y social de quien no está en condiciones de cambiar de trabajo y trasladar su residencia. La suerte está echada. Ahora cuando en su inefable simplicidad reclama Sanchez diálogo y condonación de deuda, se aprestan los cancerberos del Gobierno de la Generalidad para dar el golpe final. Si no hay que perder la esperanza ni para la cordura, ni para la razón, ni para la historia, si no hay que perder la confianza en el valor del patrimonio de todos los catalanes nadie puede quedarse en silencio. El silencio es la primera forma de la autocensura y la tortura.

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