Juan Pérez de Mungía

Els Segadors

Els Segadors
Manifestantes independentistas encarmados a los coches de la Guardia Civil, mientras los Mossos se limitan a mirar. CT

Una densa niebla política se ha instalado en la Cataluña Imperial. Nadie acierta a ver nada en el «smog» y andar por la calle resulta peligroso, pueden confundirte con un ser humano. El bestialismo ideológico abunda, no cabe duda y el caldo en el que se cuecen los catalanes, se sientan o no españoles va dejando un olor nauseabundo a carne de crematorio. Son las antorchas del supremacismo, de los que desfilan haciendo gala de una raza superior, son los que acosan y decoran fachadas, ponen carteles llamando al Referéndum, pegan «stickers» los instigadores del enfrentamiento, eso si, de forma pacífica. Revientan coches y destruyen bienes públicos. Pero dicen que es un acoso psicológico. Procuran rodear, gritar, insultar pero por ahora, salvo casos aislados, procuran no llegar a las manos, así de esta manera se ejerce más presión, en definitiva la tortura psicológica es más efectiva para que los torturados no tengan más remedio que creerse convencidos por sus propias convicciones.

Avanzan las huestes de Junqueras, el artífice, las masas amparadas en el anonimato de la masa lanzadas como dardos envenenados por el eslogan del marketing, «España nos roba», que hábilmente dejó como herencia de su venganza Artur Mas y como no, como en la Santísima Trinidad, la Triple Alianza o los tres mosqueteros tenemos al exbeatle Puigdemont, todo un símbolo de la peluquería.

Cataluña han sido castrada del pensamiento racional y practica el chemsex, un problema nacionalista. Se consume prostitución como en ninguna otra comunidad pero uno se acuesta religiosamente con el clero secesionista para no practicar el sexo con La Grossa en esa suerte de lotería política que les ha tocado la espalda para decirles, tú, manifiéstate por tu futuro. Cataluña es solo presente, ¡carpe diem!, incapaz de pensar como adultos y sacrificando la furgoneta vintage para contaminar el barranco de la historia.

Es la historia de una nación inexistente. El mito que regresa como en una pesadilla, de forma recursiva, para que sea el sentimiento el instigador del suicidio colectivo, eso si matando si se da el caso, como dice un motorista, en la guerra civil que se avecina, en la misma guerra civil que publicita el depredador sexual Assange, a sueldo de la mafia rusa que controla el poder de una nación empobrecida que puede destruir el mundo. Una guerra larvada, entre vecinos con estelada y vecinos con la senyera. Son las banderas de nuestros padres que intentan pincharse en el pecho del enemigo, que no es otro que tu padre.

Los hijos de los corruptos alimentan el odio fratricida. Ya no importa el color de tu piel, solo importa el color de tu ideología para intentar imponer el fraude de las urnas, como guadañas de historia y muerte, arrojadas a la cabeza del enemigo para encerrar sus cuerpos y almacenarlos en el camposanto de la democracia. Ya pasaron los tiempos de paz, ahora a la cólera se le llama paz, y a la violencia pura y dura, participación democrática.

Los corruptos políticos de Cataluña, el Govern justificado por la democracia que detestan ha elaborado una estrategia para dinamitar el Estado. Han robado durante años, tienen los impuestos mas altos de España, pero no se deben obviamente a su mala gestión, sino a un expolio ajeno, como si no hubieran sido los únicos responsables de sus crímenes y de sus patrañas. Lo curioso consiste en observar que muchas personas se lo han creído. Por ahora gana la Cataluña gregaria de los mantras colectivos diseminados por los segadores de cabezas. Pagan impuestos excesivos, impuestos por la Generalitat que tiene las atribuciones. Pagan con su educación segregacionista para impostar su credo rebajando la calidad de la formación, consumen endogámicamente sus productos para evitar una dieta equilibrada, adoran a los musulmanes para defender la ablación mental de sus mujeres, reciben altos salarios para pagar rentas, alquileres y tasas superiores, los ciudadanos defienden a sus verdugos que esquilman sus propios bolsillos para que los jefes de la mafia puedan disfrutar de sus masías burguesas. Ya ni es el 3% como indicaba esa institución catalana, el Ciento, sino el ciento por ciento para apropiarse de un estado infinitesimal.

Cataluña está corrompida hasta el tuétano y la masa ósea padece un cáncer destructivo que necesitará la amputación de sus instituciones. Así ha sido siempre, históricamente cada queja se ha resuelto sacrificando su destino, perdieron el Rosellón, perdieron sus fueros, perdieron la vergüenza y perdieron el destino, ahora solo les queda la deriva hacia la hecatombe. ¿Permitirá el gobierno la eutanasia que practica el psicópata de Olot? ¿No frenarán a estos sátrapas el pueblo catalán mayoritario arrastrado a una guerra que no es suya?

Es un tiempo de guerra, es un tiempo sin sol. La izquierda, esa izquierda internacional, esa izquierda de Coscubiela se ha convertido en una ideología lateral anclada a la segregación étnica con la esperanza de evitar su disgregación. Ya no queda ningún Solé Turá en el horizonte, ningún culé como Vázquez Montalbán, no queda apenas nadie de la Polonia cosmopolita donde la razón catalana era universal. Ahora Cataluña es el mascarón de proa del ultranacionalismo redentor del clero de Montserrat. Si viviera Plá, si viviera Miró, si Albéniz tocara otra vez Iberia al piano, si vivieran tantos otros que hicieron de Cataluña una grande y libre región, sintiéndose humanos mas que catalanes, españoles mas que catalanes, catalanes más que catalanes, si vivieran, la sangre de este país no correría la suerte del Corpus de Sangre que dice anunciarse.

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