ELIGIO HERNÁNDEZ, EXFISCAL GENERAL DEL ESTADO

Socialismo, independentismo y el claudicante Pedro Sánchez

El PSOE nunca estuvo cerca del soberanismo, ni lejos de una idea nacional de España

Socialismo, independentismo y el claudicante Pedro Sánchez
Pedro Sánchez (PSOE), en la portada de ABC del 5-09-2017. PD

La tradición del PSOE se aleja, tal vez, de la que Pedro Sánchez sugiere para su futuro

La izquierda clásica marxista ha sido siempre, desde la revolución bolchevique de 1917, el paradigma del internacionalismo, pero ahora, sectores minoritarios de la izquierda, y, sobre todo, Ezquerra Republicana de Cataluña, histórico partido de la izquierda catalana, han puesto los irracionales sentimientos identitarios por encima de la justicia social y de la lucha contra las cada vez más crecientes desigualdades sociales, con el cínico argumento, intelectual y políticamente deshonesto, de que se han tenido que unir a las élites económicas catalanas para liberar a Cataluña del neoliberalismo y de la corrupción española, ignorando, deliberadamente, que Convergencia (ahora PEDeCAT) ha sido el arquetipo español del neoliberalismo económico, del capitalismo financiero, y de la corrupción.

ERC ha roto con su trayectoria histórica de colaboración en la gobernabilidad democrática de España, y con el legado de Tarradellas, fundador de ERC, que pensaba que «Cataluña debe entender al pueblo español e integrarse en él».

El histórico presidente de la Generalitat, exiliado republicano, jamás hubiese pactado con Convergencia, dado que su vocación pactista y la capacidad parlamentaria de la Lliga de Cambó, fueron expresiones eminentes del catalanismo hispano.

Una CUP elitista

La CUP, partido antisistema catalán, que se le tiene por heredero del anarquismo catalanista, no está integrada por los pobres obreros de la CNT, que pasaron miseria y hambre como empleados explotados por los industriales catalanes, sino por la clase media catalana con ingresos superiores a los 2.000€, muchos universitarios, funcionarios, y profesionales liberales, que en su vida han trabajado manualmente, ni tienen callos en las manos.

El artículo 40 del proyecto de Constitución Federal de la Primera República Española, redactado principalmente por Emilio Castelar y el socialista catalán Pi y Margall, sólo consideraba a España como Nación y no reconoció el término nacionalidad.

Las Constituciones de la Unión Soviética habían reconocido el derecho de autodeterminación en favor de las distintas repúblicas que la componían, pero los movimientos nacionalistas se consideraron desviaciones burguesas y fueron duramente reprimidos por Stalin, que paradójicamente, teorizó sobre el derecho a la autodeterminación en su famoso libro El marxismo y la cuestión nacional.

La socialista marxista Rosa Luxemburgo sostuvo que el derecho a la separación de toda nación significa, en realidad, sostener el nacionalismo burgués.

Tito proporcionó una adecuada solución federal a la complejidad que revestía la integración en un sólo Estado de las nacionalidades que constituyeron la segunda Yugoslavia (1943-1991) que, al disolverse, los serbios, croatas, eslovenos, bosnios, macedonios y montenegrinos, se mataron como animales.

No gobernaría la izquierda

Se equivoca ERC si cree que con la independencia de Cataluña va a gobernar la izquierda. Basta el ejemplo de Ucrania, la más importante de las repúblicas soviéticas, en la que gobierna la ultraderecha.

De todos los autores marxistas que estudiaron el tema del derecho de las naciones a la autodeterminación, sin duda, es Lenin el que más profundizó en él, pero siempre lo condicionó a los intereses supremos de la lucha por la emancipación del proletariado.

Para Carlos Marx el derecho a la autodeterminación es «un invento de la burguesía para dividir al proletariado», y, en todo caso, «debe subordinarse siempre a la emancipación de los trabajadores».

Pablo Iglesias, fundador del PSOE y de la UGT, escribe en 1899: «los obreros castellanos, los obreros de España, saben bien que en todas esas alharacas no hay una frase a favor de las clases oprimidas (…) sino miserables y egoístas intereses» (El Socialista, 20.10.1899).

Cuando en 1901 don el catedrático socialista Fernando de los Ríos llega a Barcelona, toma conciencia por primera vez del incipiente nacionalismo catalán, al que consideraba empobrecedor y perjudicial para Cataluña, y una «evolución regresiva» que marginaba los grandes temas europeos, y que, en lugar de aunar voluntades se proponía a alejar de si a los no nacionalistas.

Ni siquiera su admirado Maragall, concluía don Fernando, «puede desconocer cuán estrecho es el cauce que ellos han abierto para que por él se deslice la vida la vida nacional, y cuán reñido está el nacionalismo con el espíritu moderno».

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