Juan Pérez de Mungía

La fiebre catalana

La fiebre catalana
Puigdemont YT

¿Cuántos tertulianos se lanzan en tromba contra el Gobierno del Estado?. Al actual conflicto de los que quieren romper España arriesgando el delirio de la sangre y los que apuestan por defenderlo hasta con las armas, les falta análisis racional. Es esta época, un momento en el que reverdecen las expresiones mas arcaicas de la conducta humana que apelan a las emociones como si pudieran en modo alguno imponerse a la racionalidad. Y ocurre, como ya señalara Darwin, que las emociones son expresiones de un pasado atávico en donde las señales de alarma, adaptativas en el pasado, tenían una expresión inmediata que anulaba la reflexión y el entendimiento. ¿Cunde la locura entre nosotros?. El tiempo es desde luego propicio.

Se ignora con demasiada frecuencia el contexto objetivo del conflicto planteado por los agitadores profesionales que ocupan el Gobierno de la Generalidad, esa articulación entre la supina ignorancia de los Puigdemont y Junqueras que no saben sumar votos incluso cuando mienten, la burguesía local catalana de la ANC y Omnium y la subversión comunista de la CUP con el auxilio impagable del fascismo 15M de Iglesias.

En un viaje al fondo de la obra que permite una mirada a través del espejo observamos las estrategias de la manada de caballos de Troya de la paz ciudadana, la realidad siempre se impone a la farsa. En efecto, el Gobierno de la Nación se mueve en una cuerda floja que tiembla a cada paso cuando todos tensan y destensan la cuerda sobre la que se camina al futuro inmediato, el precipicio se extiende a ambos lados. Examinemos las opciones y sus aporías.

Imaginemos la escena. Puigdemont declara la independencia, sólo así satisface a quienes controlan de facto el escenario. No declararla sería una frustración intolerable para quienes han apostado por la destrucción de la sociedad y la autonomía catalana además del Estado. Puigdemont alberga la esperanza de inculpar a otros de sus propios crímenes si el Estado aplica el artículo 155, siguiendo la regla del fascismo secular: cuánto peor, mejor. Con una simpleza absoluta, Albert Rivera reivindica este escenario como propio y creyéndose representante único de la opinión pública catalana, apuesta por hacerse con el gobierno de la Generalidad en el marco de unas nuevas elecciones. Ignora el ínclito Albert el desarrollo de la trama política de esta obra. Si se produce una intervención por arte y gracia del artículo 155 que la propaganda secesionista pueda presentar como la cancelación de la autonomía de Cataluña, colectivos articulados por la ANC y Omnium se lanzarán a la calle en una manifestación ilimitada de violencia que eventualmente sólo podría detenerse por el Estado que es la institución que tiene el privilegio y el monopolio de la violencia institucional en su propia defensa. De darse las elecciones y ganarlas Ciudadanos en los términos previstos, no es claro, tampoco, que las masas humanas frustradas e insatisfechas no estén tentadas a ejercer la violencia con la defensa de representantes legítimamente elegidos en las urnas. Un efecto colateral, del que ya existen signos inquietantes, es la reivindicación de los colectivos vascos que apuestan por la disolución del Estado, incluso con la connivencia del PNV, que debe recordarse, es el origen de ETA.

Parece evidente que la intervención del Estado debe seguir siendo lo que ha sido hasta ahora, intervenir la economía, amparar la resistencia civil de la mayoría de los catalanes, modificar el estatuto jurídico y la dependencia jerárquica de los Mossos de Escuadra, facilitar la expresión de la disidencia en Cataluña, y sancionar los delitos en los términos previstos por las leyes de acuerdo con las competencias del sistema judicial. Así pues, estos son los mimbres del debate, Puigdemont satisface los movimientos sociales a los que ha cedido la insurrección que él mismo representa y declara la independencia. La sociedad civil española incluida la catalana apela a la intervención del Estado, y el Estado interviene suspendiendo la autonomía. Hay que sospechar de estas soluciones ilusorias. No es tan importante ganar una batalla, como ganar la guerra. Estas pseudosoluciones dejan a todos contentos, a Puigdemont y Junqueras porque se han prestado a su inmolación, a la CUP, y a sus instrumentos armados, la ANC y Omnium, porque tienen el pretexto para levantar la sociedad en armas, para lo que no se requiere más apoyo que el contaba Batasuna en el País Vasco, y la sociedad civil que ve que se castigan la deslealtad y los delitos de quienes sólo existen para la opinión pública en términos de su posición institucional.

La regla de un buen guión debe ser siempre no hacer lo que te demandan quienes viven en la trinchera, se declaren amigos o enemigos. Y debe recordarse aquello de que Dios nos libre de los amigos, que de los enemigos me libro yo. En otros términos, el Gobierno debe saber que la laxitud y simulación de los socialistas, y la mano tendida de Ciudadanos lo es sólo para que el partido político del Gobierno se suicide, y con ello, en la práctica el Estado. La inteligencia social de Rajoy no puede ser otra que lo que está haciendo, ignorar de momento los instrumentos del Estado para que funcionen sólo como amenaza, postergar la toma de decisiones para que se evidencie la deriva de las fuerzas insurrectas y se rompa su homogeneidad como está sucediendo, permitir la toma de conciencia de los ciudadanos de Cataluña que quedan advertidos de las consecuencias de una declaración ilegal de independencia que sólo sería una declaración nominalista imposible de llevar a término, y presentar una batalla firme y tenaz para que se ponga de manifiesto la inviabilidad de la República catalana en términos económicos y sociales. Tratando de reventar las costuras del Estado, la oligarquía mediopensionista del 3% que ha visto mermadas sus rentas legales e ilegales por la crisis económica, se revolverá contra sí misma, porque el riesgo que corre ahora es perderlo todo. Es extremadamente importante que el Gobierno siga el guión sin añadir frases fuera de contexto como el de pedir perdón por lo que no ha hecho, en detrimento del prestigio y responsabilidad de las fuerzas de seguridad del Estado que son el frente inmediato de la defensa de la legalidad institucional, situadas en la tramoya del escenario.

En conclusión, apostamos por la declaración unilateral de independencia, mientras el capital huye y las empresas se trasladan precautoriamente a otros territorios del Estado. Tras ellos pueden venir las fábricas y las entidades comerciales que viven con angustia la pérdida de su patrimonio, con la amenaza de que se establezcan barreras arancelarias, la pérdida de empleo consecutiva, el impago de las pensiones con 4.963 millones de déficit de la Seguridad Social obtenido de las cotizaciones de todos los trabajadores españoles, la destrucción del tejido social por el empobrecimiento colectivo, el nacimiento fallido de un Estado aislado internacionalmente y que no obtiene reconocimiento social y político, ni asistencia económica para sortear y cubrir un déficit estructural y una deuda de magnitudes considerables, 265.082 millones equiparable al que soporta la misma Grecia, sin los recursos de un Estado reconocido y reconocible. No hay duda de que apostarían por no pagarlo. No hay mayor guerra que la que nace de la que se inflingen a sí mismos los ciudadanos mas ignorantes o mas aviesos. La firmeza del Estado, el aislamiento económico y la salida de Europa son las apuestas contra las que tendrán que lidiar estos Savonarolas dispuestos a incendiar su propio país, el país de su propaganda. Y el Gobierno tendrá que lidiar con aquellos que reclaman hacer sangre. La templanza, y la cordura deben de prevalecer. No hay diálogo en ausencia del cumplimiento de la ley. Pero no hay que ponerse nerviosos. El tiempo corre a favor, siempre, de la razón. Acta est fabula, plaudite.

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