Santiago López Castillo

El principio de la autoridad

El principio de la autoridad
Santiago López Castillo. PD

Qué triste es ver a esa anciana que rige el consistorio de Madrid haciéndose cruces porque han metido en la trena a dos (supuestos) golfantes de la levantisca Generalidad de Cataluña. Representantes -ellos- de asociaciones civiles, con el aporte de todos los españoles para alcanzar la secesión, la tal ¡Carmena!, jueza en sus años mozos, simpatiza -como no puede ser de otra manera- con la chusma marxista-leninista resucitando la FAI. Y se apunta, directa o indirectamente, a la falsaria aseveración de que «todavía hay presos políticos en España».

Esto pasa, amable lector, por la dejadez y el garantismo político. O sea, la falta de autoridad. Desde el año 75 la libertad se ha confundido con el libertinaje. Recuerdo que por aquellas fechas, las juventudes socialistas daban clases prácticas de cómo se debe follar en público. Y de ahí hemos llegado a ese conglomerado de gays y lesbianas y transexuales. No es que uno se escandalice por este desviacionismo sexual, por mí como si se la machacan. Pero de eso a que se paralice una ciudad como Madrid para mostrar cómo se meten mano o se la endilguen unos a unos y otras a otras, va un abismo. Con lo gratificante que es no escandalizar. No ha mucho una dama, que era un putón verbenero, me rompió el pestillo de una ventana porque creía que nos podían ver desde afuera y eso que vivo en el campo con el único cotilleo de los pájaros reclamando el pan nuestro de cada día. Y qué no decir de esos blasfemos que se dicen artistas y pintan a Jesucristo holgando con su santa madre María. Libertad de expresión.

Nadie cae en la cuenta de que el principio de autoridad se oxida como un tornillo de hierro a la intemperie, y que no suele aguantar mucho sin que se lo coma el orín. Aquí -en un ejercicio de libertad de chorra- llevamos décadas presenciando quién la tiene más larga y mostrando a los viandantes, ellas, que se puede mear en la calle sin quitarse las bragas.

Las mujeres, con el puto feminismo, son las que implantan la norma. Violencia machista, la esclavitud sexual, nada sobre las torturas a los maridos…, jamás con el trato a las hembras musulmanas, algo peor que las mulas, porque queda muy progre y viste mucho, siempre que sea el burka. Sin reparar en que esta troupe de avanzadilla social tiene en sus filas más putas que las gallinas, y veneran como icono la teta de Susana Estrada a Tierno Galván, gran fervoroso de las jovencitas; episodio sin desperdicio que daría para escribir un volumen de éxito, que nunca rubricarían la Julia Otero, Almudena Grandes o Julia Navarro, caca de la vaca.

El principio de autoridad, en fin, debe prevalecer por sí mismo y sin que nadie pueda desviarlo de su recto camino. De momento, los ácratas se chotean de los regidores de la cosa pública y sus embustes y amenazas las declaran normas a seguir imperando. Por ejemplo, tirarse un pedo.

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