Su metamorfosis física constituye una metáfora de su psicología

Aznar: Un buen presidente… que olvida que a veces metió la zueca

Aznar: Un buen presidente... que olvida que a veces metió la zueca
José María Aznar. David Mudarra.

LA metamorfosis física de Aznar constituye una metáfora de su psicología. Ya en la cincuentena, y siendo de mi talla (la hobbit), se propuso convertirse en una suerte de Geyper Man Legionario.

Quiso el físico de un deportista de élite y lo buscó de manera sistemática, bajo el látigo amistoso de un profe de gimnasia estrafalario, con bigotón y cinta a lo Dire Straits en la frente.

Machacándose como un marine de pista americana, logró su objetivo: en su anatomía de oficinista surgió una tableta de abdominales, un peto de centurión romano.

Aznar no resulta simpático. Lo avinagra ese tonillo seco, acaso soberbio. Su sentido del humor, que lo tiene, chirría un poco, como nos pasa a muchos introvertidos cuando queremos picar rápidamente el hielo social. Pero nadie, ni sus enemigos, le negarán fortaleza interior y capacidad de sacrificio para lograr sus metas. J.M.A. no es un cerebro abracadabrante.

Pero posee ideas nítidas y el carácter cabezón para aplicarlas. Tesón. Esa es la historia de su vida. Primero la carrera de Derecho, luego la oposición de inspector de Hacienda, la presidencia de una comunidad autónoma… y así hasta La Moncloa y los súper abdominales. El hombre corriente derrotó a un mago que parecía inabordable, el verboso González.

Lo notable es que tras dejar el poder, con 51 años, su historia de emulación personal continuó. En lugar de instalarse en la abulia y las prebendas de los ex, se propuso ser un alto ejecutivo internacional.

Aprendió bien inglés -con el consiguiente choteo de nuestro país de envidiosos- y acabó impartiendo clases en una selecta universidad de Washington y entrando en varios consejos, incluido el de News Corporation, el conglomerado mediático de Murdoch, donde sigue a sus 64 años. No se ha dormido en los laureles y ha ganado dinero (pecado en España, donde se admira al pícaro y al demagogo, pero no existe aplauso para el esfuerzo).

Como presidente, Aznar tuvo tres grandes aciertos: abrió la economía, desabarrancando un poco el estatismo de González; derrotó a ETA, al atacar su flanco civil; y dibujó lo que él llamó «una ambición para España».

Quiso acercar al país a los centros de decisión mundiales y en cierto modo lo logró. Esa posición se perdió con la impericia zapaterista y la indiferencia marianesca, pues a nuestro actual presidente lo verdaderamente importante, reformar el país a fondo, viene a parecerle «un lío».

Aznar, con sus humanos defectos, sabía que las ideas mueven el mundo y que la cultura importa.

Por todo lo anterior es lástima que el personaje quede emborronado por la poca ecuanimidad con que analiza su legado político. Fue un buen presidente, pero también cometió errores.

El primero es que se entregó a Pujol para preservar el poder y el taimado honorable lo aprovechó para forjar los cimientos de su república. Su segundo lapsus es que durante su Gobierno se acumuló buena parte del lodo que salpica a su partido.

Si no se enteró, como dice, habría sido tan torpe que urgen unas claras y sentidas disculpas. Resumiendo, un tipo valioso que necesita una ducha de humildad, un espejo limpio y más fair play con aquel a quien hizo cinco veces ministro y al final único heredero.

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