Juan Pérez de Mungía

Lágrimas de cocodrilo

Lágrimas de cocodrilo
Pablo Iglesias. PD

Fue el 21, en septiembre, Junqueras quien inauguró la temporada de sollozos, pero Oriol no estuvo solo frente a las cámaras llorando desconsoladamente, también han llorado hasta la fecha, muchos otros, y singularmente Carme Forcadell en su entrada al Parlament. «Muchas gracias a todos y todas. Ahora a trabajar como siempre hemos hecho, con profesionalidad, con eficacia y siempre orgullosos de este país que tenemos» o lo que es lo mismo vamos a dar un golpe para no dar ni golpe, dado que el tiempo ha venido a confirmar que estaba bromeando. Marta Rovira de ERC también ha mostrado su corazón roto y su frase «No pararemos hasta conseguir la libertad» ha sido de una tristeza infinita. Dentro de los lloros deportivos disponemos del marido de la cantante de abundante melena que también llora y está vez sin meter previamente un gol, Gerard Piqué y su famosa frase infantil «Los catalanes no somos malos». Podemos imaginar a toda la audiencia en esa mezcla de sonrisa y pena coreando a los líderes. Resulta tan enternecedor con que aire compungido se despedía Hitler en el bunker con los últimos niños sacrificados al clamor de una guerra que había imaginado triunfante. Osama Bin Laden lloró antes del ataque las Torres Gemelas golpeándose los puños para que saliera adelante la afrenta con el éxito que finalmente tuvo. Y lloraba viendo los dibujos animados y con las hembras de carnes infladas en la pornografía que le servía de consuelo.

También tenemos los llantos sin frase o llantos mudos como las de algunos Mossos d’esquadra que se abrazaban llorando por impotencia, algo que pensábamos que solo le ocurriría a los operados de próstata. Otro que solloza, sin ser policía, ha sido el adalid del «Yes, We Can», Domenech en la manifestación para pedir la libertad de los dirigentes de Òmnium y ANC, esta vez sin declaraciones y solo bajo la atenta cámara subvencionada de TV3 especializada en buscar emociones intensas y contagio emocional. Ocurrió después del beso con Pablo Iglesias, la enseña de la alianza entre las distintas formas de destruir el concepto de una patria de ciudadanos.

También lloraron muchos de los nacionalistas, independentistas, secesionistas justo en el momento que que Puigdemont declaró la NO República después de la SI república. Forcadell vino a llorar al Tribunal Supremo, en un acto simbólico de la sublevación simbólica de la intersindical catalana al mando de un sicario asesino, ese oscuro personaje de la bomba lapa, Carles Sastre. A veces se llora de alegría, otras veces se llora de rabia, y otras veces se llora de pérdida. Lo que importa es el retrato de la televisión pública mostrando cuan sentidos son nuestros golpistas y delincuentes catalanes para simular toda la oronda simpleza de Junqueras. Si sabrá él de fronteras y de burdeles con ese nombre. Un sesgo emocional que no puede ocultarse tampoco en Albiol cuando llorando pronunció la frase «Nadie os va a echar de Catalunya porque si os vais se iría la dignidad de esta tierra» al referirse a la policía nacional asediada en Pineda del Mar.

Cataluña es un mar de lágrimas. Pensábamos que la política no producía estas sensaciones en los lagrimales. Parecía increíble. Es obvio que todos los lloriqueos son instrumentales, forman parte del escenario que ennoblece y hace humano al delincuente que tras el asesinato implora el perdón de sus juzgadores. Como Forcadell reclamando la soberanía del Parlamento de la que es Presidente después de haber declarado su arrepentimiento fugaz. Otra declaración instrumental. No les enseñó su iglesia a ser cínicos, invirtiendo el sentido de las palabras, pues naturalmente es un derecho constitucional no sólo no declarar o declararse inocente, sino aún, concitar toda la piedad frente a quienes reclaman justicia. El lloro tiene incluso raigambre histórica. Las plañideras eran una profesión que requería entrenamiento y escuela. Sollozos los hay virales, como el de aquel político japones corrupto, que lloró como un niño reconociendo sus tropelías económicas – a este concreto modelo se le llama llantina. Obama tiene muchas lágrimas públicas. Los supremacistas se quedaron perplejos: los negros también lloran. El caso es que estos que lloran oficialmente nunca han comprendido el monólogo de Shylock reclamando su condición humana. En el opuesto de los lloriqueos oficiales de Obama, Angela Merkel fue acusada de hacer llorar a una niña palestina. Toda la ciencia se contiene en un solo caso. Llorar es la manera de concitar piedad en el que luego ha de ser la victima de quien llora.

Es la sensiblería ñoña, la sociedad cursi, el kitsch político. Es la audiencia que piensa que las personas sensibles son más humanas. Hitler lloraba viendo el filme La Dama de Las Camelias y Omnium Cultural hizo propaganda con una actriz llorosa recomendando el suicidio económico colectivo. Son cosas del querer a Greta Garbo en su papel de prostituta y de los lloros secesionistas en el papel de la prostitución política.

Nunca dejes que te vean llorar ha sido una frase recurrente en la educación. Se ha llorado a escondidas, un sentimiento privado, único y no confesado y ¿si hay personas mirando? Entonces hay que taparse la cara. Este comportamiento ha dejado paso al lloró en público a la publicidad del llanto, es parte de la pérdida de la identidad que reserva solo para los seres queridos las lágrimas con los mismos con las que se comparte la tristeza. El júbilo es público, las risas públicas, gregarias y el sollozo es individual, esquivo, privado.

Llorar imaginariamente es lo que nos llama la atención, llorar por una ideología, por un estado, por una política concreta, llorar por el nacionalismo, esto, esto es lo que nos llama la atención, el lloro político. No creemos que sea una novedad pero el hecho de que en Cataluña se haya llorado tanto es desde luego muy sospechoso. Es verdad que Pedro Sánchez también lloró cuando le cesaron de Secretario General del PSOE.

¿Dan votos los lloros? o al contrario ¿es mejor tener las mejillas secas?. Los demoscópicos estudios no indican nada al respecto. Pablo Iglesias lloró a la salida de la sesión constitutiva del Congreso de los Diputados al escuchar a las masas gritar ese grito emasculador «Si se puede». Albert Rivera lloró en Venezuela por los testimonios de una mujer famélica, muerta casi ya, de hambre. Fue el propio Albert Rivera el que le dijo a Mariano Rajoy «A la política se viene llorado de casa» y el caso es que no existe ninguna foto de Rajoy llorando. Debe ser una expresión de su alma desalmada. Y Rajoy sin dimitir, dice Ferreras.

¿Es quizás esta ausencia de lloriqueo profesional la que le proporciona a Rajoy sus victorias electorales mientras sus opositores tratan de ganar a su electorado, llorando?. Mariano se queda tan pancho como Los Panchos, esos cantantes que entonaban Quizás, Quizás, Quizás… mientras el resto veían pasar el tiempo, desesperando. Mariano es un presidente, no es un llorica. Las plañideras y los plañideros son los otros, pero a un presidente se le exige no llorar, ni siquiera lágrimas de cocodrilo cuando se come electoralmente a sus víctimas. Los cocodrilos solo lloran por abrir demasiado la boca para engullir a sus víctimas, es el esfuerzo, no la compasión.

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