Cita separatista en Bruselas

De Cataluña a Bélgica: La única manifestación que les queda

De Cataluña a Bélgica: La única manifestación que les queda
Puigdemont de paseo por Bruselas. EF

El independentismo siempre conoció Europa en viajes organizados. Imserso físico, Imserso moral. Este paletismo de fondo de la campiña desde el que nunca comprendió qué es un Estado.

Su concepción ruralizante de las cosas. El plomizo yo colectivo como una condena para cada tentativa de luz, de libertad. Vieja pista de elefantes interrumpiendo el tráfico, demostraciones masivas con que al final no han podido disimular la falta de inteligencia, que es siempre individual e individualista.

Yo nunca alzaré mi voz contra quien se construye un cuento -o un relato, como se dice ahora- y vive en él como en una casa y mantiene la realidad a la distancia justa para que no le estorbe demasiado.

Pero siempre contra los impostores que piensan que hacen una guerra y se hacen pis encima como los niños. Lo que ha hecho el independentismo político con su propia causa, con su propia gente, con su propia idea, si es que alguna vez tuvo alguna, es uno de los mayores atropellos que ha cometido un gobierno europeo contra los ciudadanos que de buena fe le confiaron la concreción de sus esperanzas.

La única manifestación sincera que a los independentistas les queda -y que tendría que ser la más masiva, la más apabullante- es la que encabezara una gran pancarta pidiendo perdón a los que tanto han engañado y estafado.

Podrían aprovechar para disculparse, también, con la mayoría de catalanes que nunca les votó y cuyos derechos y tranquilidad han pisoteado sin el menor escrúpulo y con una chulería y un sectarismo totalitario del que más temprano que tarde se avergonzarán recordándolo.

Estaría también muy bien que la concentración la llevaran igualmente a cabo en Bruselas, en la capital de esta Europa que no sólo no les ha reconocido, sino que les ha subrayado la barbarie que significa violentar la Constitución y la Ley de cualquier Estado democrático.

Tal acto de contrición, por sentido que fuera, tampoco les serviría para lograr ningún reconocimiento, pero sí para que cuando los líderes europeos hablaran en el futuro de Cataluña pudieran hacerlo desde el respeto que merecería una comunidad que por fin hubiera entendido el sentido de la política y de la Historia, y no desde esa mezcla de estupefacción y de desprecio que siempre causan los que desde su fanatismo invertebrado creen que en alguna medida la libertad puede consistir en dinamitar los mismísimos fundamentos del mundo civilizado.

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