HISTORIAS DE CASTILCIOSA

El sueño de la Ciudad de la Salud de Puchi Cordobés

La ruta imperial de Cordobés por Castilciosa continúa. Aquí llega la quinta entrega. Entreténganse.

El sueño de la Ciudad de la Salud de Puchi Cordobés
Las ruinas del hospital oncológico de Villaviciosa de Odón. PD

Puchi Cordobés no gana para pleitos. El Rey Midas ha pasado de convertir en oro todo lo que tocaba a ver cómo sus detractores le acusan por gafe. La culpa la tiene una oposición «demagoga» y «embaucadora» que ha endemoniado a los castilciosos apartándoles del recto sentido del puchitirismo.

Aunque Puchi sea la gente de Castilciosa y, por eso mismo, lo bueno para el Alcalde sea lo que conviene a sus vecinos.

Desde hace semanas, junto al «círculo de hierro» de su sanedrín (Casablanca, Bulto-Aguirroso y Hereu), ha rumiado un faraónico proyecto para hacer aún más mundialmente famosa a Castilciosa. Su perspicaz mirada alumbró una maravillosa «Ciudad de la Salud» que surgiría, cual Ave Fénix, en los terrenos del malogrado hospital oncológico del CITO.

En los últimos meses, para dibujar tan grandiosa ilusión se ha reunido bajo el máximo sigilo con importantes emprendedores de Guinea, Angola, Burkina Faso, Gabón y hasta con un empresario extremeño con quien coincidió en una cacería de palomas en Cuenca que le presentó el concejal anaranjado Enrique Merodeador. Al final, una S.L recientemente creada con 3.500 euros de capital social es la beneficiada por el dedo de Puchi Cordobés para plasmar su ambición.

Tanto secreto impuso que olvidó contárselo a su concejal de Urbanismo, Mari Ángeles Entrelasaguas, que cuando se enteró, con cara de no haber roto un plato nunca, convocó a los concejales rivales, destapó el guiso y dejó a los pies de los caballos al líder que la ha nutrido espiritualmente estos años.

Pues nada: la descreída oposición política, encabezada por el terco Néstor de la Pampa, quiere cargarse el proyecto. No sólo eso, ha creado una comisión municipal de investigación alegando que Cordobés, en su ansia por ganarse una jubilación dorada, busca dar otro «pelotazo», para lo cual no le ha importado tomar decisiones que menoscaban el patrimonio de los castilciosos.

¡Ni que Castilciosa y Puchi Cordobés puedan tener intereses distintos!

Como Puchi dijo a Florinda Chiquetete tras el borrascoso último pleno municipal, en el que los concejales de la oposición pidieron siete veces su dimisión: «No entienden que el trabajo ‘de guante blanco’ de Tontón, Finito y Pedrito, bajo mi mano conductora, para alzar la Ciudad de la Salud merece un premio».

Tontón Casablanca ha puesto tal grado de interés en la misión que los funcionarios municipales han visto un surco entre los despachos de Finito Bulto-Aguirroso y Pedrito Hereu, de las veces que va de uno a otro.

Hasta el partido de las dos pes de Castilciosa se ha olvidado de la excelencia que rebosa siempre la docta dirección de Cordobés. La formación política a la que pertenece el Alcalde lo mira con desdén. Sus principales dirigentes, Pilar Renacimiento y Meri Bellmontez (esta última, para mayor inri, concejal del equipo de gobierno de Puchi), piden su marcha sin recato. Incomprensibles desagradecimientos.

Puchi Cordobés, deslavazado, observa la escena casi flotando. Su cuerpo le pide irse ya, dejarlo todo… demostrar que no está agarrado al sillón municipal por intereses espurios.

Pero, ¿qué sería de los castilciosos sin Cordobés? El infierno.

Por el bien de su amada Castilciosa sigue en el cargo. Continúa cada mañana saludando de mala gana a su chófer, sentándose en su frio coche oficial, tirando de VISA municipal para representar a los castilciosos, viajando a saraos y asistiendo a tediosas cacerías invitado por proveedores del Ayuntamiento.

Flori Chiquetete, viendo cómo sufre el hombre al que idolatra, ha decidido adelantar al puente de la Inmaculada la decoración de Navidad de su chalet, para que Puchi pueda inhalar cuanto antes aires de fraternidad.

Si Cordobés retrasa el retiro, es por Castilciosa… a pesar de que le corroe la misma tristeza que los ojos de César sintieron al ver a Bruto (a quien consideraba un hijo) clavar la daga traidora sobre su imperial pecho. ¡Qué espanto!

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