Juan Pérez de Mungía

La Piara

La Piara
Los mozos corren delante de los toros de la ganadería de Alcurrucén en el primer encierro de San Fermín 2013. EFE

No hay consentimiento posible para una relación sexual que consiste en el asalto masivo a una víctima cualquiera sea o haya sido su comportamiento. Ni siquiera en el sexo por precio se dá legitimidad para que pueda subvertirse en tal grado lo que es condición expresiva de la sexualidad humana, no ya únicamente de una mínima expresión de respeto o de amor. Al único motivo a que responde un delito de violación es al deseo de hacer de la víctima un objeto, un juguete para el que la destrucción de su dignidad no es sino un medio. El intento continuado de destrucción se prolonga en el prejuicio de culpabilidad de la víctima, en el modo en que se ha robado su libertad, y en el modo en que su libertad se destruye para cualquier encuentro futuro. La grabación del delito es una extensión universal de la agresión.

En la violación se consuma una destrucción del alma, inextinguible, tanto mas fuerte cuanto ninguna ocultación es posible ni ninguna memoria puede extinguirse a voluntad. El único modo de sobrevivir a esa experiencia es forzándose a un cambio de identidad para construir un futuro que no tenga a aquel episodio como sombra, menos aún como eje identitario, más si cabe si sucedió a una entrega inocente, a un deseo irreprimible de vivir y experimentar. La violación tribal es la peor expresión: cada verdugo se crece y empuja al otro en un desdibujamiento absoluto de su propia identidad para confundirse en la manada. El término manada revela cuán a las claras queda fijado en la mente del delincuente. En ese confuso y resbaladizo territorio del juicio causal queda meridianamente clara la motivación. El delincuente genocida se crece en la voluntad de los otros y ejecuta como verdugo el deseo que percibe en todos. Sólo por esta motivación, si pudiera ignorarse el delito que sus acciones causan, serían condenables con la máxima pena posible los autores de este delito en concurrencia. Al igual que los genocidios no son posibles sin la existencia de un nacionalismo asesino, todas las formas de tribalismo sean los hooligans de los equipos de futbol o las jaurías humanas de cuyas filas emerge cualquier tipo de fascismo, se construyen sobre ese substrato afiliativo del mamífero humano que tan bien está representado en cualquier banda mafiosa. Al igual que se castiga a un individuo al tratarle como un ser humano reo de culpa considerándolo libre, debe castigarse con rigor cualquier expresión de animalismo, precisamente por no responder al concepto de libertad humana. Así ocurre cuando se trata a los animales como seres humanos, y los seres humanos quedan reducidos a su mas pura expresión animal atrabiliaria, instintiva y afiliativa. No existen deseos reprimibles o irrepremibles en el comportamiento de la manada. Que el delincuente confesara su absoluta culpabilidad sería el único indicio de que aún puede ser un ser humano.

Nada debe importarnos en este juicio penal los gritos de quienes se reclaman miembros de una tribu por sí mismos, esa manada de hombres y mujeres que en nombre de la víctima tratan de suplantar su identidad identificando a la víctima no como ser humano, sino como una pura expresión de género, una mujer más, como un miembro de su propia manada, para la que su voluntad y su deseo no existen sino por intermedio de sus órganos. No es la protección de su sexo lo que está en juego. No debe importarnos el sexo o el género de la víctima. No se protege a la víctima centrando su vida en su condición, ni se protege a la víctima gritándole «no estás sola», ni apelando a la tribu a que aquella imaginariamente pertenece. A la horda de machos primitivos, no se le puede oponer una horda de féminas. Resulta patetico y destructivo, y una amenaza a la justicia declamar «Hermana, nosotras somos tu manada». Es la lógica de quien cree que todos los machos son iguales, a la que debe oponersele todos las hembras son iguales. Tanto mas delirante cuando no todos los hombres se comportan como machos anencefálicos, o mujeres anencefálicas. Las manadas se compensan mutuamente y protegen la afiliación por encia del sujeto. Ninguna víctima debe pertenecer a la tribu de los que quieren suplantar su libre voluntad. Es como si en contraposición a la manada de machos o a la manda de asesinos pudiéramos oponer los cuerpos ahorcados de los que claman justicia en términos de venganza. La verdadera liberación de la víctima es no hacerse víctima de una experiencia trágica. Ninguna experiencia puede ser tan trágica que haga imposible el descubrimiento del amor, o el descubrimiento de la vida sin semejantes amenazas. Otros serán los que quieran ver en esto sexo y género y griten para levantar barreras a la igualdad esencial de hombres y mujeres, la que hace posible el mutuo encuentro, el respeto y la expresión del deseo. Como expresara el penalista Tomas Vives, el abuso sexual o la violación no es un delito grave por afectar al sexo, es un delito grave por robar la libertad al sujeto, por menoscabar su derecho al libre desarrollo de su personalidad. El sexo como mercancía ya está bien representado en las denuncias de quienes se sirvieron del sexo para prosperar y prolongan su fama y reconocimiento denunciando la compraventa. No es éste el caso que nos ocupa. Aquí tenemos una víctima en estado puro y nadie tiene derecho a convertir su experiencia en bandera, o en el eje sobre el que deba girar su vida futura. En la vida tenemos que dejar de ser machos o hembras para ser personas. Que una persona humana esté sexuada no quiere decir que su identidad esté univocamente determinada por su sexo.

No importa cuán cierto sea el delito ni cuan culpable es el delincuente para preguntarse por aquellos que faltaron al cuidado mientras éste fue posible, por su familia y amigos, o por la propia autotutela de la víctima, sabiendo que es un riesgo permitido viajar a donde se quiera, siempre y cuando ninguna posible amenaza pueda resultar verosímil. La víctima no es culpable de un delito, pero existe una responsabilidad social para uno mismo sabiendo los riesgos a los que decide someterse. La autotutela es una expresión de inteligencia social que sólo puede solicitarse de una persona adulta que pondera los riesgos y decide con juicio. Esta prudencia elemental no parece existir entre muchos jóvenes que creen tener experiencia sólo si viven situaciones de riesgo. Tentar la suerte y sobrevivir parece haberse convertido en un leitmotiv para retarse a sí mismo, desconociendo que pueden cometerse errores de los que luego no es posible recuperarse. ¿Tan poco vale la vida?. No haber sufrido riesgos no debiera ser un incentivo para cometer errores. Diana Quer desapareció después de declarar que no le vendría mal desaparecer una temporada. Una muestra de autodesprecio. Diana Quer ignoró cuán ciertos pueden llegar a ser sus peores pensamientos. Hoy no sabemos si sus ridículas aspiraciones no le han supuesto la muerte.

En «La Piel» Curzio Malaparte cuenta una violación colectiva de una mujer libre. Ninguna mujer libre, le hace confesar el protagonista, puede descuidarse a sí misma hasta el punto de desconocer que para algunas miradas sólo es sexo. Debemos protegernos de aquellos que perciben en nosotros el objeto que no somos, en tanto reconocen en ellos el objeto que son. En Mystic River se nos presenta la historia de una víctima continuada. No debe haber tregua para imponer la libertad frente a quien pide unicamente nuestra obediencia y sumisión. En una sociedad sin padres, esta fortaleza es siempre lo más difícil. La regla debe ser protegerse en todo momento, ninguna manada se extingue por que exista otra que se le oponga. Afirmar el individuo es negar la existencia de tribus, de jaurías y de manadas.

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