Santiago López Castillo

Todas fueron violadas

Todas fueron violadas
Santiago López Castillo. PD

Decía Miguel de Unamuno que la moda es la monotonía en el cambio. Ahora, no hay más que hojear los periódicos y dejarse guiñar por las televisiones, las artistas de medio pelo y alguna que otra de cierto relumbrón y hambre de notoriedad se han sumado a la campaña antiviolación, tocamientos, etcétera. Vamos, el acto carnal, folgar o polvo de estrellas. Es como si las meretrices se hubiesen hecho ursulinas y se supieran los diez mandamientos de carrerilla, especialmente el sexto.

Todo viene por ese vendaval feminista/anti machista que nos circunda. Por ahí andan todas aunque sean unas pendejas. Pero es lo que se lleva. A la mínima, te denuncian. Se habrán de editar, pienso yo, unos certificados para aclarar si la cosa fue consentida o forzada. Algunos lectores -entrados en años- recordarán aquel anuncio de Di Stéfano que anunciaba unas medias de cristal con este slogan: «Si yo fuera mi mujer, usaría medias Berkshire». Pues hoy el genial jugador estaría en la cárcel o ante el juez o la jueza con el látigo de la reprobación. El reclamo publicitario estaba bien visto: las piernas del mejor jugador del mundo enfundadas en medias féminas que revertirían en un gol con efecto cicutríneo, que no sé cómo sería el tanto pero nunca amanerado.

Mas este sarpullido no se detiene. No sólo son las starlets sino las presentadoras de TV de los cinco continentes. Todas han padecido el acoso sexual, qué retahíla, incluso folladores medio pensionistas. Se encumbra, por otro lado (digamos que hablamos de España), el mariconeo o la homosexualidad, cuyo mayor exponente es la 5ª y la 6ª, mambo. Esos, no; esos ya tienen pedigrí del rabo entre las piernas.

Menos mal que uno está de retirada y ya no liga ni con una escoba. Pero sí, si no estuve con más de mil quinientas mujeres, a cual más bella, no estuve con ninguna. Nunca tuve problemas. Bueno, sí, el romance con una profesora de la Complutense que concluyó con un aluvión de llamadas telefónicas a cargo de una niña:

«-No sé cómo decírselo, señor. Usted es mi padre…»

Hasta que amenacé con denunciarlas a la policía. Mano de santo. Trataban de llevarme a un esperpento de esos de la crónica del corazón, dado que yo era una persona seria y conocida por mis programas en TVE.

Pero salvo este leve incidente, como digo, no hubo más sobresaltos, salvo que te pillara algún marido holgando con su mujer en una playa de la Costa Brava. Ahora, que me quiten lo bailado, las hienas feministas despedazan a los machos cabríos, mostrencos, incluso aquella presentadora que estuvo en Torrespaña y estuvo folgando -según cuentan- con un maromo caribeño de buen mango o de armas tomar.

La cuestión estribaba entre la consumación del acto sexual o el achuchón o lote, hoy acoso sexual. Manda huevos, y ustedes perdonen.

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