La clase política es culpable por no parar el odio revanchista hispanófobo

Hermann Tertsch: «No fue Pinochet, fue Zapatero»

Hermann Tertsch: "No fue Pinochet, fue Zapatero"
Víctor Láinez EE

DICEN que Rodrigo Lanza, el chileno que le asestó dos golpes, el segundo mortal, con una barra de metal en la cabeza y por la espalda a Víctor Láinez, tiene un abuelo mas «facha» que su víctima.

Es un militar chileno que como la inmensa mayoría de sus compañeros de armas participó en aquel régimen del general Augusto Pinochet que ahorró a los chilenos hoy vivir hoy bajo miseria y terror como cubanos y venezolanos.

A cierta prensa española lo del «militar pinochetista» les vino bien para titular con la extrema derecha y no con la extrema izquierda que es donde están los auténticos inductores de esta salvajada le lleva a Lanza a la cárcel.

De nuevo. No por lesiones como en 2006 cuando dejó tetrapléjico y destruyó la vida a un guardia urbano. Por asesinato de un hombre que tachó de «fascista» por sus tirantes con la bandera de España.

No es su abuelo «pinochetista» el culpable de que este joven sea un ser rebosante de odio, capaz de matar por la espalda a un desconocido. Algo tiene que ver su familia cercana, a la vista de su comunicado con argumentos de combate de la extrema izquierda criminal.

Como los comunicados de ETA convierte a la víctima en el culpable que arrastra al pobre Lanza a la acción. La víctima es culpable. Como los comandos de ETA, el izquierdista Lanza actúa por necesidad y obligación.

A nadie debe extrañar el pétreo silencio inicial y las defensivas formas después con que han reaccionado ante este crimen todas las fuerzas de izquierdas. Todas, sin excepción. Porque todas se saben afectadas.

Saben que los jóvenes como Rodrigo Lanza que disfrutan fantaseando con la «caza del fascista» -¿te suena Pablo?- y que han sido formados en el odio a «esa bandera que produce asco» -¿verdad Iglesias?- son miembros de las camadas gestadas por el socialista Zapatero.

En el libro «Días de ira» anunciaba la violencia tras este proceso de envilecimiento de los jóvenes radicales en la izquierda que asumían con el mensaje revanchista de Zapatero la Guerra Civil, el Frente Popular, como referente ético y estético.

Matar al fascista se convirtió en gesta. Eso hacía abuelos heroicos y ejemplares. A emular. Por mucho que alguno después ante el juez pretendiera que precisamente el suyo había sido un antifascista ejemplar sin ni tocar jamás un pelo a un fascista. Aunque fueran mano derecha de una máxima autoridad en sacas y ejecución de civiles como Margarita Nelken.

Los jóvenes que ayer llenaban las redes de aplausos al asesinato y disfrutan fantaseando con ejecuciones solo imitan a todos estos cargos públicos de Podemos que ya han borrado sus miles de tuits con alusiones a la muerte del adversario político. Zapatero y su hijo de guerra, Podemos, nos trajeron hasta aquí.

La sangre de Láinez les salpica a ellos como a todo el frente mediático que no ha hecho otra cosa que un gran negocio de agitar contra España, desacreditar sus instituciones y símbolos y ayudar a la extrema izquierda y al separatismo a crear condiciones para «ganar ahora la guerra». Y acosar a los «fachas» desde las propias televisiones. Algunos sabemos de eso.

Y en Cataluña las agresiones a la bandera de España, hasta la que pudo carbonizar a una familia con tres niños, siguen impunes. Toda la clase política española es culpable. Unos por acción y otros por cobarde omisión han dejado que el veneno de la mentira, de la desmemoria histórica del zapaterismo, destruyera el tejido de afinidades y afectos creados desde el fin de la propia guerra.

Así surge ahora este odio desbocado que puede hacer de la muerte de Láinez un terrible augurio.

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