Juan Pérez de Mungía

Redes Sadosociales

Redes Sadosociales
Twitter, redes sociales, insulto. PD

El imperio de la necedad abarca todos los territorios electrónicos y se difunde sin fron-teras, opacas. Es la simplificación de la conducta humana que invade nuestra forma de pensar, de creer, y de razonar. No queda espacio para la individualidad, para el ejercicio de la libertad individual, solo existe el acoso de una masa reconstruida a pro-pósito por el poder oscuro de los troles instrumentos de ingeniería social. De los tro-les, las trolas. Emoticonos, pulgares arriba, pulgares abajo, corazones son todo lo que queda de la interacción personal, del juicio crítico. ¿Quién no experimenta una satis-facción primaria cuando pulsa «No me gusta»?.

Las redes sociales son tejidos asociales. Las redes sociales vienen degradando la so-ciedad, destruyendo el tejido social, minando la confianza mutua y los procedimientos estratégicos de las personas para juzgar la verosimilitud de la noticia, la identidad de lo real. La apariencia social se ha convertido en un instrumento del odio.

La función de comunicar se ha subvertido al virtualizarse la relación. Ahora las rela-ciones entre las personas son básicamente opiniones básicas, se escribe, no se habla, se copia y se pega. Y no hay paz. Enseguida suena el «gadget», la campanita, el croar de una rana, un sonar inarmónico, un trino. Y el aparato que pudiera servir a ampliar el horizonte humano, presenta un dibujito infantil. Simple y estúpido. La interacción se reduce y las palabras las dictan correctores automáticos que cambian la escritura y el pensamiento. Son como esas agencias comerciales que cambian las fechas de los viajes en el último instante, para obtener substanciosas ganancias de la confusión del pasajero. ¿Quien puede substraerse a creer que un error provocado no es un error propio?

Existen múltiples tecnologías para comunicar que no necesariamente se emplean para este fin; paradójicamente la comunicación se ha convertido en un acto unilateral por-que el receptor está obligado socialmente a escuchar. Todos somos receptores inde-pendientes, aislados, al igual que somos emisores masivos en tanto y en cuanto nues-tros mensajes son difundidos y amplificados por las redes. Ya no cuenta a quién nos dirigimos sino como lo hacemos, en público, en privado, por trinos, por álbumes, por imágenes, por «memes». El mundo de los memos. Toda la info la guardo en la memo.

La comunicación es viral porque las bacterias humanas propagan los virus y solo los que están inmunizados tecnológicamente pueden sobrevivir al acoso electrónico, una suerte de tortura psicológica que se concreta en un ambiente, laboral, social que per-mite el escarnio público, difundiendo imágenes escabrosas, comentarios injuriosos, insultos o indisimulado odio. El grado de anonimato, el sentimiento de impunidad de las redes proporciona a mucha gente la coartada para descalificar, insultar y amena-zar. La inhibición social desaparece a merced de las redes. Las compañías internacio-nales manejan datos, pero manejan también los instrumentos para destruir pueblos enteros. El fascismo putinesco es de los primeros en haberse dado cuenta de que la próxima guerra mundial será electrónica. La quinta arma del ejército que reúne a to-das porque todas se deben a la información que manejan y se les suministra.

Las redes sociales son el terreno de la injuria y la incuria, la calumnia y el delito, el prejuicio frente al juicio. La primera barrera que ha caído es la jerarquía social que otorga el conocimiento y la competencia; la próxima barrera es la barrera de legali-dad, la que se impone a los jueces, y que se destruye en el juicio público. Así los jue-ces quedan obligados a dictar la condena o la exoneración, obligados por los tentácu-los de las redes sociales que soportan una manada de identidades falsas, virtuales. O una manada de imbéciles. Dispuesta a construir una realidad paralela, quimérica, pero siempre destructiva. Los militantes mendaces se aprestan a aplaudir imágenes virtua-les, personajes editados para falsificar con éxito el mensaje. El sadismo se difunde de forma universal y algunos logran el mayor epítome masoquista retransmitiendo su suicidio. El sadomasoquismo y el victimismo. El odio. El sistema es el antisistema, la antítesis social. La fractura del hueso social.

Y ¿ahora qué?. La guerra larvada y las larvas creciendo para ser gusanos preparados para la guerra, el mambo, dicen algunos. Otra vez se extiende por Europa el amor a la muerte, las calaveras de nuestros enemigos apiladas en los campos electrónicos de batalla. Se disparan «fakes news» y los ejércitos se disponen en orden de enfrenta-miento. La sociedad se diluye entre las rendijas de las cloacas de las redes sociales. La postverdad se produce, y la verdad queda destruida. No hay noticia, sino creación de noticias a propósito para destruir las conciencias.

Las hordas se organizan en partidos mediante Telegram, los líderes surgen del Whatsapp, los comunicados se realizan en el Facebook y las concentraciones de los ejércitos se convocan por Twitter. Los partidos políticos han instaurado los «redic», los IT Manager, los SEOs y toda una suerte de estrategas que lanzan las campañas de comunicación que deben ser retuiteadas, subidas al muro, encriptadas sin son secre-tas, difundidas, si son públicas.

El resultado social de toda la parafernalia no es otro que la Destrucción 2.0, una suer-te de paz en la que los individuos, así tomados de uno en uno, no son nada y solo son algo en tanto que miembros de los hormigueros sociales que en ríos humanos, en manadas satisfacen los deseos más simples y los más íntimos. La construcción de a quien odiar y a quien hay que respetar. El caldo de cultivo del odio mutuo, de la inci-tación al delito, de la destrucción del otro sólo por serlo. El ciudadano se ha descons-truido hasta el punto de desaparecer sometido al vaivén de una opinión pública mani-pulada.

La política que originariamente debia consistir en la búsqueda del bien social se ha convertido en una actividad para torpes, para personas sin escrúpulos que descono-cemos sobre que arte del destino marcan los objetivos de las poblaciones. Ya no exis-ten los ciudadanos, los que interactúan a partir del conocimiento y el saber, no exis-ten los que razonan, solo quedan los que gritan, los vecinos universales que al otro lado de la ventana led, gritan, vociferan, proclaman la verdad en patio público, todos subidos a su púlpito. De esta democracia solo queda el instinto, en su forma sadoma-soquista.

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