Juan Pérez de Mungía

Cuando los verdugos aprenden a bailar

Cuando los verdugos aprenden a bailar
José Enrique Abuín Gey, alias el Chicle, con Rosario Rodríguez, su esposa. FB

Pocos se acuerdan del denuedo con que luchó Simon Wiesenthal en persecución del terrorismo nazi para que no quedaran impunes los delincuentes que atentaron contra la humanidad. Había sufrido en carne propia los campos de exterminio, y una vez finalizada la guerra aceptó la lucha para que no se silenciara lo que luego se ha conocido en toda su profundidad con el primer juicio sobre genocidio en el Tribunal de Nuremberg.

Muchos de los nazis que fueron detenidos gracias a las investigaciones de Simon buscaron refugios en otro paises donde no fueran reconocidos, presentándose a menudo como víctimas del aquelarre hitleriano, o como luchadores en la clandestinidad. Los verdugos gozaban de una vida alternativa gracias a presentarse como víctimas.

La libertad no es un regalo caído del cielo. Hay que amarla mucho para perseguir a quienes la detestan. No recordarán los lectores que el ex-Secretario General de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim fue un conocido nazi que detentó no solo el poder en la ONU durante 9 años sino que fue además presidente de su país, Austria, durante 6 años, como máximo dirigente del partido socialista. Siempre existió una simpatía natural entre el fascismo y la natural violencia de la izquierda, deseosa de procurarse el cambio social con la checa y los comisarios polítcos. Los criminales ejercen de quintacolumnistas en las masas ciudadanas movilizadas por el fascismo que ha logrado controlar ciertas esferas de poder. Durante algún tiempo se encuentran a la sombra, a la espera de que se les reconozca su protagonismo. Es el tipo de aventura que Sartre denominó en la Crítica de la Razón Dialéctica, el líder emergente que encarna en su ser el sentir de la masa que le lanza al estrellato.

El premiado documental Ciutat Morta con guión de Mariana Huidobro, la madre del asesino Rodrigo Lanza, que dejó primero parapléjigo a un policía y luego asestó un golpe mortal a Víctor Laínez, representa bien esta inversión de valores: el verdugo convertido en víctima. El tipo de viaje que solo puede presentar una conversa como Mariana Huidobro hija del almirante golpista de Pinochet. El asesino buscó en el independentismo catalán la venganza de su resentimiento hasta creerse su propio papel y obtuvo el respaldo de muchos catalanistas que vieron en el documental al verdugo reconstruido como víctima. La verdad es lo que se relata, no el suceso en cuestión. Ahora la máscara ha caído y quienes le homenajearon se desdicen de su pasado.

El verdugo es una víctima del sistema que les protege porque la justicia no la ejercen los jueces en el ejercicio de la ley, sino en el veredicto por linchamiento de una masa que adopta como bandera al delincuente, que eleva al delincuente a epítome de la resistencia civil. Las violaciones corales se debilitan con la misma música, quien es víctima se hace verdugo en el relato de los violadores que no han podido resistirse a la tentación provocada por la víctima, esa tentación que representa para el islamismo militante la condición de mujer. Por eso debe ser velada, porque el ejercicio de la libertad de la mujer es el origen del delito. Como en la horda de Pamplona, los ídolos de la Arandina no hacen sino ejercer su condicion de machos impulsivos incapaces de resistirse a la provocación de una mujer víctima que se trata como un verdugo de la natural inocencia de los machos. Cada día se extiende mas la cultura del odio a través de una permanente inversión de valores, como en esa práctica tan conocida de Carmena de genitalizar la infancia llevando a la cabalgata toda suerte de perversiones. Una cuestión es que se haya renunciado en derecho a imponer coercitivamente una moral individual y otra muy distinta escenificar hasta el delirio todas las formas de perversión humana para que nadie resulte inocente. La política de Carmena es coherente con la promoción de la pederastia, el último tipo de conducta antijurídica por parte de quien ejerciera como juez.

A esta dinámica de hacer a los verdugos víctimas y de hacer a las víctimas verdugos responden las distintas modalidades de la inquisición actual que promueven interpretaciones simples y directas en esa extendida cultura del odio. Los términos sexista y machista acaban con todo resquicio de análisis. No hace falta ninguna reflexión para dar con esta solución. Un epíteto permite explicar de un plumazo lo que no pueden entender las personas de escasa formación, esa clientela de los agitadores de masas del fascismo. Las etiquetas sirven para crear y mantener estereotipos que resisten toda duda racional. La única forma de resistirse a esta delirante marea es proponer una alternativa con los mismos tintes, la manada femenina descerebrada frente a la horda de machos lascivos descerebrados. ¿Puede imponerse la justicia a esta cultura del odio extendido desde las redes y desde los medios? Los mecanismos del fenómeno son bien conocidos. Consiste en explicar lo complejo con una etiqueta que llegue al público. El ciudadano desaparece anonadado por la ubicuidad de la propaganda que repite ese lugar común de interpretar la solución como un problema que cabe en un folleto, en un pasquín, en cursillitos, y en pamplinas. Las políticas contra la violencia de género consisten en predicar en contra; el resultado sigue siendo un estrepitoso fracaso. Es este tipo de cultura cínica del nacionalcatolicismo que convierte a los verdugos en hombres de paz, a los incendiarios en líderes políticos redimidos por las urnas.

Existe tecnología y medios para evitar la violencia, como existen políticas activas para evitar el nacionalismo, y estrategias y soluciones rápidas y eficaces para evitar la delincuencia, la corrupción y el delito en general. No es dificil imaginar que sostiene el silencio que nos lleva una y otra vez a repetir fórmulas y a fracasar. El sistema protege a los corruptos; mientras Pujol esquilmaba las cuentas de las obras públicas, Maragall callaba en justa correspondencia con el propósito de una república catalana. Quien sabe que oscuras razones de poder han permitido ocultar los devaneos del Rey Emérito y los potenciales escándalos sexuales y las corrupciones de los políticos de turno.

Las víctimas del holocausto se mezclan con sus verdugos y estos aprenden a aparentar ser víctimas. El asesino de Diana Quer expresó hace dos meses, al periodista Javier Romero, de La Voz de Galicia, «No voy a hablar, a mí el caso Diana Quer me arruinó la vida». Existe una fina y delgada línea que separa a los asesinos de sus asesinados, a los violadores de los violados, a los pederastas de los infantes. La sociedad permite que esta línea sea sistemáticamente traspasada, los medios de comunicación fomentan la confusión, crean la incertidumbre, el caos. La desinformación favorece la entropía y se favorece porque existe una economía asociada. El lector tiene ocasión de observar cómo los inocentes son culpables y los culpables son ensalzados por las masas hasta el punto de trastornar el sentido de la verdad. Ahora a la mentira se le llama pos verdad y al verdugo, víctima. Quizás han aprendido a bailar tan bien que las balas parecen de fogueo. Es la misma forma de paz que se predica desde la incitación al odio y al crimen.

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