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Luis Ventoso: «A España le falta un hervor de respeto por sus instituciones y su legalidad»

Algunos analistas abogaban por que el Gobierno metiese la cuchara para liberar a Junqueras

Luis Ventoso: "A España le falta un hervor de respeto por sus instituciones y su legalidad"
Oriol Junqueras (ERC). EF

A España le falta un hervor de respeto por sus instituciones y su legalidad. Se acumulan hechos y declaraciones que resultarían alienígenas en democracias de solera, como la británica o la estadounidense.

En días pasados, analistas de fuste de importantes medios españoles abogaban por que el Gobierno presionase al Supremo para liberar a Junqueras. Recomendaban tan inadmisible intromisión calificándola de «operación de Estado».

Ningún periodista en Washington o Londres osaría a soltar en público una burrada como demandarle al Ejecutivo que meta su cuchara en las decisiones del Supremo, pues una de las columnas angulares de una democracia es precisamente la independencia judicial. Pero aquí no. Aquí respetados politólogos reclaman al Gobierno que ¡dicte las sentencias de los jueces!

El auto de ayer del Supremo, que desestimó la petición del golpista Oriol Junqueras i Vies de salir en libertad, debería estudiarse en los colegios, porque explica de manera cristalina cómo funciona un sistema de derechos y libertades. Los magistrados arrancan recordando que la democracia española «ofrece cauces sobrados para defender pacíficamente cualquier posición política», incluidos el separatismo o ir contra la Constitución. Pero lo que no cabe es hacerlo machacando las leyes, como Junqueras y sus cómplices.

La actuación del ex vicepresidente de la Generalitat fue, según el Tribunal, «un hecho ilegítimo gravísimo en un Estado de derecho». No está preso por sus ideas políticas, que por supuesto la democracia española admite, sino por posibles delitos de rebelión, sedición y malversación de caudales públicos.

El tipo que ahora se presenta como el Siddhartha de Estremera se «alzó contra el Estado español, contra la Constitución y contra el Estatuto de Autonomía y el resto del ordenamiento jurídico». Lo hizo pese a las advertencias tajantes del TC y abriendo la espita para posibles alteraciones violentas del orden público.

Su autodefinición como hombre dialogante y «de paz» es hipócrita y mendaz, pues, como recuerda el Supremo, no muestra el más mínimo arrepentimiento y trataría de reincidir. En cuanto a su pretendido carácter dialogante, el auto lo desenmascara. Cuando habla de «diálogo», explican los jueces, Junqueras «se refiere exclusivamente a la forma en que el Estado se preste a reconocer la independencia de Cataluña». Lo suyo es un puro trágala, aunque trate de dulcificarlo con la habitual mascarada mansurrona y abacial.

Junqueras había alegado como eximente que él es un profundo creyente católico y un «hombre de paz». Demuestra así que no pasó de preescolar en Democracia y Derecho. Lo que se juzgan son sus posibles delitos, si los cometió o no.

Da igual que sea pío o ateo, que se trate de un sujeto pausado y sonriente o de un tipo de pronto iracundo, que le guste tocar la bandurria o el fagot. Junqueras, no nos engañemos, es un supremacista que en su ensoñación cree que capitanea a un pueblo elegido que ha de liberarse del Egipto opresor (España). Verlo como la alternativa cabal a Puigdemont es como querer curarse la gripe con una neumonía.

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