EL IMÁN DEL PODER

Ignacio Camacho: «Los presos van a seguir en la cárcel y no habrá presidente en plasma»

"El nacionalismo es un proyecto de poder y necesita ejercerlo"

Ignacio Camacho: "Los presos van a seguir en la cárcel y no habrá presidente en plasma"
Puigdemont EFE

AS fuerzas independentistas acabarán armando un Gobierno legal en Cataluña por tres razones. La primera, porque tienen mayoría aritmética para hacerlo, con el apoyo de las CUPs o sin él.

La segunda, porque de ninguna manera les conviene -salvo que Puigdemont sufra un agravamiento agudo de su ya desmedido ataque de ego- ir a unas nuevas elecciones bajo el artículo 155 y con Ciudadanos crecido en las encuestas. Y la tercera, no menos importante sino más, porque el nacionalismo es, antes incluso que un movimiento de independencia, un proyecto de poder.

Y lo primero que requiere un proyecto de poder es… tener el poder. Ejercerlo. Controlar la maquinaria política de toma de decisiones y de distribución de recursos. Esa apetencia resulta incompatible con las sugestiones testimoniales y las legitimidades abstractas. Exige, en el caso concreto de la situación catalana, levantar el 155, recuperar el autogobierno y acceder de nuevo a las instituciones forzosamente desalojadas.

Por tanto, el recorrido del sainete se está acabando. La Justicia ha puesto diques a las operaciones absurdas de ingeniería parlamentaria y los pondrá a la estrambótica idea de una investidura telemática.

Los presos van a seguir en la cárcel y el soberanismo está a pocos días de aceptar la evidencia de que no podrá elegir a un presidente por plasma.

Antes estirará el sainete para perfilar de victimismo las emociones de sus huestes más arriscadas, pero más pronto que tarde se empezará a abrir paso la necesidad de buscar soluciones pragmáticas. Eso significa designar un candidato que pueda sentarse en la Generalitat sin riesgo de que una condena le obligue a desalojarla.

Cuando termine el numerito de las piruetas imposibles, al líder fugado le ofrecerán una presidencia simbólica, abstracta, que poco a poco irá quedando en nada. A Puigdemont le surgirá otro puigdemont, un dirigente encontrado entre las cortinas palaciegas que, según el «efecto Claudio», se sentirá cómodo al mando e irá arrumbando a su mentor en la práctica.

Siempre sucede así; el poder tiene su propia dinámica, que empuja a no compartirlo ni supeditarlo a otras instancias. El nacionalismo tiene que reconstruirse, en el sentido que sea, y no lo va a hacer en Bélgica con sesiones folclóricas de una presunta cúpula exiliada.

Es cuestión de tiempo. Habrá tentativas retóricas y algún numerito extravagante para aparentar voluntad de esfuerzo. Luego se impondrá la realidad cruda y surgirá una fórmula que permita volver a aterrizar sobre el presupuesto, sea para negociar con el Estado -en el supuesto de que éste pique el anzuelo- o para diseñar el Procés 3.0.

Todo con mucha parafernalia legitimista y el aire desolado de quien no tiene más remedio. Pero la alternativa consiste en renunciar al poder que está a su alcance y, aunque en ese mundillo se han vuelto todos orates, no parece que tanto como para eso.

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