PRIMER AÑO TRIUNFAL CIUDADANO

Isabel San Sebastián: «El PSOE ha perdido la «E» de español, mientras el PP hace del relativismo su credo y de la parálisis su política»

Isabel San Sebastián: "El PSOE ha perdido la «E» de español, mientras el PP hace del relativismo su credo y de la parálisis su política"
Ciudadanos: catalanes que se sienten españoles. EF

TODO el que se dedica a este negocio sabe que los partidos nunca ganan las elecciones por méritos propios. Lo habitual es que quien ocupa el poder cometa errores suficientes para perderlo, en beneficio de la formación rival.

Exactamente eso reflejan las encuestas hoy al señalar el avance arrollador de Ciudadanos.

El grupo que encabeza Albert Rivera ha vencido al separatismo en Cataluña, crece a ojos vista en toda España, acapara ya la mayoría del voto urbano, así como el de la población que trabaja y paga impuestos, y aparece ante el electorado como un partido bisagra de carácter nacional y vocación indiscutiblemente democrática.

Lo está haciendo bien, no cabe duda. Ha traído renovación a un escenario que pedía a gritos un cambio de actores y sobre todo de actuación.

Pero este buen hacer se habría revelado inútil si no fuese porque el PSOE perdió la «E» de español con Zapatero, cuyas huellas sigue fielmente Pedro Sánchez, mientras el PP de Rajoy ha hecho del relativismo su credo y de la parálisis su política: No moverse, echar balones fuera, no cambiar de rumbo ni de remeros por más indicios que apunten al hundimiento de la nave, dejar que los problemas se pudran en el interior de un cajón, aguantar, aferrarse a la gestión económica como ocupación exclusiva del Gobierno y jalear con entusiasmo al rey de Génova que va desnudo.

El declive de la gaviota no es de ahora; empezó a evidenciarse en los comicios europeos de 2014. Desde entonces no ha dejado de agravarse, pese a lo cual la dirección del partido, las tres o cuatro personas que lo controlan (no hay más), permanece impertérrita, aferrada firmemente a la poltrona.

Los populares desaparecieron prácticamente del País Vasco, donde habían llegado a ser decisivos, sin un análisis susceptible de explicar esa catástrofe. Perdieron el grueso de su poder territorial, tanto municipal como autonómico, achacando la debacle únicamente a la crisis y la herencia recibida en lugar de profundizar en las causas del fenómeno.

Los mismos mimbres que tejieron ese fracaso sirvieron para diseñar la campaña de las generales en las que se dijo adiós a la mayoría absoluta, de lo que tampoco extrajo nadie ni lección ni moraleja. Se había salvado la Moncloa ¿Qué más cabía pedir?

A mayor abundamiento, la segunda ronda electoral supuso una ligera mejora con respecto a la primera, dado que el miedo a Podemos y a un eventual frente popular llevó a muchos desencantados a votar con una pinza en la nariz.

Y todo siguió como estaba, en la paz de los cementerios, mientras los cimientos del edificio se veían atacados por los gusanos del desánimo, la cobardía que impide alzar la voz por miedo a perder el puesto o la rabia de ver cómo quien asciende no es el más trabajador, ni el más capaz, ni tampoco el mejor preparado, sino el más sumiso, obediente, hipócrita y adulador.

Lo cual, todo sea dicho, es aplicable también a una buena parte de esta bendita profesión periodística.

Pablo Iglesias ya no asusta a nadie, toda vez que está cayendo tan deprisa como ascendió. Se le ha visto el plumero enseguida. Los socialistas no terminan de reencontrar su sitio ni de cerrar la herida abierta entre sus dos almas, lo que estanca sus expectativas de crecimiento.

El sanedrín popular continúa inmerso en el inmovilismo, en espera de un milagro improbable. ¿Quién recoge la cosecha de tanta torpeza y fraude?

Ciudadanos, la gran esperanza naranja, que afronta este 2018 como su primer año triunfal. ¡Ojalá no nos defraude!

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