ANÁLISIS

Que lo trinquen

Que lo trinquen

Queremos verle esposado. Con grilletes. Como un delincuente. Como lo que es. Ni el mayor enemigo de España mintió más y con toda la boca. Este petimetre se lo está pasando de p.m. jugando al escondite inglés, y jurando en arameo. No, señor Rajoy, hay que echarle más huevos a esta situación esperpéntica. De usted no sólo se ríen los independentistas sino los adoctrinadores todos del republicanismo catalán. Usted, presidente, se ha convertido en un pasante del Constitucional y, seguramente, es lo que judicialmente se debe hacer. Pero una cosa es lo legal y otra la necesaria o racional. Me acojo al sentido común y ya me puede usted llamar leguleyo, iluso o lo que quiera, porque lo que deseo es que un enano mental no se cachondee de la nación más antigua de Europa con una historia que no se la salta un gitano. Recuerde, señor presidente, el episodio italiano de la Liga Norte que amenazaba con separar un trozo de tierra del Imperio. Sólo se requirió esta sentencia:

– En media hora les mando el ejército.

Dicho y hecho. Mano de santo. Los valientes independentistas se cagaron por las patas abajo. Y los soberanistas de medio pelo y barretina se fueron por las patas abajo en cuanto les llamó la Justicia. V. gr.: Carmen Forcadell, la manipuladora del Parlament (dígase Parlamento) que se escurrió por la vía urinaria en cuanto la mandaron a tomar por el culo, entiéndase, mazmorra, por qué no, y hasta besó la Constitución española en tres dimensiones. Mientras tanto, un mequetrefe festejaba su suerte alimentándose con coles de Bruselas tirando de la cadena perpetua, que es lo que le correspondería en cualquier país democrático sin complejos. Desgraciadamente, el ladino no llegó a conocer, como yo, a África Prat, la actriz exuberante, divina, en una fiesta palaciega junto a la Grand Place a la que perseguía con la mirada, nada más, pobrecito, el salido de Vizcaíno Casas.

Mas me desvío. Hubo de ser, para bochorno de los colegas que no reflejan la realidad hispana, una catedrática danesa, la profesora Marlene Wind quien a los concurrentes de Copenhague los puso del revés.

– ¿Sabían qué era España? ¿Su Constitución, sus leyes?

Ella sí. Y no la cuadrilla de junta letras que, embobados, acuden en tropel a las ruedas de prensa y sólo les falta aplaudir como si fueran el F. C. Barcelona.

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