Juan Pérez de Mungía

Pan y circo

Pan y circo
Circo.

El voto censitario fue en el pasado un instrumento de las leyes electorales para excluir a una parte de la ciudadanía, concediendo el voto sólo a aquellos que reunían ciertas características, ser hombres, o tener un nivel de renta, por ejemplo. La extensión del voto a todos los ciudadanos con el sufragio universal resultó ser una conquista que, sin embargo, oculta como se produce la abstención electoral. En EEUU nunca se ha superado una tasa de participación del 60% del censo. Existen mecanismos para lograr la abstención de la participación política, y para lograr un consenso a favor de un sistema de poder. Mas allá de una abstención técnica, el consenso se expresa siempre como silencio. El silencio expresa aquiescencia, la aceptación pasiva del poder constituido sin oponer resistencia, ni al poder político ni a las leyes bajo alguna forma de organización política. ¿Que cebos pueden usarse?

Desde el primer momento con la segunda enmienda, se reconoce en la Constitución Americana de 1787 el derecho del ciudadano a oponerse incluso violentamente al abuso de poder, y se materializa ese derecho en la libertad del ciudadano para portar armas. No es la única Constitución que reconoce ese derecho. En ocasiones, alguien se arroga ese derecho de oponerse a un poder que cree tiránico como sucedió en el atentado de Oklahoma en respuesta al asedio del rancho Waco. El terrorista quería reivindicar la libertad religiosa que el Estado Federal había conculcado con la destrucción de la secta de Waco, a la que el mismo no pertenecía. Y a ese objetivo sacrificó su vida produciendo muertes innumerables. ¿Que persona razonable no piensa que existen 10000 catalanes dispuestos a empuñar las armas?. La inexistencia de un artículo análogo a la segunda enmienda en la Constitución española puede asegurar, al menos parcialmente, que no se levantará contra la democracia un ejército de Rodrigos Lanzas en pos de la república de Puigdemont. El discurso de la provocación y el mensaje de odio está ahí esperando a convertirse permanente en inducción al delito, incluso con la bendición papal de mosén Junqueras. No hay nada como declararse pacífico para provocar una guerra.

¿De qué otro modo logra el poder político suscitar el consenso y el silencio del ciudadano?. Existe quien piensa que el poder sólo se limita cuando lo confronta otro poder. Esta es una falsa solución, temporal, y siempre fracasa. Al abuso del poder lo limitan las leyes. Y ocurre que las leyes funcionan como límites, no imponen una moral individual. De ahí que la estrategia del poder constituido sea proponer las variadas formas de sometimiento del ciudadano, es decir, cebos, alguna fórmula de entretenimiento social, tenga la forma de la marihuana recreativa, la forma de la perversión sexual, o la forma de una horda de descerebrados futboleros, y, en general cualquier forma de odio a la cultura, a la reflexión y a la crítica social. La denominada cultura del ocio es la extensión natural de la fórmula del imperio romano, pan y circo. La fórmula «pan y toros» o «pan y futbol» del franquismo no solo pervive sino que de hecho ha corrompido cualquier forma de comunicación y ha logrado extenderse a una producción cinematográfica infumable cuando no ridícula, y en general a una cultura del espectáculo rebautizado como arte. Estas prácticas miserables se expresan en esa cultura de masas donde el ruido vence a la música, la danza tribal al baile de proximidad, y los éxitos editoriales a la literatura reposada y reflexiva. No extraña que nuestros políticos sean tan ignorantes como soberbios haciendo creer al ciudadano que basta una expresión declarativa para producir cambio social. Así ocurre que nuestros prohombres y promujeres patrios se regodean en un tipo de sandeces que presentan como expresiones de libertad. La declamación de sus instintos es todo lo que queda del discurso racional.

La crónica de Ricardo Cantalapiedra elevando a reivindicación intelectual el porno espectáculo de Susana Estrada no suscitó el éxito del decadente espectáculo de Monte Olimpo de Fabre. Ningún discurso intelectual puede ocultar a qué clase de emociones se dirigen. No existe lenguaje simbólico, sólo la expresión de una provocación a la autolesión. A ninguno de estos casos, le subyace una pasión intelectual capaz de reconocer la razón del sueño del perverso de hacer lo que no está siquiera al alcance de su propia naturaleza. Acudir al teatro para emocionarse hasta la extenuación, convivir con la masturbación de los actores, practicar sus delirios profesionales, soñar con prácticas autodestructivas y el descontrol no son ni una invitación a la vida ni una manifestación de experiencia vital. A lo sumo son una expresión inconsciente de hastío y soledad estéril. Pero para la política Cifuentes, y para tantos otros defensores aparentes del liberalismo, no son mas que una tarde prolongada de circo, un modo de obtener el silencio y la aquiescencia. Las prestaciones públicas han venido a consistir en eso, en proveer a cada ciudadano los medios para perder su vida, porque solo quien se arriesga a perderla no reclama del poder político las mejoras de sus condiciones de vida para desarrollar su libertad. La libertad se suplanta por el espectáculo de quien la ejerce para cobrar. La política cultural de Cifuentes es obtener aplauso de unos y silencio de otros, una palpable muestra de su inanidad intelectual.

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