HABLAR ESPAÑOL

Isabel San Sebastián: «Proteger el libre uso del español en toda España, incluida Cataluña, es un deber sagrado del gobernante»

Isabel San Sebastián: "Proteger el libre uso del español en toda España, incluida Cataluña, es un deber sagrado del gobernante"
Letras, palabras, lengua e idioma. RT

LA lengua es una herramienta de comunicación entre las personas que la manipulación política en España ha convertido en arma de intoxicación masiva. De ahí que el lenguaje diste de ser inocente y cada palabra contenga cargas de profundidad letales.

No es lo mismo hablar de «castellano» que hablar de «español». Tampoco es equivalente decir que una determinada lengua es española, por ser utilizada en una región de España, a constatar que la lengua española es solo una: la que tenemos en común el conjunto de los españoles y los pueblos a quienes transmitimos ese formidable legado.

No es casual que la Constitución, una construcción política, afirme que «el castellano es la lengua española oficial del Estado», mientras que la Real Academia Española, institución de carácter cultural, patrocina un diccionario «de la lengua española». Todo tiene un porqué y una sinrazón fuentes de incontables problemas.

Si nos atuviéramos a lo que dictan la lógica, la utilidad, lo que sucede en la inmensa mayoría de los países y las reglas vigentes en la era de la globalización, la lengua oficial de nuestro Estado sería la que compartimos todos entre nosotros y con quinientos millones más de seres humanos; es decir, el español. Su uso cotidiano y para cualquier actividad sería un derecho garantizado a todos los ciudadanos, independientemente de su edad o profesión, y conviviría en apacible armonía con las lenguas o dialectos regionales más o menos arraigados en ciertos puntos de nuestra geografía.

Dado que la ideología sectaria, el nacionalismo y el interés venal puro y duro han metido sus zarpas en este goloso coto, una herramienta cultural y económica tan formidable como es nuestro idioma español se ha convertido en objeto de disputa que, en lugar de unir, separa, y en vez de comunicar, enfrenta. Pocas generaciones han cometido errores tan garrafales como éste.

Escribieran lo que escribieran los padres de nuestra Carta Magna, forzados a trenzar acuerdos con la quinta columna separatista dotada de una evidente sobrerrepresentación parlamentaria en aras del sacrosanto consenso, lo que yo hablo es español, no castellano.

Nací en Santiago de Chile, hija de vasco y de navarra, y mi lengua materna es el español, no el castellano. Porque el castellano es la lengua vernácula de Castilla, del mismo modo que el catalán es la de Cataluña, el vascuence la del País Vasco o el gallego la de Galicia.

La de España es el español. Y tenemos el privilegio de que nuestros antepasados la convirtieran en lengua universal que permite viajar por medio mundo sin necesidad de conocer otras y goza, por añadidura, de un acervo literario incomparable. Si viniera un ser de otra galaxia y viera lo que hacemos con ella, concluiría que estamos locos.

La desidia, la cobardía y la irresponsabilidad de muchos gobiernos de España ha consentido que las lenguas regionales se transformaran en instrumentos de «construcción nacional» local; es decir, de destrucción de España, además de apesebrar a paniaguados de todo pelaje que han hecho de ese negocio su fortuna.

Las cosas han llegado tan lejos que nuestro idioma común vive secuestrado en muchos rincones de su propia patria y se persigue a quien lo utiliza. ¡Es hora de decir basta!

Proteger el libre uso del español en toda España, incluida por supuesto Cataluña, es un deber sagrado del gobernante, no solo porque su obligación es amparar los derechos individuales de los ciudadanos, únicos titulares de derechos en democracia (ni las lenguas ni los pueblos tienen tal cosa, más allá de la demagogia nacionalista), sino porque esa batalla resulta determinante en la defensa y salvaguarda de España.

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