Antonio Sánchez-Cervera

Barcelona a merced del activismo callejero

Barcelona a merced del activismo callejero
Antonio Sánchez Cervera.

Definitivamente, Barcelona ha perdido su sitio. Lejos queda aquel tiempo en el que Julio Iglesias, en el 88, en un Camp Nou abarrotado, se refiriese a la clase que tiene Cataluña, enfatizando aquello de «que no te vas nunca de aquí».

Barcelona ha dejado su clase y su elegancia como ciudad europea de élite, independientemente del azul mediterráneo, luminoso, que baña sus playas.

La capital catalana acoge el Congreso de móviles más importante del mundo, mediatizada por la crisis reputacional de Cataluña tras la marcha de más de 3.000 sedes corporativas y el descenso del turismo a raíz del cansino y estéril procés.

Será difícil que Barcelona se recupere económica y socialmente y, seguramente, perderá en años venideros todo el potencial comercial que hasta hace un año mantenía.

Que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, no participe en el recibimiento oficial de las autoridades que se dispense al Rey Felipe VI con motivo de los actos de inauguración del Mobile World Congress (MWC), es algo que no debe extrañar a nadie, pues la regidora confunde el respeto institucional con la pleitesía. Si Barcelona está mal representada que carguen con su responsabilidad los que posibilitaron el acceso a la susodicha.

De cualquier forma, no se debe emprender un análisis del comportamiento de la representante municipal aludida, no merece la pena malgastar comentario alguno sobre la decisión que adopte tanto ella como el resto de personajes institucionales de Cataluña que le sigan la corriente.

Lo que verdaderamente interesa es saber que en España otras grandes ciudades pueden ser en un futuro la sede del MWC de la misma forma que lo han sido con las empresas que se han ido de Barcelona por el hartazgo de un independentismo que a la postre ni se materializará pero que ha dejado tan profundas huellas negativas por el devenir callejero de una ciudad antaño cosmopolita. Cuando la mediocridad política se impone por el latido visceral de la sinrazón de las calles que aun no siendo mayoritario prevale ante la cordura del buen ciudadano, poco valor ha de darse a un desaire torpe hacia el Jefe de Estado que simboliza la unidad y permanencia de España, que realmente es lo que importa e interesa.

Barcelona debe meditar seriamente su futuro como gran ciudad en plenitud. De lo contrario, el activismo callejero devorará sus esencias genuinamente catalanas de vocación europea.

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