Juan Pérez de Mungía

Espejismo redentor

Espejismo redentor
Mujer.

El espejismo de la tribu podemita o de la decadencia sanchista y de buena parte de las y los líderes ocasionales al uso es concluir de una reivindicación multitudinaria una homogeneidad tribal inexistente. No existe mayor perversión de una reivindicación social que aquella que enarbola como bandera un partido, un sindicato o un grupo de interés, porque al hacerlo pretende una representación y una unidad de propósito de la que carece aquella reivindicación. Cuando el objetivo de una reivindicación se logra, su expresión social decae y se hace festiva y otros objetivos ocupan la agenda pública.

Las multitudinarias manifestaciones del día de la mujer expresan inconformidad con un estado de cosas, una inconformidad real y legítima que se habrá resuelto el mismo día en que deje de ser necesaria una respuesta social y una fecha oficial, tanto más objeto de celebración en aquellos lugares donde cobraría mas sentido. Coincidir en una manifestación no implica que sus asistentes tengan los mismos motivos o compartan el mismo discurso. Se suele olvidar y se suele prestar oído a una unidad imaginaria. Existen al menos tantos modos de ser mujer, como modos existen de ser hombres y mas aún si se supone que los hombres constituyen también una unidad imaginaria.

Se sabe que este tipo de manifestaciones solo ocurren en países libres, donde menos se necesita, mientras no existen en países de tradición totalitaria desde Nicolás Maduro hasta la China de Jinping Xi incluyendo entre otras la satrapía iraní, e incluso en algunas democracias como en la India de Narendra Modi donde el sistema de castas hace de la mujer una especial que a duras penas va conquistando sus derechos y como en el Japón de Shinzō Abe, donde las estereotipias de género se perpetúan en detrimento de la mujer. La agenda sindical y la agenda política enarbola estas banderas en la esperanza de abrir un nuevo frente al Gobierno de Rajoy.

A esa multiplicidad de voluntades solo pertenecen de forma impropia quienes no son, los hombres que no vinieran en representación, las lesbofeministas, las hembristas radicales, los transexuales que pretenden suplantar a la mujer con sus máscaras, las que renuncian a ser dueñas de su destino y se preservan con velos y burkas para aquellos hombres que las someten -¿el feminismo de la mujer musulmana?-, las que se excluyen del intercambio humano y viven en el interior de doctrinas parasitarias reivindicando aquello a lo que en un mundo justo nunca tendrían derecho. Aunque imposible de discernir con rigor, solo las mujeres libres en su variada condición de hijas, madres, y esposas tienen ese derecho natural a reivindicar su trabajo y aportar su experiencia enervadas por su propia libertad. ¿Qué sentido tiene reivindicar en este contexto pensiones alimenticias o de viudedad dignas si decidieron vivir a costa de sus maridos, un derecho que solo debía reconocerse a quienes no tuvieron opción para hacer otra cosa?. Estas manifestaciones reivindican el derecho de la mujer, análogo al que tuvieran los hombres en el pasado, de proveerse por sí mismas a sus necesidades, a decidir por sí mismas su proyecto vital, y a reivindicar su derecho al desarrollo libre de la personalidad y a ver reconocidos estos derechos por el Estado.

Apelar al pasado para justificar el presente es una estafa ideológica de proporciones bíblicas. Más aún cuando se esconde la cultura y se falsifica la historia. La desigualdad salarial no es resultado de una suerte de discriminación de la mujer. Salvo para el Estado que está obligado a velar por el interés público, donde esa discriminación salarial no existe, y es a menudo inversa entre hombre y mujer, las condiciones laborales y el reconocimiento del trabajo forma parte de una sociedad libre de mercado. La pertenencia a una clase se sobrepone a cualquier reclamo de género, y los reinos y las naciones no han devenido en balsas de aceite porque algunas mujeres estén al mando. Resulta ridículo y patético que se reclamen evidentes habilidades negociatorias a las mujeres para que cambiando algo, nada cambie. No es Inglaterra mas justa por contar con Isabel II, o Teresa May, y nada cambia porque se establezcan cuotas de género en una infinita segmentación del cuerpo social en toda suerte de intereses diversos. ¿Gana algo la sociedad si el criterio único de selección fuera únicamente la capacidad y el mérito según los perfiles de los puestos de trabajo?. En una sociedad que hubiera aceptado la igualdad, no habría oportunidad para establecer cuotas que finalmente afectan a la prosperidad humana. La solución no es una sociedad andrógina, una cultura hermafrodita de individuos gregarios, asexuados y estériles. Sino una sociedad de personas libres e iguales donde nadie pueda decidir y dictar por sí mismo que es ser hombre o que es ser mujer.

El feminismo de las banderas no es sino un producto del mercado que empaqueta mujeres en celofán, induce el consumo compulsivo de marcas de género, una suerte de negación de la mujer como tal, una dictadura de la vagina aparente que reniega de su sexo, que ignora la maternidad e ignora la paternidad, y que llama patriarcado a lo que no es sino un producto febril y servil de su imaginaria envidia de pene. Ni las mujeres son siempre víctimas, ni siempre dicen la verdad. Y existen mujeres asesinas, por fortuna menos que hombres asesinos. Quienes obtuvieron ventaja del mercado del sexo para promocionarse, reifican aquella transacción como una violación, desde Mónica Lewinski hasta las divas del Weinstein, el mercader mas repugnante. Que les pregunten a las «WAGS» de los futbolistas, los únicos que mayoritariamente piensan con las pelotas. Los demonios familiares de Hollywood pueblan la tierra.

El hombre, blanco, anglosajón, paradigma de la sociedad machista occidental solo es admitido en el gremio de la humanidad si es homosexual o transgénero y el resultado es reconocer como mujer a un sucedáneo o a su suplantación premiando «Una mujer fantástica», un filme que defiende que las mujeres feministas no son deseables y que solo los hombres asexuados son los más deseados por hombres. Ahora se induce a las mujeres a desear animales como en esa suerte pertinaz de criatura en «La Forma del Agua». La seducción animal y la mujer como máscara social. En esta cultura perversa y bastarda aquellos que pretenden substituir la naturaleza defendiendo los vientres de alquiler tienen declarado que las mujeres no existen y que los transexuales las han substituido en el imaginario público. ¿Quien puede decir como Manuel Puig declarara, que las mujeres son hombres castrados?

Fue y era fácil convocar a las mujeres para una reivindicación para la que existen tantas razones que cualquiera puede ser válida. Las líderes promotoras no podrán reivindicar para sí ningún triunfo al no estar en condiciones de usufructuar el logro y reivindicar quienes no pertenecen al género. Pasan de puntillas por las razones de la desigualdad social de las mujeres que nacen del ejercicio y expresión de sus deseos. Mientras no desean ser madres, y no reivindican su derecho a serlos desde el ejercicio de su libre voluntad, nada les separa de tener éxito social. Su éxito social no puede ser la de definirse como un objeto asexuado, objeto de deseo, auto-aplicándose la histerectomía en lugar de defender simultáneamente el derecho a su desarrollo personal, lo que bien puede incluir la experiencia de la maternidad. El verdadero linchamiento de la mujer es suponerla pura máscara, cuando la evidencia mas fehaciente de su postergación social es que el promedio español sea de 1,3 hijos por mujer. ¿Cuales son los incentivos para ser madre en una sociedad que no reconoce la libertad de la mujer para serlo y niega sus derechos sociales y laborales?

GRAN SELECCIÓN DE OFERTAS MULTI-TIENDA

CONSOLAS

ACTUALIZACIÓN CONTINUA

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído