Juan Pérez de Mungía

En un país común

En un país común
Apocalipsis zombie.

Los españoles hemos dejado de ser quienes somos. Si se abrieran las tumbas de los poetas, veríamos como esa tenue identidad forjada verso a verso ha quedado reducida a un conjunto de lugares comunes que aún distintos han forjado lo que se ha dado en llamar España. Nos duele España. Tanto que a veces resulta difícil seguir viviendo como si no pasara nada, como si solo ese silencio inerte del viento poblara esas lomas duras y frías de Cuenca, de Soria, de Teruel, de Albacete, o León. España se deshabita y la conciencia viene a ser conciencia de la diáspora, con ese silencio cómplice de quien reniega de sus orígenes. La España común se abre en canal para crear fronteras y abrir espacios vacíos, como llagas en el territorio, así en la conciencia de pueblo como en la geografía. Nadie parece ocuparse de cómo se ha forjado un pueblo. O aparenta ocuparse.

Se siente tan artificial esa conciencia común que hasta un partido político se hace llamar «los comunes», y niega la comunidad genética del español, biológica y cultural, para ofrecerse como alternativa una conjunción de tribus enajenadas y ajenas a sí mismas. Se ha substituido el raciocinio, la historia común, a un conjunto de frases hechas que campan a sus anchas, como meras ideas fuerza, eslóganes vacíos. La memoria se desdibuja, se hace falsa, un pasado negro ensombrece un presente negro, el presente negro se extiende a un futuro negro. Nada se ha logrado, ningún pasado existe por el que se pueda sentir orgullo. Los ejemplos sobran. Para hablar de salarios se habla de la brecha salarial y la equiparación salarial sin ningún análisis, sin ningún examen de la evidencia; para hablar de las reivindicaciones de la mujer, se habla del techo de cristal, de la violencia estructural como si no hubiéramos caminado juntos durante tanto tiempo para reconocernos como ciudadanos libres; para hablar de las menores diferencias culturales de las regiones de España, se habla del derecho a decidir y de la inmersión lingüística; si se quiere hablar de la igualdad entre hombres y mujeres, se recrea la discriminación de género, se esmacula al hombre y se esteriliza a la mujer como si pudiera suplantarse por la ideología de género y su cuerpo troceado en vientres de alquiler y úteros prestados. Existe un sesudo diccionario periodístico que incentiva la imbecilidad, que niega la naturaleza, y que confunde a las personas para negar sus derechos de mujeres y hombres libres substituidos unas y otros por comportamientos sociales estereotipados.

Cualquier pensamiento puede quedar estigmatizado como una forma de disidencia. Las tribus viscosas se hacen unánimes, negando las diferencias individuales. Se prefieren las consignas simples a la reflexión, y una inexplicable irracionalidad se niega a reconocer la evidencia, y la ideología substituye el dato, el método y el análisis. A resultas de este estado de cosas, los ciudadanos se han convertido en habitantes irresponsables, y nadie asume la culpa que entraña un comportamiento que conduce al fracaso social. Toda una generación perdida, ¿cuántas mas?.

La historia reciente refleja el fracaso formativo, social, económico y laboral. Los jóvenes se quejan de la incapacidad de los profesores y estos a su vez de los recortes en educación que afectan a sus salarios, como aquellos de las dificultades de acceso al empleo; los enfermos de la ineficiencia de los médicos, y estos a su vez de la escasa inversión en sanidad como aquellos de que nada es gratis; los pensionistas de las exiguas subidas de sus pensiones y los políticos de la quiebra del sistema de la seguridad social, los hipotecados de la práctica bancaria abusiva y, en el trabajo la queja recae sobre unos jefes acosadores como en el cine y la televisión sobre los abusos sexuales. Mientras se renuncia a apelar al derecho. Nada de lo que nos rodea queda sin protesta o sin queja. Y nadie se hace responsable.

Podríamos desmontar una por una estas mitologías que no son sino un indicio del fracaso de la cultura occidental y nuestro modelo de vida. Se puede echar la culpa a los otros pero, ¿quienes son los otros?. Y ocurre que los otros somos nosotros mismos. El fracaso de las personas es difícilmente asumible por sus protagonistas. Y quien no se imputa a sí mismo, queda a merced de la fortuna. Todo el mundo se propone a sí mismo como solución, y la distribución de competencias resulta ser así ilusoria e injusta. Los medios de comunicación son auténticos expertos en echar balones fuera, viven del improperio y la crítica mientras halagan el ego del contertulio de turno. Estar contentos con nuestra errática conducta nos conduce al abismo. Es decir al mambo, de los secesionistas, del socialismo sanchista, del peor de los mundos posibles de los podemitas, como el anuncio que muestra como se precipita una furgoneta al vacío mostrando metafóricamente un proceso de destrucción social.

¿Son los medios responsables?, sí pero también las personas irreflexivas que no se exigen nada a sí mismas. Veamos algunos indicios. Fracasa la escuela pero los niños acuden para divertirse y no se esfuerzan y los padres suplen a sus hijos y no les exigen esfuerzo alguno y premian de forma sistemática la mala conducta, una generación de chavales consentidos, inmaduros, que prolongan la adolescencia ad infinitum, que se incorporan tardíamente a un mercado laboral, con una formación escasa, que no están dispuestos a competir, porque ideológicamente la izquierda rechaza que las personas compitan tal y como mandan los cánones capitalistas. Unos trabajos tediosos donde unos empleadores exigentes explotan a los obreros y empleados poco cualificados, que ven como muerden el polvo del paro, la temporalidad y la baja autoestima les lanza a vivir en condiciones de extrema pobreza. Son tantos que puede hablarse de una nueva generación que vivirán peor que sus padres. Si existen diferencias salariales en las mujeres respecto de los hombres, ¿no será porque los hombres carecen de útero?, si los actores y actrices sufren abusos sexuales, ¿no será porque consienten para obtener un papel?, ¿qué sentido tiene denunciar algunos sucesos años después de que gracias a ese tráfico se alcanzara el éxito?. ¿Que les hizo singulares ante tantos con mayor mérito?. La práctica totalidad del empleo se obtiene por puro tráfico de influencias, el mérito y la capacidad se hayan definitivamente postergados en una sociedad que debiera haber aprendido a ser abierta.

Es un mundo cínico, compelido eternamente a un código buenista, se declaran actitudes que no se practican. No puede decirse nada que pueda ser etiquetado de homofobia, de bifobia, de transfobia, de islamofobia. Es, sin embargo, posible odiar en las redes sociales, linchar a las personas sin evidencia ni juicio, hacer escraches, intimidar, amenazar, y expresarse para ensalzar la violencia. En cierto sentido vivimos en un sistema antisistema, en un lugar lleno de tópicos, mitos y formas de pensamiento estereotipados. Nuestra libertad ha sido burlada dando cabida al escenario que expresa la paradoja de Popper, cuanto más tolerantes hemos sido con los intolerantes, mas intolerantes amenazan nuestra libertad y nuestra vida; las sectas, la ideología de género y las normas de corrección política han venido a atar nuestra mente allí donde no podían hacerlo con nuestra manos. El pensamiento de los comunes ha substituido la experiencia y la reflexión sobre lo que es común en todas nuestras diferencias. El militante ha substituido al ciudadano. La única cohesión social que nos queda es ese lugar común en el que el sinsentido se ha apropiado de lo común.

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