Juan Pérez de Mungía

La ucronía catalana

La ucronía catalana
Mapa con el Reino de Aragón, en el que se incluía Cataluña. CT

Lo mínimo que cabe decir de las decisiones del instructor del golpe de estado promovido por el secesionismo catalán es que aplicando la ley ha evitado una guerra civil a plazo. Las guerras civiles resultan de una amenaza endógena cuidadosamente alimentada por quienes se arrogan una representación de la que carecen. Actores hay como el PNV, en feliz coincidencia con Bildu, que prefieren la guerra porque pueden disparar contra el Estado al tener blindada su financiación, el único recurso con que el Estado cuenta para imponer responsabilidad. La deriva catalana ha tocado a su fin momentáneamente mientras aspira a seguir pacientemente su crónica amarilla de un modo semejante a como lo hacen en sus crisálidas los gusanos de seda.

Es cuestión de tiempo que los miles de capullos amarillos con sus larvas, larvadas, eclosionen de nuevo y nuevos gusanos incomestibles y venenosos coman todas las hojas de la morera de la Generalitat necesarias para su subsistencia y defequen lo que quede de la digestión para luego hilar el capullo de donde saldrán nuevas mariposas de alas inútiles dispuestas a recrearse indefinidamente. Tan suaves vendedores de patria por fuera como voraces depredadores de la hacienda pública y el mercado libre.

Esa es la metáfora que mejor explica los episodios nacionales de la hipotética república catalana que cada vez que ha emergido ha vuelto a sucumbir por un tiempo regular hasta su nueva eclosión. La historia real ha superado la ficción y el desconocimiento de la ley ha sumido al secesionismo en el error, un error que únicamente puede repetirse por la contumacia pertinaz del delincuente. Es el mismo propósito que ha alimentado la sagrada familia pujolista que escondió su voracidad depredadora de los bienes públicos tras la bandera nacionalista. Desde la estafa y quiebra de Banca Catalana tuvo el propósito de huir hacia delante, tocando a rebato a un pueblo creyente que reeditaba el delirio carlista, que vindicaba la autarquía labriega y el usufructo de la patria propia frente al ciudadano común que provee a su libertad fuera del circuito clientelista.

El tiempo ha mostrado la pulsión nacionalista, ese comportamiento efímero que a intervalos más o menos regulares, se presenta de forma perseverante en los defensores del supremacismo. Nunca el supremacismo puede comprender que no dispone de una razón ética o moral y tampoco de una acción racional. Vestidos con pieles de cordero vienen los chacales empujando al abismo a un pueblo que ve crecer su ruina y la violencia mutua mientras concede al yijadismo nacionalista su razón de ser. La historia catalana de la infamia ha escrito un nuevo capítulo, vistiendo la violencia de paz, su expolio en acusaciones de robo ajeno, la malversación de bienes públicos en inversiones de Estado, a los verdugos como víctimas, sus actos de violencia en ejercicio democrático de la ciudadanía. Las mismas mentiras de siempre repetidas miles de veces. El pensamiento ha claudicado frente a la propaganda. Una ignorancia que se repite en cuantos justifican al asesino o a la asesina de turno en el altar del anticapitalismo.

Llarena ha puesto negro sobre blanco la conspiración contra la democracia con ese rigor que se le escapa al ciudadano que tiende a ver casualidades en lo que es fruto de un proceso consumado de sublevación y sedición armado hasta la minucia para seguir disfrutando en primicia de los frutos del trabajador catalán. Un ejército cuidadosamente armado desde las tribunas del sedentarismo subvencionado ha desplazado el pensamiento y lo ha sustituido por los eslóganes ubicuos de un conjunto de patronos y matronas subvencionados por los poderes públicos.

El nacionalismo se encuentra descabezado, algunos títeres han escapado, como Houdini, antes de que el público pueda ver la magnitud de la farsa en un juicio público, planeando su huida con rápida anticipación e inasumiendo responsabilidades en el desafío al estado. La diáspora de los golpistas tiene un límite y sus días de ficticia libertad tocarán a su fin. Otros se pudrirán en prisión. No vamos a llorar por las lágrimas del cocodrilo. El problema no reside en estos segundos espadas porque sigue libre la Sagrada Familia, Artur Más y Más Colell y otros muchos que continúan al acecho preparando a las futuras generaciones para intentar lo mismo de hoy, lo mismo que en el pasado.

Como en el filme La Rosa Púrpura del Cairo, existe en la sociedad catalana un sentimiento patrio que se basa en la creencia de confundir el celuloide con la realidad, incluso, algunos personajes, han salido de la pantalla para cautivar a los espectadores pero como ocurre en la ficción, el amor entre lo real y lo irreal carece de fundamento, una vez se sale del cine secesionista, lo imaginario deja de desfilar ante el proyector.

El juez Llarena ha desentrañado la trama del nacionalismo. Los artífices van a esperar tiempos mejores, no estaban preparados para ir tan rápido en sus pretensiones, admitían su error incluso antes de producirse; solo la soberbia les permitió actuar de esta manera porque creían controlar todos los resortes del poder mientras azuzaban a otros a sacrificarse como hooligans. Pero el poder tiene muchos muelles, engranajes y rubíes para que la maquinaria del tiempo deshaga el adelanto manual de las manecillas.

El mundo cambia imperceptiblemente en el día a día pero los hechos inverosímiles tarde o temprano se muestran con una apabullante osadía a los ojos de los contemporáneos. Esa suerte de malversación histórica que supone la interpretación del pasado plasmada en una ucronía continua deberá finalizar pronto, pero no significa que las larvas en el tiempo no vuelvan a eclosionar para terminar con el árbol de la morera. La seda amarilla, tan delicada y suave no deja de fabricarse en El Cairo de la inmersión lingüística, en el amarillismo de los medios. No bastará la ley para disuadir a nadie de la ejecución de un delito si no se aplica con todo su rigor incluso frente a los simuladores profesionales que besan a las esposas pujolistas después de haberles entregado el producto del expolio. ¿Pueden los criminales apelar a la piedad que no mostraron cuando asesinaron a sus víctimas?. ¿Pueden los inductores del delito reclamar piedad y negar la autoría mediata de su violencia, de su reiterada transgresión de la ley, de su disposición a llevar a la miseria a tantos inocentes? Siempre habrá quien se quedará bailando mientras otros agonizan por causa de aquellos que suministraron el veneno. Ninguno de estos sátrapas pagará por el inmenso dolor, el inmenso daño causado. Piedad ninguna. Es la misma ETA vestida de seda.

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