Manuel del Rosal

Pederastas: lobos con piel de cordero

Pederastas: lobos con piel de cordero
Manuel del Rosal García. PD

«Lo que la justicia no ve, ni sopesa, ni huele al aplicar la ley: que las víctimas de un pederasta son niños inocentes que sufrirán para siempre los abusos perpetrados en ellos»

Y esto es así porque la justicia- al menos en la aplicación de las penas a los pederastas – es ciega, tiene la balanza desequilibrada y un catarro crónico le impide oler el nauseabundo olor que emana de los pederastas.

El último cerdo pederasta en llegar a la larguísima nómina de alimañas que alimentan sus más bajos instintos con la pureza y la inocencia de niños inocentes, ha sido un exdiplomático fundador de ONG infantiles llamado Peter John Dalglish. Es como mínimo curioso que muchos pederastas pertenecen a clases sociales de alta cuna y baja cama que han puesto su formación e inteligencia al servicio del mal y no del bien Se sabe que el mal no procede de la pasión, sino de la inteligencia y que una inteligencia sin amor hace de quien la posee un ser perverso. Peter John Dalglish es perverso y, como los sepulcros blanqueados, se muestra impoluto por fuera hasta que en un descuido se le levanta la dermis y muestra toda la podredumbre que esconde en su pecho. Es cuando los gusanos y larvas infectas de su condición se muestran. Peter, al igual que todos los que son de su calaña cualquiera que sea su condición social, aparece ante los ojos de los demás como un ciudadano ejemplar que se entrega a labores humanitarias durante el día y – como una Belle de jour – a corromper y profanar los cuerpos y las almas de niños inocentes. Llevan como bandera la hipocresía siendo como son ratas de superficie que hacen mucho más daño que las ratas de alcantarilla; son alimañas depredadoras, reptiles viscosos que inyectan su ponzoñosa saliva en los cuerpecitos de niños y niñas desamparados, los mismos a los que dicen ayudar a través de sus ONGs. Que no se puede ser más miserable, vil y canalla. Ante la sociedad y, sobre todo, ante los allegados de su círculo social, se presentan como hombres dignos, tiernos padres y amantes esposos, escondiendo en sus depravados pechos, en sus corazones pútridos y fétidos el pus maloliente, espeso y verdoso de su perversión. Llevan en el sudor asqueroso de sus manos, el contagio del crimen, ensucian con ellas la piel de los inocentes, roban con ellas la inocencia. Ellos en todo su ser son sucios y hediondos vehículos del mal; su aliento húmedo, mucilaginoso y cancerígeno ensucia la virginidad de sus presas. Peter y todos los que son como él son una de las especies más espantosas que ha generado el ser humano porque todos los días profanan cuerpos y hacen morir almas. Son más contagiosos que la misma peste, son como pústulas, como cloacas, como letrinas que corrompen todo lo que tocan. Peter y todos los que son como él, se esconden en los rincones negros y fétidos; en los muladares ocultos de sus negras almas – si es que tienen alma – Peter y los que son como él saben que una justicia laxa, que olvida a los inocentes niños, en caso de ser descubiertos, a los pocos años les dejará libres por un crimen que afectará de por vida a las víctimas. Peter y los que son como él, sin distinción de clase social, son reos de un pecado que -si el Infierno existe – debería ser castigado, no en un solo círculo en los que Dante lo divide, sino que debería ser castigado haciéndoles recorrer todos y cada uno de ellos y cuando todos fueran recorridos, empezar de nuevo durante toda la eternidad; de ese modo se podría compensar la laxitud de una justicia que trata benévolamente a quien ha profanado el cuerpo y el alma de un inocente, marcándole para toda la vida

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