Santiago López Castillo

Titulitis aguda

Titulitis aguda
Santiago López Castillo. PD

Después de los 60, se desató una fiebre por la titulitis que no había paredes para colgar reconocimientos académicos. Qué malo era Franco, quien optó por una enseñanza sólida y compacta como sostén de posteriores incursiones superiores. En dos palabras, el bachillerato nos empujaría a más altos designios, bien por las vías de ciencias o letras. Yo elegí ésta última a sabiendas de que mi padre -muy liberal y muy militar- me insinuó, sólo me insinuó, que las academias de los ejércitos estaban en su lugar descanso; mismamente, El Ferrol (antes era del Caudillo), Marina; el Aire, San Javier; Infantería, Zaragoza; etc.

Hoy echo en falta la maestría industrial, básica en el desarrollo español, pero los alumnos se manchaban las manos y gastaban mono azul, aunque salían colocados en cuanto cogían una llave inglesa. El ministro Wert (2011) quiso plasmar la ciencia y conciencia infusa, que no difusa, del régimen franquista (hoy le llaman dictadura, ríanse de Lenín, incluso «la franquicia» es facha, también Frankistein, francamente y golpe franco…). Wert, trataba de decir, fue rechazado por el social-comunismo porque, entre otras cosas, decían que era un calco de los educadores del fascio, y eso que el ministro fue un diputado centrista de izquierdas con UCD.

No me voy a alargar, pero pido disculpas por la autocita que haré aunque sea breve. Al rojelío le gusta más la titulitis que aun tonto un lápiz. La de farsantes que han salido a tenor de la cacería a Cristina Cifuentes. Pues nada, están como una rosa. Nadie les inquiere ni les critica. Incluido Franco, ese hombre, el socialista impoluto que ahora cambia su licenciatura de Matemáticas por simplemente María; o sea, sólo profesor, pero para ser profesor tendría que tener un título, digo yo. Como Pepiño Blanco, la recua de feministas (Maleni, Pajín, Bibiana, etc.). El único decente, en mi opinión, fue el ministro Corcuera, que declaró ser electricista y si era preciso te arreglaba los plomos.

Servidor, y no trato de jurar por nadie, Dios me libre, tiene los títulos de Periodismo y Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Pero me quedo con el primero, el de Periodismo, que era vocacional. A la Escuela Oficial de Periodismo nos presentábamos tres mil aspirantes e ingresábamos 30. En cuanto al segundo título, pues bueno, un examen oral y una tesina envuelta en pastas gordas y una comida con el tribunal que pagaba el graduado.

En efecto. Existía la titulitis. Me saqué la licenciatura para echar vaho y frotar la chapa de la vanidad. Hasta los más «represalidados», los de la hoz y el martini, se pirriaban por la condecoración y se daban codazos por fotografiarse junto al Rey Juan Carlos. Mi casa, y vuelvo a pedir disculpas sobre una aparente vanidad, ni de lejos, está llena de recuerdos, de fotos históricas, de una carrera labrada golpe a golpe, verso a verso, letra a letra.

Y para concluir, en mi condición docente (profesor del CEU, 5º de Periodismo), no olvidaré aquella colección de alumnos a los que pregunté:

«- ¿Quién fue Azaña?
– El abuelo de Aznar».

Y para remate:
«- ¿Azaña era con hache o sin hache?»
(La cagaste, Burt Lan Caster). Eso era para nota.

PD.- Una matrícula escolar, cueste lo que cueste, no acredita el conocimiento. Y las del CEU cuestan una pasta gansa. La titulitis denota zafiedad y brillo paleto.

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