Análisis

La Copa independiente

La Copa independiente
Santiago López Castillo. PD

Uno pensaba que el Barça jugaría la final con el Mollerusa después de haber eliminado al Condal, Sabadell y Tarrasa, equipos todos de campanillas, especialmente para agitar -a golpe de cencerro-, el «procés» independentista. Pues no. Jugó frente al Sevilla F. C., que es español por los cuatro costados y además está en ferias. Y eso que el trofeo era y es un trofeo franquista que el general entregaba bondadosamente al Real Madrid por ser del régimen. Y tú puta, en expresión popular chulesca. No, estrellados y estelados guripas secesionistas, la Farsa (no me salía la palabra) es quien – desde 1903- más copas de España tiene: 30. Seguido, el club azulgrana, me refiero, del At. de Bilbao con 23 y el Madrid, con 19, nueve más que su vecino el Atlético de Madrid. Valencia y Zaragoza les siguen con 7 y 6 copas respectivamente hasta concluir con 1 la Real Sociedad de San Sebastián.

Mas me desvío. El vil metal que adorna los trofeos es lo de menos. Lo importante es su acogida. El sentimiento o desprecio. Don Santiago Bernabéu, a sabiendas de mi madridismo en mi etapa juvenal del periodismo deportivo, me decía:

– Eres del régimen, del régimen del Real Madrid.

Y eso que yo tenía a gala mi imparcialidad, pese a ser un pipiolo periodista:

En los años 50, daba gloria ver por Madrid un mar de chapelas y la bullicie catalana que, generalmente, competían en buena lid la Copa. Mi primer partido en Chamartín fue, precisamente, contra el Barcelona, nada de Barça. Tendría yo cuatro años, y me llevó mi padrino y tío Santiago que tenía en Regulares. Creo que le di el encuentro. Al ir perdiendo mi equipo, yo le metía el pie golpeando su pierna de al lado como si fuera un balón. Hasta que ganó el Madrid, de portero estaba Ramallets, y en el equipo blanco, los Molowny, Pahíño y Arsuaga. Al final, el olor a césped era una forma de esnifar la victoria y por siempre.

Hoy, desgraciadamente, unos desarrapados, indocumentados, chusma, en suma, celebran el acontecimiento (los «ilustrados» llaman eventos) vomitando su odio y abucheando el himno de la nación más antigua de Europa. Y luego, entre otros, sale Rufián («hombre sin honor y perverso», RAE) y agita a las masas cuando se podía agitar otras cosas, en despreciable acción, cascársela, seres que cobran del erario público y se cagan en nuestros muertos, en nombre de la «libertad de expresión», para que les rían las gracias esos países de la des-unión europea.

Qué dirán las naciones serias, si es que alguna queda, cuando sus ciudadanos abuchean a su himno, maldicen a su patria, queman la bandera, y prohíben su idioma.

La reciente final fue un paseo militar del Barça. Y gracias a las 25.000 almas sevillanas se amortiguó la protesta estelada contra el himno, que es de todos, le joda a quien le joda. Ojalá que vuelva la cordura a los descerebrados hooligans y presenciemos con naturalidad un partido de fútbol.

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