Análisis

Perdono, pero no olvido

Perdono, pero no olvido
Algunas de las víctimas de ETA Agencias

«Perdono, pero no olvido». Me parece una frase con cierta dosis de hipocresía. Olvidar es condición imprescindible para perdonar. Viene esto a cuento de los numerosos actos realizados en los últimos tiempos en memoria de los fusilados en Navarra en la guerra civil. En febrero de 1976, cuando el futuro era esperanzador pero sumamente incierto, dije: «Para que la democracia en España sea factible es preciso restañar definitivamente las heridas de la guerra civil… A la vista de los horrores de aquella lucha entre hermanos el corazón se estremece y sólo quisiera que esa triste página de nuestra historia nunca hubiera tenido lugar. La amnistía debe ser el último acto de la gran tragedia, pero no puede convertirse en el comienzo de una nueva etapa revanchista». Y añadí: «No son las generaciones traumatizadas por la guerra civil las que han de traer la democracia a España. Tampoco las que metralleta en mano pretenden ser intérpretes de la voluntad del pueblo… La democracia ha de venir a España de la inmensa mayoría del pueblo español que no tiene que reconciliarse con nada ni con nadie».

Y así fue. En junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones democráticas auténticamente libres de la historia de España. Su primer acto fue la amnistía. Los diputados y senadores elegidos asistimos a sendas sesiones históricas cargadas de emoción, donde se hizo realidad la súplica desesperada y tardía de Manuel Azaña, presidente de la II República, en las postrimerías de la guerra civil: «Paz, piedad, perdón». Se dijeron cosas como éstas: «Nosotros considerá- bamos que la pieza capital de esta política de reconciliación nacional tenía que ser la amnistía. ¿Cómo podríamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando los ‘unos a los otros, si no borrábamos ese pasado de una vez para siempre?»… Nosotros, precisamente, los comunistas, que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores». (Diputado Marcelino Camacho Abad, portavoz del Grupo Comunista, fundador de Comisiones Obreras). La amnistía es fruto de «la voluntad de enterrar un pasado triste para la historia de España y de construir otro diferente sobre presupuestos distintos, superando la división que ha sufrido el pueblo español en los últimos cuarenta años» (Diputado José María Benegas, portavoz del PSOE). «La amnistía «es simplemente un olvido… una amnistía para todos, un olvido de todos para todos… No vale en este momento aducir hechos de sangre, porque hechos de sangre ha habido por ambas partes, también por el poder y algunos bien tristes, bien alevosos… La amnistía es un camino de reconciliación, pero también de credibilidad y de cambio de proceder». (Diputado Javier Arzallus, portavoz del PNV).

«Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón». Así lo profetizó el poeta Antonio Machado veinte años antes de la guerra civil. Visto lo que ocurrió después quizás hubiera sido más exacto decir «las dos Españas». Cuando en 1931 se proclamó la II República, el hambre y la miseria, el analfabetismo y la explotación de obreros y campesinos eran terreno abonado para la lucha de clases y el fomento de un anticlericalismo radical y sectario. La Constitución republicana no resolvió los problemas sino que contribuyó a agravarlos y enquistarlos. Desórdenes públicos, huelgas revolucionarias, terrorismo anarquista, asesinatos y atentados contra militantes de partidos políticos de uno u otro signo hicieron irrespirable el clima de convivencia entre los españoles. La guerra civil – cuyo preludio o inicio fue la sublevación socialista de octubre de 1934, seguida por el gran «pucherazo» del Frente Popular en las elecciones fraudulentas de febrero de 1936- será la culminación de la gran tragedia de España.

Observo con preocupación que, so pretexto de la «recuperación» de memoria histórica, se viene gestando en España un clima auténticamente guerracivilista alimentado por grupos de izquierda revolucionaria y cínicamente aprovechado entre nosotros por el movimiento aberzale, incapaz de condenar. Las víctimas de los crí- menes perpetrados en la zona «nacional» merecen respeto. Pero no menos respetables son los miles y miles de asesinados en la zona «roja». No es de recibo elevar a los altares de la democracia a cuantos perpetraron aquellos crímenes, entre los que destaca el genocidio contra la Iglesia Católica. Recomiendo la lectura del demoledor informe del estellés Manuel de Irujo, ministro nacionalista en el Gobierno republicano, que tuvo el arrojo de denunciar a los pocos meses de la guerra civil el asesinato de miles y miles de curas, frailes y monjas por el mero hecho de serlo. Nadie quiere acordarse hoy de los 150 clérigos navarros asesinados cruelmente por quienes no luchaban por la democracia, sino por implantar la feroz dictadura de la hoz y el martillo. Quizás porque sus familiares han sabido perdonar y olvidar para que no vuelva a repetirse la gran tragedia del 36.

Jaime Ignacio del Burgo es jurista e historiador

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