Ha vuelto a salir del zulo la serpiente de la banda terrorista. Sí, con el hacha sanguinaria entre los dientes. Su presencia ha sido acogida con división de opiniones. Lo que evidencia que parte de la izquierda mantiene su romanticismo belicista que vociferan esos medios pestilentes como son la 4,la 5 y la 6ª, mambo. Mas no por ello -en el asqueo y vómitos que producen los asesinos, aunque hayan nacido en una sacristía- debo de contenerme en la crítica para no incurrir en la propaganda canallesca, que es lo que los terroristas desean.
Cuarenta años sembrando el dolor de casi mil muertos no es como para pasar página, señor Rodríguez Zapatero, botarate, de infausta memoria.
– ¿Qué le dijo usted al recién nombrado ministro del Interior de Rajoy, Fernández Díaz?
Seguramente, nada. Porque Jorge Fernández Díaz es un político meapilas, que no dice un taco ni a derechas.
– ¿Y qué dijo usted a los catalanes para se levantaran en armas contra el Estado español? Usted que abrió los brazos y «os daré lo que queráis».
Con dos cojones y un palito, si se me permite la expresión. Muchos, simplificando, vivimos con miedo los «años del plomo», la barbarie terrorista. Cada uno en su sitio. Yo en las Cortes informando sobre los debates de la Constitución y otros haciendo de escudos humanos para proteger nuestras vidas.
– Bueno, ¿y qué?
Siempre hay un hijo de puta impenitente. Y ahora hay otros que, además, hieden y llevan coleta para más señas. Sentí de cerca la muerte cuando los valientes gudaris asesinaron a mi amigo y compañero José Mª Portell, a la sazón director de la Hoja del Lunes de Bilbao. Le acababa de fichar yo para «ABC»-ByN en mi condición de subdirector que compaginaba con mi jefatura parlamentaria en TVE. Aun rezuman en mis estanterías del recuerdo sus libros «ETA, amnistía arrancada» y «Los hombres de ETA», con fraternales dedicatorias, querido compañero. Portell estaba haciendo de mediador entre la banda criminal y el Gobierno de UCD para la pacificación del País Vasco (dígase vascongadas).
Tuve duras conversaciones con Anasagasti, el diputado peneuvista que gastaba el cruzado mágico en el pelo. Las edificaciones del Congreso y el Senado estaban tomadas por los cuerpos de Seguridad. De pronto, un día me llegó una carta más sospechosa que violenta. El ministerio del Interior me aconsejó sutilmente prevención. Todos los días había de mirar los bajos de mi coche en el garaje de mi casa. En TVE, a diario, me pasaban la lente por debajo del automóvil y, créanme, es una acción angustiosa que te obliga de continuo a sospechar. Así, durante años.
El valiente Otegui puso el ojo y el gatillo al gran político que fue Gaby Cisneros, prologuista de mi libro «40 en juego»(1) -políticos irrepetibles- y bautizado como «l’Enfant terrible del régimen» y que, a consecuencia del atentado, moriría en plena democracia. Asimismo, conocí a Juan Mª Bandrés, principalmente como senador, muy próximo a ETA, con el que mantuve una buena relación, y tuve que ir a declarar a favor de él al Supremo como testigo porque Ricardo de la Cierva le insultó en un debate. Los abertzales -es su constante vital- se amparan en las instituciones del Estado a las que generalmente no respetan.
Tendría para escribir rollos de tinta. Mas evito el sacrificio al amable lector. aunque los jovencitos crean que ETA fue un cuento de hadas. Así se escribe la historia. ¡Maldito el dictador que amnistió a no pocos asesinos!
Vaya desde aquí mi recuerdo y admiración para todas las fuerzas de Seguridad del Estado, con mención especial a la Guardia Civil, que personifico en ese gran militar y caballero que es Pedro Vera Gallego. Todo cuanto se propague en los próximos días sobre la banda criminal es pura filfa. Estos hijos de puta sólo merecen la cadena perpetua. Y me parece poco.
(1) «40 en juego». Ed. CVS. 1975. (sólo en librerías de viejo).
