Análisis

La cultura de la muerte

La cultura de la muerte
Santiago López Castillo. PD

Esta izquierda zángana cuando no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. De eso se trata, de matar. Estaban tardando. Desde que el progre Amenábar sacó la cinta «Mar adentro», en los albores del siglo XXI, que narra la agonía de un ser tetrapléjico, los retro-progres no han parado de amagar y no dar para, por fin, limpiar la escoria que les produce la ancianidad, el vivo al bollo y el muerto al hoyo.

Son necrófilos, turiferarios y blasfemos. Los campos europeos están llenos de exterminios, millones de seres vivos, parias de la tierra, con que el comunismo anegó los campos de concentración. Daros por jodidos. De modo que Pedrito el Bien Hecho, el empleado de la planta de Caballeros de El Corte Inglés, sucedáneo de ZP, siempre cum laude, ha puesto en marcha la agonía final y desenchufe de los desahuciados.

– ¡Iros a tomar por culo…!

Son los abortistas. Los de la eutanasia. Los que no creen en el desarrollo de la vida. El derecho natural, que apenas propaga este Papa comunista salvo cuando él, payaso argentino, se arroga y se envuelve en el manto populista, y alienta a los maricones y fiestas de guardar. Esta panda de descerebrados, cuyos predecesores fusilaban a los santos de las iglesias, lo primero que tenían que hacer es vivir con amor, palabra que sólo la conocen para echar un polvo obrero. No se han conmovido ni con la tragedia del niño desahuciado en Gran Bretaña cuyos padres querían que muriera en Italia. Llevaron sus anhelos hasta la fe de San Pedro por no decir Bergoglio, sabandija bonaerense de la verborrea platense, entiéndase Jorge Valdano.

La RAE, para los supuestos eruditos, define la eutanasia como forma de «acelerar la muerte sin sufrimientos». Y una mierda. Usted, y cualquier viviente, se caga en los muertos menos cuando presagia que le llega su turno, que soy yo. Temo ese día, para no mentir. Más si te toca un tal Dr. Montes, al que se le acusó de «asesinar» a 200 personas. Este anestesista in misericorde era bautizado como «Sendero luminoso». Pertenecía al Hospital Severo Ochoa de Leganés, e hizo de la muerte un saludable negocio.

La muerte, en fin, siempre ha sido una gran explotación de cuerpos y almas. En Murcia había una funeraria que se llamaba «La siempre viva». Cosas. Montaigne tenía esta máxima: «Quien enseña al hombre a morir, le enseña a vivir». Poténciense los cuidados paliativos y llegaremos con dignidad al tramo final de nuestra existencia. La Iglesia, por último, se muestra silente en actitud pusilánime, cobarde. Bendito sea el Señor.

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