ANALISIS

Juan Pérez de Mungía: «La invención del enemigo»

Juan Pérez de Mungía: "La invención del enemigo"
Pedro Sánchez y Donald Trump.

Hace unos meses una cuarta parte de la población americana eligió a un demagogo sin ningún tipo de experiencia pública para la presidencia. A los ojos de muchos de sus electores, esta falta de preparación no era una debilidad, sino una fortaleza. Incluso un mérito a considerar. Donald Trump compitió como candidato bajo la cualidad de no ser un político lo que le permitía presentarse a la vez como un mago o un cruzado desinteresado contra la corrupción política de la clase que gobierna el país desde Washington.

Que Sanchez resultara cuestionado por su propio partido, que la burocracia partidista y los poderes fácticos del PSOE tramaran o pugnaran por su destitución se convirtió para Sanchez en un mérito. No por su coraje, ni por su natural narcisismo, sino porque daba alas a ese corriente de compasión y rechazo de las bases hacia el propio partido. Ser inexperto e incompetente a los ojos mismos de sus correligionarios fue un mérito a considerar. Fue esa mezcla de compasión con el perdedor y rechazo a la burocracia partidista lo que le permitió a Sanchez fortalecer sus opciones apelando a las bases.

Aunque este mantra no fuera del todo cierto porque contaba con algunos barones territoriales, si era cierto el rechazo a Sanchez de muchos de ellos por su proclividad a vender la idea de una nación de naciones avalando privilegios territoriales y destruyendo las bases de la igualdad de la ciudadanía. El problema es que esa reflexión no ha calado ni calará en las bases del partido que viven del erario público. Iceta creyó ver su oportunidad con un abrazo estratégico al nacionalismo, y se impuso a Nuria Parlón con una impecable trayectoria como diputada y alcaldesa de un emblemático municipio catalán. El elector socialista, sin embargo, le dió la espalda precisamente por abandonar la Constitución y convertirse en la cara amable del nacionalismo emergente. Esta deriva contribuirá inexorablemente a la extinción del PSC.

El caso es que la experiencia de Iceta era de fácil lectura para Sanchez. Solo faltaba un giro táctico con su apoyo renuente al 155 y la mercadotecnia política de Iván Redondo y la oportunidad para que Sanchez deviniera en Jefe de Gobierno, facilitada su investidura por la honestidad de un político de raza como Rajoy, cansado de bregar con los chamanes de las dos Españas. El mecanismo que aupara a Trump a la presidencia, ha aupado al poder a Sanchez, la aseveración «quieren de mí que mantenga las mismas políticas que han fracasado y causado tanto dolor innecesario», resulta tan eficaz cuando se escucha de Trump como cuando se escucha, en sus múltiples versiones, de Sánchez.

Si Iglesias copió la consigna de «sí se puede» de Obama hasta el punto de llamar al partido con una etiqueta amarillista como Podemos, Sánchez ha apelado a las consignas trumpianas al vindicar el Estado de Bienestar sin restricciones como si pudiera ofrecerse en cada caso y en cada territorio con absoluta independencia de la realidad económica. Trump se rebelaba contra la corrección política, pero la corrección política llegó tarde a España. Y Sanchez ha podido imitarla. Cuenta con la consigna de Zapatero de hacer del lenguaje un instrumento coercitivo.

La consigna del lenguaje inclusivo se ha convertido en un formidable instrumento para silenciar la opinión pública y cabalgar a la vez sobre el populismo típico de la derecha ramplona que predica contra la miseria como Trump y el populismo típico de los demócratas de cercenar la libertad de opinión y la libertad de información apelando a un lenguaje inclusivo. Para ganar el poder hacen falta dos cosas, erigirse en un defensor retórico del bienestar ciudadano y de la esencial igualdad de la ciudadanía y silenciar el discurso alternativo para que cualquiera que se oponga al discurso del poder, hable en las mismas claves. Y no se gana un partido en plaza ajena. La receta de Sanchez es meridianamente clara, la actitud soberbia y displicente que niega al otro su derecho a existir y la inversión sistemática de valores para hacer lo contrario de lo que se dice, y decir lo contrario de lo que se piensa. Un uso intensivo y extensivo de la mejor forma de mentir.

Ahí está Casado, tratando de articular un lenguaje que no suene contra los inmigrantes, y solicitar, que no exigir, una política que acabe con la inmigración ilegal. Tan cínico es Sanchez que dice representar un cambio de época y que, por primera vez, existe una política migratoria, burlándose de las exitosas gestiones de Rajoy en la contención de la inmigración mediante el acuerdo con los paises emisores. Sanchez vende incluso los presupuestos públicos a los que se opuso con su voto en contra. Dá igual este cinismo, porque falta que la ciudadanía descubra la ambigüedad esencial del discurso, favorecer los intereses privados, y en especial de las autonomías con vocación de convertirse en Estados, y consagrar sus privilegios negando al Estado los recursos para hacer posible el desarrollo económico de los territorios de menor renta, y emplear, a la par como forma de simulación, la retórica de defender la Constitución y las Leyes.

Es decir, predicar lo que se quiere escuchar, y hacer lo contrario de lo que se predica, un ejercicio tan noble y extenso como para haber permitido a las iglesias mantener una hegemonía durante siglos. Ahora puede hacerse el mismo discurso a través de las ONGes que Begoña Gomez ha sabido cultivar, y Abalos aprovechar con singular fruición. Historias existen de canallas parásitos que han llegado al poder mediante la labia.

La oposición que puede representar Casado debe desembarazarse del discurso de la corrección política, y decir las cosas como son. No deja de ser una lástima que precisamente quien mejor representa la transparencia y honestidad del Partido Popular, Dolores de Cospedal, haya visto cercenadas sus opciones por la hábil disposición de Casado a ofrecerse como el adalid de la efebocracia. Falta que Casado descubra que el cinismo de Sánchez le ha aupado a la vez encima del caballo populista y jugar con la descomposición del Estado sin que ningún poder real, y mucho menos la ciudadanía, lo advierta, por el momento.

Sánchez se inventa sus enemigos para acabar con el discurso alternativo, sea desenterrar a Franco, apelar al feminazismo, convertir cualquier relación social en una relación mercantil, modificar el Código Penal, convertir a la mujer en un objeto de mérito necesitado de protección jurídica y tutela, al tiempo promover y facilitar la secesión y la división del pais.

No en vano, el fascismo catalanista ha descubierto en Sanchez su caballo de Troya. Ser mujer es un mérito que Sanchez no tiene, pero que maneja con su anuencia a la corrección política, nombrando ministros a sus mujeres, imponiendo leyes, suplantando la realidad con etiquetas que manejadas a conveniencia acaban por extinguir la opinión pública, si los discursos alternativos mantienen su silencio. Mas pronto que tarde estallará un gran estruendo.

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