ANALISIS

Santiago López Castillo: «los piropos de la extrema izquierda»

Santiago López Castillo: "los piropos de la extrema izquierda"
El grito, la rabia, el insulto y la furia. PD

No es de extrañar que la Iglesia guarde silencio ante la posible profanación del cadáver de Franco. Teme que les llamen fachas. No es ninguna novedad. En los prolegómenos de la guerra civil, socialistas y comunistas ejecutaron impunemente a todo bicho viviente que se santiguara para luego colgarle en las carnicerías con este reclamo: «Se vende carne de cerdo». Estamos igual o parecido y no por falta de ganas. Se vulnera el art. 16 de la Constitución en que se garantiza, entre otros derechos, la libertad de culto. Aquí, no. Se consagra, en cambio, la religión islámica mientras son desalojados los crucifijos como un «detente» para favorecer la España mora de la morería.

Las hordas agnósticas, nihilistas, ateas… no cesan de hacer scratches (dígase acosos para desterrar el boludo término argentino) a los creyentes cristianos, relegados a lo último del estercolero. Colabora en este azote relativista y vergonzante de la izquierda cerril una prensa mediática que, como «El País», dicen sí, buana, a los postulados radicales y revolucionarios. En una sola palabra, «progresía», que, en su justa acepción, es retro-progresía. Para atrás como los cangrejos. No cesan en insultos, mientras los jueces se hacen los suecos; tampoco cesan en amenazas, porque la calle ya no es Fraga sino de unos forajidos bautizados por los radicales de izquierda como «refugiados» de África, móviles de última generación incluidos, ropas de marca, etc.

Y así podría estar usted hasta el infinito. Señor Sánchez: deje de cachondearse de los nativos de su país, que, aunque le duela, configuran la verdadera España, memo cum laude. Qué podemos decir de unos regidores (PSOE+Podemos+IU+independentistas) que a los manteros les conceden el privilegio de «pregoneros» de las fiestas del barrio para insultar a la policía. He pregonado -y perdón por la autocita- las fiestas patronales de los pueblos más importantes de Guadalajara, tierra de mi madre. Me acogieron con fuerte abrazo. Pero en estos días, y desde la distancia, he sentido vergüenza ajena. Una banda de ilegales son recibidos con todos los honores al grito del ridículo Sánchez «¡venid y vamos todos!». (Los nativos del país, miran).

Estamos en el progresismo y el buenismo. A la alcaldesa de Madrid, jueza por la tercera vía, o sea, secretaria de juzgado, la van a hacer emperatriz de Lavapiés. Y ya que el empleado de la planta de caballeros de El Corte Inglés ha llegado a la Moncloa, qué mejor que regalarles a los okupas un palacete en el señorial pueblo de Tres Cantos. Son la misma ralea.

No es de extrañar -con estos discernimientos- que el zurupeto de Sánchez anhele la legalidad de los emigrantes (ahora les llaman «migrantes», deben de tener migrañas) para perpetuarse en el poder: ZP alienta por igual a Maduro y a Sánchez mientras los españoles no siempre tienen derecho a elegir libremente su residencia y a circular por el territorio nacional (art. 19 de la Constitución). En lo queda de España, no cabe un tonto más.

Ya lo decía mi amigo Cela: «Casi ningún tonto se sabe tonto y casi todos los tontos no se reconocen tontos del todo ya que al hacerlo supondría gozar de algún punto de inteligencia o, lo que viene a ser lo mismo, parasitar de una molécula de discernimiento».

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