ANÁLISIS

Lídia Senra, las vacunas y esa tropa que se ha colado en política y que directamente no da la talla

Lídia Senra, las vacunas y esa tropa que se ha colado en política y que directamente no da la talla
Lídia Senra (MAREA). EP

Recuerda Luis Ventoso este 17 de diciembre en ‘ABC’ que en la resaca de la crisis muchas personas votaron espoleadas por un reflejo primario de rabia: «Ahora se van a enterar».

Son, como subraya el columnista, los que convirtieron su voto en un arma arrojadiza para propinarle una patada al sistema. La devaluación de los salarios, la crecida del paro, la lamentable concatenación de escándalos de corrupción del PP y la prédica constante de las televisiones al rojo vivo propiciaron un voto protesta al partido neocomunista Podemos y sus franquicias regionales.

En realidad esas opciones no ganaron las elecciones. Pero el sectario cordón sanitario del PSOE contra el PP brindó el poder de algunos ayuntamientos a las fuerzas populistas antisistema.

El resultado es que están ocupando cargos públicos muchas personas que simplemente no saben hacer la o con un canuto.

Epítome de tan aparatosa incompetencia es la alcaldía de Madrid, ocupada por una amable señora «progresista» de buena burguesía, que en la práctica no ha hecho más que ensanchar unas aceras y molestar a los conductores con un plan de peatonalización que en realidad no ha llegado a implantar. Hasta septiembre, último dato conocido, Carmena solo había logrado ejecutar el 18,4% del presupuesto, la herramienta que mide la acción de un gobierno.

Sobredosis de cháchara buenista y paupérrima cosecha. Eso sí, sonríe mucho y envuelve sus disparates dialécticos en un cordial soniquete abuelil que le da votos.

A nuestra izquierda nacionalista y antisistema le falla el casting. Han introducido en la vida pública a personas que no están cualificadas para sus cargos.

Lídia Senra, de 60 años, es una sindicalista gallega que lleva viviendo de la cosa pública desde que tenía 26. Durante 18 años estuvo al frente de un sindicato nacionalista de agricultores.

Cuando le se acabó la canonjía, tuvo la astucia de recolocarse como eurodiputada de la marca populista-nacionalista Marea. Lleva cuatro años embolsándose los 7.000 euros mensuales de un eurodiputado, salario que dadas sus capacidades jamás rondaría en la economía abierta.

Pues bien, a esta persona se le ha metido entre ceja y ceja organizar en Galicia un coloquio contra las vacunas. El disparate era tan notorio que el ayuntamiento socialista de Vigo le negó sus instalaciones.

Pero acabó celebrando el acto en una cafetería. Allí, rodeada de otras eminencias de la izquierda nacionalista, desaconsejaron las vacunas contra el papiloma de cuello de útero (cáncer que mata en Galicia a cincuenta mujeres cada año) y rechazaron las mamografías, que a su juicio son inútiles y atienden «a la presión de las aseguradoras».

Ya metidas en faena, una radióloga que lidera la Asociación Galega para la Defensa de la Sanidad Pública se despachó diciendo que quien controla la sanidad gallega es ¡Amancio Ortega!

Tal sarta de estupideces simboliza un problema extendido: con nuestros votos hemos metido en las instituciones a resentidos e iluminados carentes de preparación, cuyo móvil principal es la envidia y el odio al progreso. Tras cuatro años padeciéndolos, la próxima vez los votantes podrían reparar en que conviene votar con el cerebro, no con las tripas.

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