Análisis

F. A. Juan Mata Hernández: «Villarejo. No somos espíritus puros»

F. A. Juan Mata Hernández: "Villarejo. No somos espíritus puros"
Los comisarios Villarejo y García Castaño 'El Gordo'. EP

Me vienen a la memoria momentos gloriosos de esos que enriquecen los recuerdos. Me quedé con la mirada perdida y la sonrisa entre los labios recordando aquella frase que Javier, el director general de una entidad de leasing, le dijera a mi amigo Dionisio, entonces jefe de contabilidad de la misma: «Sí. Y deduzco que tú tampoco eres espíritu puro», respondió, cuando Dionisio, que salía de los Servicios de caballeros, le espetó sin pensarlo demasiado mientras le cedía el paso al mingitorio: « ¡Hombre, Javier, tú también por aquí!». El caso es que mi amigo era algo tímido y, Javier, un jefe serio, circunspecto y de pocas palabras. Así que la expresión fue de esas que te salen cuando no eres capaz de sujetar la lengua porque parece que hay que decirle algo al Jefe. Pero nunca fue una frase tan acertada, porque cualquiera dudaría que otro fuera un espíritu puro. Y es que yo creo que ni los que el Vaticano proclama santos, podrían presumir de tener un espíritu puro, tal como lo entendemos en este mundo.

En tono de broma, el martes pasado en un popular programa de TV, dos conocidos invitados confesaban que «habían robado alguna vez en unos grandes almacenes», eso sí «cosas pequeñas» añadían. Pero, tras las bromas de rigor, afirmaban que irían al día siguiente a compensar a la empresa devolviendo el importe sustraído… Bueno, es un ejemplo estúpido que me salta según escribo este artículo, pero tan real como la vida misma, y no me resisto a incluirlo porque alguno de ustedes hablaba días pasados sobre «apropiación indebida».

Y, bueno, se preguntarán, ¿de qué nos va a hablar hoy éste? Pues simplemente de eso. De que no busquemos por ahí un espíritu puro, un hombre o mujer libres de mancha para dirigir un ministerio, un gobierno o una empresa. La semana pasada hablaba de una especie de «caza de brujas» sobre las «black» contra Rodrigo Rato y argumentaba que «aquello, aunque estuviera mal, se había desbocado». Quizá también por lo de que todo el mundo tiene siempre una parte de razón.

Pero hoy viene a cuento con las serpientes que salen del cesto de un señor llamado Villarejo que se ha dedicado, según parece, a investigar a mucha gente, por su cuenta o por la de terceras personas. No es algo nuevo, desde luego, porque el espionaje es, probablemente en dura competencia con la prostitución, el «trabajo más viejo del mundo». Recuerden cómo los filisteos averiguaron gracias a Dalila la debilidad de Sansón. Es un instrumento de poder que ha existido y se ha utilizado como arma desde siempre. Es sólo que, con los medios actuales de comunicación, estamos condenados a verlo cada vez más como una gran bola que se nutrirá de lo que: digamos, escribamos, hagamos y, no añado de lo que pensemos o sintamos, pero no ignoren ustedes ese riesgo, porque llegará. Me refiero, además del manido asunto Villarejo, a escándalos similares que pululan por los cinco continentes, como el Wikileaks que se inició en 2006 y sigue vivo en nuestros días, o el de los Pentagon Papers de 1971.

Es noticia en estos días, la defensa del asalto al BBVA que su ex presidente, Francisco González, hizo en 2004, apoyado en una empresa de investigación privada. Era una operación liderada por la constructora Sacyr que contaba, presuntamente, con el beneplácito del gobierno socialista de Zapatero y de sus responsables económicos, y que pretendía tomar el control del banco y situar en la presidencia a un hombre de confianza del PSOE. De la filtración de una parte de los informes recabados por el señor Villarejo, se deduce que el intento de asalto fallido, fue dinamitado de un modo eficaz, a la vista del resultado final, aunque con medios poco ortodoxos. ¡Lo que hay que ver! Bueno pues resulta que se va a investigar la defensa que hizo el BBVA, pero se obvia el presunto complot para apropiarse del banco. Eso no parece interesar a nadie. «Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras».

Pero entonces, ¿hay que evitar esas filtraciones?: Conversaciones con la ministra Dolores Delgado, con el ex juez Baltasar Garzón, Operación Tandem, Informe Veritas, etcétera. Pues verán, hay opiniones para todos los gustos. Y así, mientras una minoría apoya sin reservas que todo salga a la luz, como el congresista americano por Texas, Ron Paul, que dice: «En una sociedad libre se supone que debemos saber la verdad». Y lo defiende pese a que la mayor parte de las filtraciones de Wikileaks dejan en bastante mal lugar al ejército y la política norteamericana. Quizá por ello, también la mayoría de voces, empresas y gobiernos se muestran radicalmente en contra.

¿Qué decir al respecto? Donde imperan los extremismos e intereses de parte, como se deduce del modo en que se gestionan estos asuntos, mal se evita la confusión para el público ante el que se presentan los escándalos. Así que yo creo que causan más daño que el que evitan y, además, dan un poder absolutamente injustificado y chantajista a quien los controla o promueve. Voy a tratar de explicarme:
Aunque haya inicialmente detrás de alguna de esas investigaciones la aparente buena voluntad de airear la verdad de algo que se hizo mal, al final todo se convierte en un juego de poder. Porque la información reservada de temas sensibles que afectan a gente poderosa, terminarían por doblegar sus voluntades y ponerlos a merced de otro que tendría el poder en la sombra. Por el contrario, el periodismo de investigación, destapa también escándalos que, de no contar con su trabajo, quedarían impunes. Es el argumento que hace al periodismo libre tan fundamental para las sociedades democráticas. Tanto que recibe la consideración de «el cuarto poder», tras el ejecutivo, legislativo y judicial. Así que, al menos en ese sentido, deberíamos estar de acuerdo en que la prensa «…publicara todas las verdades a los cuatro vientos». Y no debiera existir trabajo periodístico sin que previamente se apoyara en una labor de estudio e investigación. Ustedes señores lectores no merecerían otra cosa.

La duda surge cuando la investigación se basa en sistemas ilegales como el «hackeo», la utilización de medios públicos, departamentos de seguridad, bases de datos de grandes empresas, intrusión ilegal en la intimidad privada. Y aún, en determinados casos, podríamos incluso ser tolerantes. ¡Claro que sí!, pero si se pusieran honrada, desinteresada y libremente los datos obtenidos a disposición de todo el mundo, sin una selección previa, de cuáles, cuántos, cuándo y cómo, pueden o no, ser difundidos.

Porque, tal y como hemos dicho al principio, en este mundo no hay nadie que pueda presumir de «espíritu puro» y no sería justo airear las impurezas de los unos (sin hache) mientras se mantienen ocultas las de los demás.

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