ANALISIS

¡Viva la mediocridad, abajo los méritos!

¡Viva la mediocridad, abajo los méritos!
Mediocre, talento, inteligencia, trabajo, éxito. EP

La mediocridad continúa instalada en la España oficial como principio y fin de todas las cosas. Los méritos, el esfuerzo y la excelencia son sospechosos por clasistas y hay que combatirlos porque no hay nada más justo que igualar a todos, pero por abajo.

El empleado público holgazán y absentista debe estar al mismo nivel retributivo y de acceso a otros grados del escalafón que el trabajador que se esfuerza, persevera y cumple. El estudiante de suspensos debe tener los mismos derechos que el de aprobados, notables, sobresalientes y matrículas, como si el empeño y el mérito fuesen enemigos de la igualdad de oportunidades.

En la mayoría de los países que, como España, tienen la educación gratuita y universal, el estudiante que suspende reiteradamente y no muestra interés es desviado a otras actividades de formación profesional en las que puede ganarse la vida y demanda el mercado laboral, mientras que los que se afanan y aprueban por méritos propios tienen acceso al bachillerato y a la Universidad, y siguen gozando de beca.

En España se defiende aún que la beca sea también un derecho universal obtenible desde la mediocridad y la permisibilidad (¡se llegan a otorgar hasta con suspensos!) y no desde el mérito y la excelencia. Si no logramos encaminar mejor y más justamente a los jóvenes a la formación profesional y a los estudios superiores en porcentajes similares a los que tienen los países más avanzados, seguiremos escasos en capital humano, sobrantes en licenciados mediocres y mancos para competir en un mundo global.

Por eso el ministro Wert tuvo razón en sus argumentos sobre la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), en cuyo desmantelamiento está empeñado el Gobierno de Pedro Sánchez porque se empezaba a vislumbrar algo intolerable para él y sus socios: que aumentaba el control del Ministerio sobre los contenidos, permitía contratar sin oposición a profesores expertos y a directores profesionales con formación y acreditación ministerial; disminuía el fracaso escolar y los centros recibían dinero para poner en marcha proyectos educativos competitivos y de excelencia, tendentes a la especialización; regulaba el uso de la lengua cooficial, eximiendo al alumno de cursar o ser evaluado en ella, enfadando a los independentistas; establecía estándares de aprendizaje y reválidas (en 4º de ESO para aprobar el ciclo), y facultaba al alumno (y a sus padres y tutores) para que, al acabar la ESO, decidiese si cursaba formación profesional básica o dual, o bachillerato.

La demagogia educativa impuesta por el buenismo y los progres había dado como resultado que los niños y jóvenes fuesen cada vez peores, pero más iguales. Y como lo primero se empezaba a corregir con la Ley Wert, se vuelve a las andadas para que siga ocurriendo lo que lleva años denunciando el juez de menores Emilio Calatayud Pérez en sus conferencias y en un video que hace furor: que se ha consentido y favorecido la pérdida de autoridad del maestro, tras la irresponsable renuncia de muchísimos padres a educar a sus hijos, para quienes ya no son padres sino colegas; que se aprueba por ley y sin pegar golpe, y que se premia la ley del mínimo esfuerzo. Y, como consecuencia de todo esto, aumentan los analfabetos funcionales y los jóvenes tarados por adicción al sexo, al alcohol, a las drogas, al juego y a las nuevas tecnologías, a las que acceden con barra libre desde los 8 años.

La piqueta de ese falso igualitarismo empezó derruyendo la educación pública y siguió por la concertada. El resultado lo certifica cada tres años el Informe PISA y las colas para conseguir plaza en un colegio privado. En 30 años hemos regresado al fatídico punto de partida que con toda justicia querían combatir los defensores de un modelo público exigente y de calidad, con profesores evaluados cada cierto tiempo y seleccionados como los MIR: que sólo sea buena la educación privada, que es la que garantiza que quienes aprueban acceden con ventaja a la mejor Universidad y desde ésta a las mejores ofertas de trabajo, en competencia directa, en un mundo global, con licenciados de aquellos países en donde la Educación es el pilar del Estado y no el coladero de fracasados y la guardería de ni-ni (ni estudia ni trabaja) con ayudas públicas de por vida y dependientes de políticos demagogos y tiranos. ¡Menudo viaje al futuro!

JORGE DEL CORRAL

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