Análisis

Antonio Sánchez-Cervera: «Westminster frente al Brexit»

Antonio Sánchez-Cervera: "Westminster frente al Brexit"
Theresa May TW

Al igual que Rajoy no solo aceptó, necia y egoístamente, la caída de su Gobierno y la debacle de su partido sino que también facilitó, grosera e irresponsablemente, la ambiciosa entrada al poder de un político sin elecciones pero en manifiesta connivencia con insolidarios políticos catalanes y otros desleales vascos en los que el inepto gallego confió, Cameron puso a todo el Reino Unido a los pies de los caballos. Planteó peligrosamente un plebiscito real en unos tiempos donde deambulaba despiadadamente la incertidumbre y lo que algunos llaman con cursilería la posverdad, que no es otra cosa que la mentira.

La <<premier>> May está haciendo, con aparente arrogancia, lo que puede, pues no es ajena ni desconoce que Bruselas no se fía un ápice de la forma tradicional de negociar de los ingleses y han hecho bien los negociadores del Ejecutivo comunitario. La política de los británicos tiene mucho de teatro, quizá porque continúan teniendo una imagen muy elevada de sí mismos. Westminster, cuajado de una clase dirigentes sin rumbo y de no pocos parlamentarios con comportamientos egocéntricos y destructores, está teatralizando con el Brexit una comedia en forma de drama y a caballo entre la farsa y la tragedia.

Así las cosas, es obvio, que una gran parte de los ciudadanos británicos mayores, los más improductivos en estos momentos para el país, los que consumen y agotan las pensiones, los nostálgicos del que fuera aquel autosuficiente Imperio que ya no lo es, los ilusos de recuperar poder, potestades y dominios, quieren salir de Europa. Ahora bien, que la prudencia les acompañe al salir pues no les vaya a pasar lo que les ocurrió con la salida precipitada de su imperio indio en 1947, con aquél incapaz Mountbatten que terminó regalando la India o lo que han hecho en África y Asia trazando fronteras impuestas, alejadas de la realidad, condenando a pueblos enteros a la miseria, la guerra y la muerte.

Los británicos partidarios del Brexit se sienten como encorsetados en la vorágine de los llamados ciudadanos europeos. En parte, Cameron, como el inoperante Rajoy, ha dado en gran medida, una muestra de abandono moral. Rajoy, temeroso superviviente del caos político que no deja de ser crónico en nuestro país, pecó gravísimamente de inacción, Cameron, ha comprometido temerariamente el futuro de su nación.

Sin embargo, si se reflexiona con cierta hondura histórica sobre el por qué muchos ingleses no quieren estar en la Europa convulsionada que se avecina, habría que reconocer que, en gran medida, no les falta razón y tiene la cosa más entendimiento, mas comprensión de lo que parece desde una simple y fugaz visión del problema.

En primer lugar, acertadamente, los británicos están bien alejados del adoctrinamiento comunista que todo lo embrolla y devasta y además con formaciones políticas resentidas, malavenidas y aceradamente rencorosas que, lamentablemente, todavía pululan por muchos países de la UE. Los ingleses aciertan de pleno ignorando y no admitiendo a esas formaciones políticas de trileros que históricamente han fracturado y arruinado la vida y las esencias de tantos países.

Por otro lado, nuestros amigos británicos también pasean por el buen camino de la concordia rechazando la conjura separatista de su país, alertando contra los nacionalismos.
Encomiablemente guardan y practican sin pudor sus tradiciones y apoyan y protegen con sincera lealtad a su Reina, solemne baluarte de su unión.

Esas virtudes políticas que armoniosamente hacen país, son precisamente las que los conciudadanos ingleses no ven que se practiquen en demasía en una buena porción de esa Europa poco fiable.

De estos y otros recelos surgen los euroescépticos que también son conscientes de la inseguridad jurídica y económica que tendrán que pagar con la salida del espacio europeo, pues lo del Brexit, se diga lo que se diga, no deja de ser un laberinto.

Nadie puede predecir con exactitud los perjuicios y beneficios que el Brexit va a acarrear, a uno y a otro lado de la Isla.

Se sabe, por ejemplo, que a los ingleses más escépticos una de las cosas que más les fastidia es que Dublín vaya a tener más que decir sobre Irlanda del Norte que Londres. Al inglés veterano y nostálgico, le produce terror pensar que su país se convierta en un Estado de vasallos.
Por lo demás, Gran Bretaña siempre ha tenido una difícil relación con Europa. De hecho, a Margaret Thatcher le costó su carrera política. Por eso, las preguntas que nos hacemos son las siguientes:

¿Qué quieren hacer los británicos con Europa? ¿Han asimilado han interiorizado la gran mentira del referéndum del Brexit?

Esperemos que en Westminster, la más que probable farsa que se está teatralizando no se convierta en tragedia.

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