Análisis

Francisco Iglesias Carreño: «Decíamos ayer»

Francisco Iglesias Carreño: "Decíamos ayer"
La Universidad de Salamanca, campus of international excellence

Frente a la impresionante, impactante y simbólica fachada de la Universidad de Salamanca, allí en el Patio Escuelas intervenido por la calle Libreros, se alza erguida, en la quietud estatuaria, la imagen pétrea de Fray Luis de León (primer monumento público que se erigió en la ciudad en 1869 y lo fue por suscripción popular). A su alrededor, en infinidad de ocasiones, por diversos asuntos y versátiles temáticas, hemos deambulado quienes, en nuestro trajín casi diario, hicimos referencia de nuestra preparación universitaria en sus aulas

Como antiguo alumno de la USAL (Universidad leonesa ubicada en Salamanca, por el zamorano Alfonso IX de León, en 1218, y para la que inste, al entonces Excmo. y Magnifico Sr. Rector, por registro oficial el 7-9-1998, la conmemoración de su VIII CENTENARIO EN 2018), colegial que fui del Mayor de San Bartolomé y alumno de la facultad de Ciencias, me ha parecido muy honroso que, con el paso de mucho tiempo, la explicita utilización de una sencilla, directa y puede que escueta frase, que fue pronunciada en un aula docente, ubicada en la parte primigenia universitaria de su instalación de fábrica ( de la que es impactante su plateresca fachada, y en ella la imagen de un ránido de los anfibios anuros que, en placentera pose, descansa sobre una calavera humana, lo que le hace ser objeto de divertida y entretenida búsqueda y solaz argumento turístico), haya reverdecido en su complejo y abigarrado valor (histórico, cultural, político, religioso y social) de sus iniciáticas esencias y se haya alzado, y/o tal vez catapultado, por intervenciones más o menos instrumentales -.- léase que, casualmente y puede que nunca mejor aseverado-.- el gobierno pasaba por allí -.- , hacia el culmen de la primacía comunicativa de la palpitante e internauta actualidad.

«Decíamos ayer».

Esta frase está unida a un ser, en cada ser, como individuo, y en su singularidad, con derechos inalienables y permanentes, encaramada en los resortes de la libertad humana, en la libre y voluntariosa acción constructiva del pensamiento, asida a la incontestable libertad de catedra, siendo expresión promocional de la acción universitaria, dese ese hurmiénto de la libertad intrínseca de las personas, en el reproche de todas las coacciones, por la condena de cualesquiera de los autoritarismos, negadora máxima de los aparatos/sistemas/ procedimientos controladores, encaramándose cuspidalmente a todo una canto al ejercicio docente,… y , desde tal abundante bagaje, ser visionada netamente como lo que en si dice y proclama, cual es, ni más ni menos, un retroacción hacia el porvenir que se anhela del pasado pretérito.

«Decíamos ayer,… y en Salamanca», la sede universitaria por excelencia.

Es obvio que, en el aquí y en el ahora de nuestro derredor, venimos de un arcano ayer, que podemos tomar, y en actitud primeriza, como un tanto o un cuanto difuso, pero al que posiblemente, y con un poco de mimo querencial, podemos focalizar para pasar a ser de general ilustración y guía factible del presente. No parece correcto, ni tampoco adecuado, el estribar nuestra cotidianeidad en ese pasado, con diferentes referenciales escalas y versátiles matices, en el que casi todos hemos estado.
«Decíamos ayer,… y en Salamanca», la sede universitaria por excelencia. Donde se argumentó: «el que quiera saber, ¡a Salamanca ¡».

El «decíamos ayer», es esa ilación de continuidad critica, de lo de antes a lo de ahora.

En aquellos años que se acercaron al 1978, teníamos todos los ciudadanos españoles, como una especie de idea global que nos imbuía una postura social de hacia dónde caminar en el mediato futuro que se avecinaba, donde ya nos manejábamos en la interrelación continental y en la global mundialización. Lo cual nos posibilitaba tabular toda una serie de vecinales situaciones integrales (sociales, económicas, culturales, políticas y antropológicas) con las que interaccionábamos y de cuyos «sucesos experimentales» nos hacíamos, sin casi proponérnoslo, sujetos actores y por ello, en una especie de investidura ciudadana, elementos vehiculares.

En aquel ayer próximo al año 1978, casi todo desembocaba en tener, y entre todos los ciudadanos españoles, una Constitución, que como norma máxima, nos diera una carta de naturaleza convivencial en todo tiempo, en todo lugar y en todo modo- — haciendo transversalidad temporal, ubicacional y social— , y a la cual todos, sin excepción alguna, nos atendríamos para el futuro que se aventuraba llegaría. Ello significaba la convivencialidad cívica, no solo con lo ya tan manido de «ir de la Ley a la Ley», era algo más, y con el tiempo transcurrido se percibe que así acontecía, era «ir de la Constitución a la Constitución».

La forma en que resultó el diseño de la CE ́1978, y en la medida en que hizo de asimilación de lo establecido en la CE ́1931, pasando de puntillas por los periodos retroactivos {1936-1939, 1939-1975 y 1975-1978}, podría situarse como el hecho importante y decisivo de la clave transicional.

La Nación de 1931 es a la Nación de 1978, como tal vez lo es el Estado Español — en su opción republicana —- de 1931 al Estado Español —- en su opción monárquica—- de 1978, pero en ambas situaciones el conjunto de todo el Pueblo Español detenta la égida soberana. A su vez los derechos ciudadanos constitucionales (singulares y grupales) de todos los ciudadanos regionales de las quince regiones españolas en la CE ́1931, pasan a casi idéntica consideración con su constitucionalización en la CE ́1978.
Todo los referentes sitúan en el acto constituyente del 6-12-1978, el asentamiento de los derechos constitucionales (singulares y grupales) de todos los ciudadanos españoles y como los mismos, en acción jurídica automática, se activan al completo el 29-12-1978, y lo hacen al unísono en todas y cada una de las constitucionales cincuenta provincias españolas asidas a sus constitucionales quince regiones españolas y, por ende, con adscripción directa, ¡y no (¡ y nunca!) articulada!, a y hacia la consideración, encuadre y valoración constituyente, de todos los ciudadanos regionales españoles y en todos y cada uno de los pueblos regionales españoles.

Se está queriendo olvidar, puede que por unos o por otros, algo que en ese tiempo pasado da, ¡que sí que lo da!, abundantes lecciones. En la CE ́1931 las regiones españolas están y son todas ellas, o sea las quince regiones, con salvedad e independencia de que sean o no regiones autónomas-.- o sea la cualidad de región es una cosa concreta y el que tal o cual región sea o no autónoma es una añadido posterior -.-, y en su conjunto forman el Mapa Regional Constitucional de España (al nivel de la II República). Al igual acontece en la CE ́1978, pues ya están todas las quince regiones españolas en la fecha del 6-12-1978, y todas ellas, ¡las quince!, son los sujetos actores del artículo de 2 del texto constitucional (no olvidemos que tal artículo es de utilización previa en el manejo del Título VIII de la CE ́1978). Con la CE ́1978 tenemos también el Mapa Regional Constitucional de España que, claro está, es coincidente con el anterior descrito.

¡Ah Salamanca!, Fray Luis de León, la Escuela de Salamanca,…la cervantina situación y acomodo: «Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda ha gustado».

Decimos ayer.

Francisco Iglesias Carreño

Del Instituto de Estudios Zamoranos FLORIAN D ́OCAMPO

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